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cruzando fronteras

Nadia Murad, Nobel de la Paz

 

Un amigo que me quiere bien, me llama golondrina. Le gusta explicarme que ya hace días que se han marchado y dónde, y que ahora son las grullas las que regresan. Como al leer esta mañana los periódicos, vuelven a mí los ocres del otoño temprano volcados sobre el East River, casi frente a la isla Roosevelt. Y el temblor sacude mi memoria, la descubre anudada a una pena honda, que lastra el alma. Hace tres septiembres que en los pasillos de Naciones Unidas la gente se arremolinaba como esos barullos de hojas secas que mueve el viento en círculo. En el centro, con una sonrisa tan blanca e impecable como su Gucci, Amal Clooney se detiene a cada poco para quien quiera fotografiarla. Detrás de su abogada, sin flashes, camina de oscuro, alternando los ojos gachos con miradas perdidas, Nadia Murad.

Es pequeña, casi insignificante. Como un animalillo asustado parece buscar salidas por donde escapar, rincones para esconderse. Es tarde. Las horas se deslizan, como ella, lentamente, dibujando los mástiles sobre la explanada de la entrada. Sombras de banderas que han perdido en el reflejo, los colores, y se rinden al verla pasar. Un roce, una pausa, entorna los párpados como en un brevísimo trance, toma aire, fija la vista al frente. No nos ve. Está mirándose. Vuelve una vez mas a la noche del tres de agosto de dos mil catorce. La noche en que todo cambió. Y rápido, como si sospechara que alguien fuera a detener su discurso, a amordazarla, lanza su mensaje, lo escupe, lo quiere fuera de su cuerpo para siempre. Apenas unos pocos metros nos separan y puedo ver la saliva entre sus labios, secos antes de empezar, puedo ver el asco, el miedo, la sed de explotar, de difuminarse en gotas que nos salpiquen, que se confundan con el perfume y con el aliento, para que el horror que la consume sea también nuestro. Silencio. Un silencio mínimo, aturdido.

Aplausos lentos, desacompasados de quien pudo hacer y no hizo. La medalla y las fotografías, las manos que estrecha están húmedas de bochorno. Ella sostiene las miradas huidizas y las retiene con la palabra genocidio. Descarrilan, a borbotones salen de su garganta los miles de asesinatos, los secuestros, los jóvenes que apresaron siendo niños y fueron forzaron a ser soldados del Dáesh para luchar contra su propia gente, los abuelos que murieron degollados entre mofas y cánticos sobre un dios único y justiciero, las madres que fueron desnudadas, empaladas ante sus esposos y sus hijos, las niñas que fueron violadas por decenas de hombres, uno tras otro, hasta que murieron desangradas, rotas por dentro, los padres que desaparecieron, el frío, el olor a orina, el dolor. Y se vacía del todo contando cómo corrió y corrió y corrió, y sigue corriendo, escapando cada día, cada noche de aquella noche. Desde la que ya nunca más hubo paz.