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la atalaya

Nefertiti

 

Fernando Valdés Fernando Valdés
28/01/2019

Las obras de arte, y bastantes que no lo son, tienen mucha más importancia, obviando su valor estético, por lo que son capaces de transmitir. A mí lo que más me impresiona, sin despreciar su antigüedad, su originalidad o su calidad técnica, es que otras personas, sus contemporáneos, las mirasen como yo hago, e, incluso, las tocasen como yo, cuando me lo permiten. Y ese es un sentimiento que se acentúa cuanto más antiguas son. Hay una que puede conmigo, porque no hay fotografía capaz de hacerle justicia y solo su imagen directa manifiesta toda su potencia transmisora. Me refiero al busto de la reina Nefertiti, la esposa de Ajenatón, aquel faraón de Egipto empeñado en imponer el monoteísmo. Fue el padre, con otra, de Tut-anj-Amún, esa célebre insignificancia política. Se dice que la misma señora del retrato llegó a reinar, pero con otro nombre. Sin embargo, no voy a eso. Escribo esta columna desde Berlín y he vuelvo a verla en su nuevo montaje del Neues Museum -me gustaba mucho más el antiguo de Charlottenburg, por cercanía, luz y ambiente- y ante ella siempre me ocurre lo mismo. Ese busto inacabado de piedra enyesada es estéticamente perfecto -creo que no exagero-, pero, sobre todo, es que ella misma debió verlo, acaso también su esposo. Lo miraron como yo lo miro ahora. Y su pensamiento, la impresión de ambos, debió quedar prendido a la materia. Y flota sobre ella después de varios miles de años. El duende de la imagen real ha trascendido con mucho a la propia modelo. ¡Quién pudiera percibir y comprender los comentarios que hizo la real pareja! El agrado -o el desagrado- que la escultura les produjo. ¿Se parecería realmente al personaje vivo o está idealizado?

Eso es lo que me conmueve y trato de describir con tanta torpeza. Me abruma su mensaje. Ese busto es el vínculo que une a personas separadas por un tiempo enorme, casi una eternidad, y las hace dialogar. Y todo eso va mucho más allá de esa piel indescriptible, que ni las cámaras más desarrolladas tecnológicamente son capaces de captar. Pocas obras de arte tienen un hechizo semejante y sobrecogen tanto. Por eso estudié Arqueología. Para ser capaz de descifrar el enigma de cosas así. De comprender su mensaje oculto.