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EL CHINERO

La otra mejilla

El ayuntamiento ha tenido que celebrar un pleno extraordinario solo para acordar cuándo se celebran los ordinarios. Tiene miga

 

Fragoso y Vergeles, en su última comparecencia juntos. - S. GARCÍA

Fue un gesto. Una pose, a la que los políticos nos tienen tan acostumbrados. Pero una pose necesaria en una situación de tal importancia y gravedad. El alcalde de Badajoz, Francisco Javier Fragoso, y el consejero de Sanidad, José María Vergeles, comparecieron juntos cuando la Junta de Extremadura decidió la adopción de medidas restrictivas en Badajoz ante el incremento de brotes de contagios por coronavirus. Con esta puesta en escena remarcaban que estaban de acuerdo en que se hiciese lo necesario para controlar la situación y tranquilizar a la población. Muy mal habrían quedado ambos si hubiesen trasladado algún tipo de disensión, que solo contribuiría a confundir a la ciudadanía en un momento tan delicado. Nada que ver con lo que está ocurriendo por ejemplo en Madrid, donde el Gobierno central y el regional están a hachazo limpio desde que comenzó la pandemia. Fragoso y Vergeles demostraron altura de miras. Lo que no quita que, en cuanto tiene oportunidad, el alcalde aproveche para criticar las decisiones de la Junta en otras materias, como ocurre con las ayudas para los negocios afectados por la crisis, que considera minúsculas en comparación con las previstas por el ayuntamiento. Ahí sí se pone a hacer política a brazo partido. Pero en materia sanitaria, cuando está en juego la salud y la vida, han sido capaces de mostrar una imagen de unidad que contribuye a generar confianza en sus decisiones.

No ha importado el color político, ese mismo que tanto separa al equipo de gobierno de los grupos de la oposición en el ayuntamiento y que se ha acentuado -aún más, si cabe- en esta legislatura. Tanto que ya es prácticamente imposible que el PP y el PSOE se pongan de acuerdo en algo: ni en lo trascendente, ni en lo más banal. Tampoco el PSOE con Ciudadanos, como se comprueba en todos los plenos. No hay sesión en la que el futuro alcalde, Ignacio Gragera, no reciba palos de la bancada de enfrente. Tal es ya la animadversión entre los que gobiernan y los que no, que se generan polémicas y discusiones en asuntos tan nimios que no deberían ni trascender, por vergüenza torera.

Ha sucedido con la periodicidad de los plenos. Al inicio de la legislatura se aprobó que los ordinarios se celebren el último jueves de cada mes. El alcalde, a la sazón senador por el PP, necesita cambiar la fecha del próximo porque le coincide con una actividad inexcusable en la Cámara Alta. El portavoz, a la sazón Gragera, llamó al grupo socialista para informarle y la respuesta del portavoz del PSOE, Ricardo Cabezas, no se hizo esperar: «ni ha blar». Ni una concesión más, sobre todo después de lo mal que se portó con ellos el alcalde en el último pleno. Porque si ya eran malas las relaciones antes, desde que está Vox en el gobierno municipal no se soportan, debido a la dialéctica deslenguada del concejal de ultraderecha, que aprovecha la mínima para encender el orden del día. Que no, que no van a poner la otra mejilla. El PSOE se ha negado al cambio puntual de fecha del pleno, aunque sabe que el alcalde tiene potestad para convocar uno extraordinario para modificar las fechas de todos los ordinarios como único punto. Dicho y hecho. El viernes se celebró el extraordinario, con el gasto que supone convocar a la corporación y a sabiendas de que el PP tiene mayoría con el Cs y Vox para sacar adelante cuanto le plazca. Un pleno extraordinario para aprobar cuándo se celebran los ordinarios porque no se ponen de acuerdo por teléfono. Tiene miga. Hay quien critica que el alcalde supedite la actividad municipal a la del Senado. Pero son cargos de representación compatibles. También Cabezas tendrá que hacer en ocasiones malabares para compaginar sus deberes locales con su cargo en la diputación. Con la diferencia de que Fragoso es el alcalde y preside el pleno. Cabezas, no. Por ahora.