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Miguel Celdrán fue un alcalde cercano con sus vecinos, un animal político con sus rivales y amigo de sus amigos

Un político carismático

 

Celdrán en la cena de despedida que la prensa le organizó cuando dejó la alcaldía. - ENRIQUE VIDARTE

Es lo mejor que tienen las redes: la inmediatez. Transcurrieron apenas unos instantes desde que se hizo público el fallecimiento del que fuese y siempre será alcalde de Badajoz, Miguel Celdrán, y ya estaban inundadas de loas a su figura, a su trayectoria y, sobre todo, a su personalidad abrumadora. Cuando alguien se va su ausencia solo trae a la memoria recuerdos buenos. Pero es que Celdrán dejó muchos de los mejores a tantísima gente, que lo conoció, que lo apreció y que él conocía y apreciaba. Desde esta mañana muy temprano se han sucedido multitud de calificativos y semblanzas cariñosas que lo describen como un maestro político, persona cercana, sencilla, campechana, comprometida, divertida, de firmes convicciones y sólidos principios, defensor siempre de su partido y de su ciudad, un amigo, un referente, un gran alcalde que forma parte de la historia de Badajoz.

Pero si hay un adjetivo que realmente lo define es carismático. Miguel Celdrán centraba la atención allá donde iba. Los medios de comunicación saben que nunca ha habido plenos tan entretenidos como los que él presidía. Le sobraban chascarrillos, chistes, anécdotas divertidas que recordaba al detalle y sabía contar como nadie. Describía con tal gracia los acontecimientos que solo él era capaz de dotar de tal carga de humor simples sucesos.  A su manera y con su propio estilo, fue un gran comunicador, porque con un solo comentario resumía lo que sucedía a su alrededor. Algunas frases permanecerán siempre en la memoria de quienes compartieron con él su actividad pública: “Es que hacen hablar a las momias de Llerena”, “Mejor que zozobre que zofalte”, “Los milagros, a Fátima”, “A quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga”, o “No es lo mismo parar que chutar”, que bien recordará la oposición, que también lo echará de menos.

UN ALCALDE CERCANO. Siendo alcalde, Miguel Celdrán acostumbraba cada mañana a pasear desde su domicilio hasta el ayuntamiento. Un trayecto que podía hacerse interminable, por la cantidad de vecinos que se acercaban a él. A veces a pedirle, pero casi siempre a saludarlo. Con todos se detenía, a todos saludaba, aunque no recordase sus nombres. Pero él salvaba la situación con su conocido saludo, “buenos días familia” si eran varios o “madre” o “padre”, si se acercaba solo uno.

Fue el artífice de Los Palomos, la fiesta que ha puesto a Badajoz en el calendario de las celebraciones de la diversidad sexual. Su ideario conservador jamás le habría dado pie a esta iniciativa que la ciudad hizo suya de inmediato, con permiso del Gran Wyoming, si no es por su exceso verbal, que luego supo revertir. Celdrán hablaba guiado por su sentido común y lo que su lógica le indicaba. Siempre sin filtros. Pocas veces su espontaneidad le trajo problemas, porque su impronta justificaba sus palabras. Celdrán era Celdrán. Sus controvertidas declaraciones en la Cope, empujadas por Luis del Val, que le preguntó por su afición a la colombicultura, desataron en el alcalde su famosa frase: “Aquí no tenemos palomos cojos”. Le faltó tiempo al presentador de 'El Intermedio' para organizar una caravana que se plantó en Badajoz y que desde entonces se ha convertido en una referencia para el colectivo LGTBI.

Dio muchísimos titulares a lo largo de sus 18 años como alcalde. La prensa sabía que de sus comparecencias siempre sacaría algo, porque hablaba sin tapujos. Lo siguió haciendo después, cuando abandonó la alcaldía. En la ultima entrevista concedida a este diario, coincidiendo con la toma de posesión de su delfín y sucesor, Francisco Javier Fragoso, soltó: “Si yo estuviera en el lugar de Fran, me iría del ayuntamiento”. Para él era difícil entender que el PP aceptase repartirse la alcaldía con Ciudadanos.

ANIMAL POLÍTICO. Cierto es que Celdrán nunca tuvo que tirar de negociación, porque siempre gobernó con mayoría absoluta o absolutísima. Lo hizo en la ciudad mayor de Extremadura, lo que le valió el respeto de su partido y también del Gobierno regional. No dudó en cuestionar a menudo a otro animal político, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, con el que mantuvo algunas polémicas. Como cuando se negó a acudir a la inauguración del Palacio de Congresos de Badajoz porque no se había tenido en cuenta al ayuntamiento a la hora de decidir su nombre y dedicárselo al alcalde socialista Manuel Rojas. Polémica mantuvo por los PIR (Proyectos de Interés Regional), pues consideró que el Gobierno autonómico se estaba inmiscuyendo en competencias municipales. De aquellos barros procede todo el lodo de Cerro Gordo. Celdrán se enorgullecía de que su equipo, con él a la cabeza, hacía “política con mayúsculas” y de que eran capaces de mantener la compostura con sus rivales. Llegó incluso a proponer una calle para Ibarra, pero erró el tiro cuando sugirió sustituir la avenida Sinforiano Madroñero. Demasiada carga política.

Sin duda, el peor momento de su trayectoria fue la tragedia de la riada, ocurrida en noviembre de 1997. Tantísimos muertos. Badajoz fue portada de toda la prensa nacional. Pero las administraciones supieron estar a la altura y ponerse de acuerdo para la recomposición de la ciudad y de las víctimas. Lástima que su alcalde tuviese que seguir muchos años más reclamando a la Junta que tenía que seguir apoquinando, porque la herida seguía abierta. Aún sigue. No será porque Celdrán no protestó por activa y por pasiva.

Hablaba sin artificios. Tal como lo pensaba, lo soltaba y pecaba de sincero. A quienes alguna vez le preguntaron si se presentaría de candidato a la Junta, les respondía que no se lo planteaba porque “no me encuentro capacitado”. Y tras su experiencia en el Senado, reconoció que no quería seguir porque “no me gustan las funciones que tiene, es una cámara muerta”.

AMIGO DE SUS AMIGOS. Nunca habló mal en público de sus compañeros de partido y seguro que en algún momento tuvo sus razones. Ya no era alcalde cuando se mostró comprensivo con el tan criticado proceder de Alberto Astorga. Nicasio Monterde lo acompañó durante cuatro legislaturas (uno en la oposición y tres en el gobierno) y con su arduo empeño evitó que el ayuntamiento entrasen en bancarrota tras el gobierno socialista. Celdrán siempre le reconoció el mérito y cuando su amigo se marchó en el 2007 para encabezar otro partido local, no le dirigió ni un reproche, en público: “Esto terminará como tiene que terminar, como hermanos”.

Hermanos como los que tuvo que despedir y que siempre conservó en sus recordatorios: Emilio Mateos, José Miguel Sánchez Hueso, Josete de la Fuente, José Luis Fernández Pirfano y Alejandro Ramírez del Molino. Seguro que cuando esta madrugada se hayan reencontrado con él le habrán pedido que encabece su candidatura, porque a carisma no hay quien lo gane.