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Disidencias

Porciúncula

 

JUAN MANUEL Cardoso (periodista)
26/03/2013

La vida es caminar. Caminar hacia adelante. Mirando al frente. Tratando de conquistar cada día. Luchando por no caer. Levantándose si se cae. La vida es crecer, aprender y sumar. La muerte no es el final porque la muerte puede llegar en vida cuando los propósitos de la vida son truncados por la enfermedad, la desesperación o la soledad. La vida es creer, creer que se puede, ignorando y venciendo a cuantos enemigos físicos o del alma pretenden sujetarnos al abismo de nuestros dolores y ausencias. La vida es construir y dejar huella, superar los obstáculos, amplificar los gestos que nos humanizan, lograr que nuestro mundo sea un mundo ideal. En el camino de la vida vamos dejando un precioso equipaje en forma de rostros, voces, sensaciones y sabores a los que llamamos recuerdos. Entre sonrisas y lágrimas, muecas y melancolías, los recuerdos reconstruyen nuestro pasado, aderezan el presente y estimulan el futuro. Los recuerdos nos hacen sentir vivos y nos dicen, alto y claro, que somos porque fuimos, que existiremos porque estuvimos. Por eso, la vida, que es avanzar, también es mirar atrás. Desde que abandonamos el útero materno, una sensación de orfandad y desprotección nos envuelve. Sentimos que somos libres pero también más vulnerables. Añoramos la libertad de Cernuda, la libertad de estar preso en alguien. Alguien que nos recuerda el abrazo casi olvidado, la voz cálida, los tiempos perfectos.

En estos tormentosos días de vino y rosas, cuando los príncipes azules son destronados por los mercados y los revolucionarios han cambiado el terciopelo por la patada en la puerta, puede reconfortar una mirada, aunque sea de reojo, a quienes nos enseñaron que creer no es un despropósito mientras nos amamantaban con su respeto por las tradiciones como doctrina básica de la convivencia. Aunque Porciúncula es el origen del movimiento franciscano tan de moda ahora, también es, según el novelista alemán Stefan Andres, el lugar al que la gente viaja para recuperar algo que perdieron en el pasado. Ahora, descreído, mayor y contaminado, recupero cada Semana Santa el recuerdo de mi madre vistiéndome de nazareno como homenaje a quien hizo posible que yo hoy tenga pasado. La figura de una madre que es la esencia de todos los paraísos perdidos y ganados.