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El chinero

Precipitación

El alcalde anunció hace diez días 20.000 mascarillas infantiles cuando aún el contrato no estaba firmado y no se ha llegado a cerrar

 

El alcalde, con las mascarillas procedentes de Perú. - el periódico

Las prisas nunca fueron buenas y menos en un panorama cargado de incertidumbres, en el que a falta de experiencias previas se desconocen las dimensiones de decisiones que, en principio, se pueden dar por lógicas pero después no logran el resultado esperado. Este Gobierno al que le ha tocado la más difícil de las tareas que le podría haber caído, como es lidiar con un virus asesino desconocido que carece de intolerancias, además de con la confrontación política permanente, ha tenido que soportar críticas bien merecidas por anunciar medidas que no estaban suficiente meditadas y generaron falsas expectativas cuando finalmente se han traducido en órdenes oficiales. Hasta ha tenido que rectificarlas sobre la marcha porque lo que había anunciado carecía de toda lógica.

Le ocurrió al lanzarse al vacío para contentar a quienes apelaban al malestar de los niños confinados y anunció que la salida de los pequeños se produciría más pronto que tarde. Cuando llegó el momento de traducir en instrucción oficial aquello que se había anunciado, del dicho al hecho había mucho trecho y todo parecido con la realidad era pura coincidencia. La pobre portavoz tragó saliva y más que un suspiro antes de plantarse delante del atril para anunciar a millones de españoles que la escuchaban atónitos, que el Gobierno había adoptado la sabia decisión de que los niños podrían salir para acompañar a sus padres a la farmacia, la oficina bancaria o el supermercado. Menuda liberación. La vigencia de esta decisión fue la más breve de la historia de todas las vigencias. Minutos tardaron en rectificar. Solo les faltó decir que había sido una broma y que nos la habíamos creído. No lo era, porque en la trágica situación que vivimos no estamos ni para bromas ni para experimentos. Es la sensación que tenemos en muchas ocasiones, cuando escuchamos anuncios o decisiones de quienes pueden tomarlas.

Tiene ahora una frase el alcalde de Badajoz, Francisco Javier Fragoso, para justificar el retraso de medidas que ayuden a los colectivos o sectores más afectados por esta crisis. Alega que no quiere precipitarse y dice que prefiere no «construir castillos en el aire», para explicar que ha optado por las decisiones reposadas, justificadas con estudios y cálculos previos antes de anunciar acciones lo suficientemente importantes como para que se sostengan sobre datos contrastados. Es razonable, desde luego, si no fuese porque no es a lo que los políticos nos tienen acostumbrados.

Él mismo construye castillos en el aire con algunos anuncios. No entendí que se presentase ante la prensa con un montón de cajas de mascarillas que un empresario había donado al ayuntamiento tras conseguirlas en Perú. Tendría que haberlo hecho público el empresario o el donante peruano, de quienes era el mérito. O el alcalde, pero cuando supiese con seguridad dónde y cómo se iba a repartir ese material. Dijo que se distribuiría entre personas mayores y a alguna mente preclara no se le ocurrió otra idea que repartir una buena parte en los pabellones deportivos de manera presencial. Menos mal que antes de hacerlo público alguien se percató de la barbaridad y se anuló el procedimiento. Aun no sé bien qué ha pasado con todas esas 9.100 mascarillas. Menos aún con las 20.000 de tamaño infantil que el alcalde anunció hace diez días que el ayuntamiento había adquirido, creando unas expectativas entre los padres cuando aún el contrato no estaba firmado y, de hecho, ha tenido que cambiar de proveedor. Castillos en el aire «en un lugar adonde nunca nadie pudo llegar usando la razón», que cantara Alberto Cortez. 

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