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la atalaya

Promociones (I)

 

Fernando Valdés Fernando Valdés
22/01/2018

Lo leí hace poco, pero los argumentos se repiten y no solo en Badajoz. Tan comunes y sabidos son que los explicamos en clase de legislación aplicada a la conservación del Patrimonio. Un promotor decide sacar adelante un proyecto y se enfrenta con un sinnúmero de trámites que cumplir. El proceso se demora. No sólo por los pasos administrativos, sino porque nos encontramos en una ciudad con un casco antiguo protegido y la obra se ubica en el mismo centro. Afecta al ámbito de actuación de más de una administración y eso complica más. Papeles, comisiones, plazos. Gastos. Y opiniones. Después de años sin hacerse notar por fin la opinión pública se preocupa de eso que llamamos Patrimonio. A veces lo es. Otras, solo nostalgia. El citado promotor, si es solo uno, sufre crisis de ansiedad. Aquello no acaba. Y un día finalmente tiene el vistobueno de todos. Incluso los críticos entran en agujas. Es hora de comenzar.

Pero, maldición, en ese momento se materializan los arqueólogos. Esos seres con los que nadie cuenta salvo para enseñar los monumentos, como si fueran floreros. Resulta que en los espacios protegidos por la Ley hay que excavar para evitar la destrucción de vestigios, enterrados o no, con valor histórico. Más retrasos, más gastos. Y, lo que es peor, la incógnita de suspensión o modificación del proyecto si aparece algo importante. Y, claro, esto no depende de su belleza o de su monumentalidad, sino de su contenido histórico. Entramos en la esfera de lo opinable- ¿Vamos a parar el proyecto por una miserable alcantarilla del siglo XVII o XVIII? ¿Habrá algo debajo? ¿Cómo vamos a conservarla, perjudicando al respetable empresario, que ha sufrido tanto? ¿Bastará con documentarla? Todos comentan, menos el arqueólogo responsable, que no dice ni pío. O no le dejan. En realidad todo el proceso es una manifestación de subdesarrollo. Porque las leyes para proteger el Patrimonio son tan importantes como las demás, solo que hay interés en no acordarse de ellas hasta el final. Están para cumplirlas. El primer informe en todo proyecto debiera ser arqueológico: un peritaje de riesgo. Luego una excavación, si cabe. Después lo demás. Sin pamplinas ni justificaciones.