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disidencias

Sánchez

 

Juan Manuel Cardoso Juan Manuel Cardoso
19/02/2019

Sánchez es un perdedor. Y un gafe. Es de los que juegan al póker y, aunque vaya perdiendo, sigue jugando. Usa gafas de sol, de aviador, de espejo, «que colocaba siempre encima de la barra del bar o del salpicadero o de donde fuera para tener vigilado todo lo que ocurría a su espalda». Junto a una mujer con galones y un amigo pijo muy bien relacionado del que recibe consejos, ha llegado a un punto en su vida en que no recuerda haber tenido pasado y su presente es una huida hacia adelante en medio de la oscuridad y cargado de deudas y enemigos. Hay quienes dicen que Sánchez tiene una forma de caminar como «de chulo de feria, de guapo gastado, de Sánchez». Hay quienes creen que Sánchez «se había acabado convirtiendo en eso tan raro que es un guapo triste, un chulo sin ganas, un macarra de bajona». Parece cansado, agotado, ahora se lleva mucho eso, ir por la vida de hipertenso.

Sánchez dice que es invisible y para quienes le conocen, parece un fantasma. El fantasma de un fantasma, que puede ser aún peor. Con pinta de no haber pisado nunca el suelo. Es tan raro que un día cree de verdad que el Cristo de Medinaceli hace milagros y otro, que una vieja camiseta de su amigo pijo puede otorgarle superpoderes. Pero, en realidad, su vida es un ir de acá para allá como escondiéndose de todos, como conspirando entre las sombras mientras aguarda que una estrella fugaz le traiga la buena suerte que nunca tuvo. Acaba de llegar a las librerías una novela corta pero monumental. En 130 páginas, su autora, Esther García Llovet, nos conduce al Madrid de madrugada donde solo las sombras sobreviven en un submundo que se conquista a caídas y trompicones. Sánchez se titula una novela donde las palabras son cuchillos, donde no hay ninguna frase que sobre, donde los diálogos nos describen personajes que ya no pueden regresar del agujero donde un día cayeron. Sánchez, Nikki y Bertrán y un perro llamado Cromwell nos regalan un callejeo nocturno impagable, personajes y situaciones que alcanzan el absurdo, los retratos de una sociedad oculta pero viva y Esther García Llovet ha escrito una novela brutal, descarnada, magnética y espasmódica donde Sánchez, su protagonista, o no, «seguía teniendo esa voz grave, con mucho grano, esa mirada de alguien que piensa seducirte a fondo durante cinco minutos pero ni un segundo más, que le da fatiga».