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Sin cliente no hay trata

 

Es demasiado vieja. Tráeme a otra. No hay ofensa, ni reacción, el cursor se mueve hasta otra casilla, hasta otra mujer que sonríe aún más. Mira de refilón. Sabe que esas palabras tendrán su efecto, que sus 32 años ya la han catalogado y que al día siguiente tendrá que hacer de nuevo la maleta. Siente un manotazo en la barbilla, gacha, hundida en el pecho y en el miedo de volver a empezar, sola, «hacia arriba, ya, píntate más y quítate más ropa, circulando». Es viernes. Se oye jolgorio en las escaleras y la Madame da unas palmas que abren las puertas, abren sus batas, abren sus piernas. Suben el volumen de la música, y el de las carcajadas inventadas, y el de alcohol de las copas preparadas. Como ellas. No tendrás una chinita para mí esta noche, corazón?. A la nueva la tiene reservada, embarazada, es algo especial, pedida por un buen cliente. Las más jóvenes, niñas aún, lanzan risitas que fingen nerviosas aunque los nervios no se despegan nunca de sus costados, fríos, como el sudor de los hombres. Lola no sabe el idioma. Sus ojos grises, casi perdidos, el pelo rubio, lacio, parece un reclamo para los más tímidos; que la meten a empujones en la cama y le chillan, exigiéndole, sin que ella entienda nada. ‘La Negra’ avanza por el pasillo mientras dos chicos, recién salidos de clase, pellizcan sus nalgas y escupen en sus oídos palabras procaces. Las de la casa, tardan más en ocuparse, primero sale la mercancía más fresca, y ellas se quedan en apariencia desidiosas, mohínas, y se pasean por la sala con sus tacones y el terror prendido en la boca del estómago. Esperando y temiendo. Sin atreverse a devolver la mirada fija de quien vigila, de quien lleva la cuenta de su deuda, eterna; de quien golpea sin marcas, de quien recauda sus miedos, los nombres de sus hijos, la casa de su madre; de quien las mete en un coche sin saber a donde, para aparecer en otro burdel, quizá en otro país, sin ninguna cara amiga con quien llorar. Suenan pasos cansados de una jornada larga, de un negocio que no va. Las saluda por sus nombres, les coge de la mano para llevarlas al cuarto, conocido. Al fondo un grito. Un abofetear y un arrastrar de sillas, de somier, un golpe, un «puta de tres al cuarto», y un portazo. La noche jadea agotada, marcada, rota. Una más.