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La Atalaya

Técnicos (I)

 

FERNANDO Valdés (arqueólogo)
01/04/2013

Me preguntan con frecuencia, a propósito de Badajoz y sus continuas problemáticas, si la tristemente famosa crisis nos está afectando a los arqueólogos y me veo en la obligación de dar una respuesta, pero que requiere de unas ciertas precisiones previas porque, si no, pueden confundirse las churras con las merinas y no es cosa.

El título de arqueólogo no existe. Se otorgó en algunas universidades, hace ya tiempo. Ya no. Ahora, como mucho, se finalizan los estudios superiores como graduado en Historia y se cursa un máster, o título postgrado, en Arqueología. Donde lo haya. Porque no todas las universidades españolas lo han creado. De todo eso resulta una notable diferencia de formación entre egresados.

No es lo mismo pretender ser arqueólogo después de haber cursado tres o cinco asignaturas de Arqueología que cuando se han recibido enseñanzas de veinte profesores en veinte materias relacionadas con esa ciencia. Esto lo entiende cualquiera. Aunque, con buenas bibliotecas o desplazándose donde las haya y estudiando la tarea no sea imposible.

Otra cuestión muy diferente es la de justificar quién es arqueólogo y cómo se establece legalmente la capacidad de firmar proyectos y de dirigir investigaciones arqueológicas. En términos académicos eso es muy claro.

A falta de título específico, arqueólogo es aquel graduado que ha presentado un trabajo final de estudios -trabajo, memoria fin de máster o, sobre todo, tesis doctoral- que ha sido juzgado y calificado positivamente por una comisión de profesionales universitarios con acreditación -doctores en arqueología o ciencias afines-. Publicar trabajos científicos, aun con un nivel adecuado, no convierte a nadie en arqueólogo, aunque existen algunos precedentes históricos muy reputados.

Es difícil por este motivo que las revistas científicas especializadas -y cada vez menos- admitan publicar algo de quien no posee una cualificación académica previa. Y otro tipo de obras, patrocinadas por instituciones, empresas o particulares, coadyuvan, pero no otorgan. Pero ahí no acaba todo.