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RADIOGRAFÍA DE LOS AUTÓNOMOS

La incertidumbre llega al comercio de proximidad por los rebrotes

Temen que una segunda ola del coronavirus lastre aún más la economía de la ciudad, muy mermada. «¿Cómo va a aguantar el país si vuelve a producirse un confinamiento?», se preguntan los empresarios

 

Maria Elena Molano y Javier Lavado, de Sabor a Montánchez. - FRANCIS VILLEGAS

CARMEN PÉREZ
03/08/2020

No cerraron durante el confinamiento. Fruterías, carnicerías, panaderías... pequeños negocios cuyas puertas permanecieron abiertas para seguir ofreciendo sus servicios. Eran trabajadores esenciales y, precisamente por la naturaleza de sus productos, de primera necesidad, no se planteó su cierre durante el confinamiento.

En pleno debate sobre si la segunda ola de la pandemia está aquí, los sentimientos del sector son encontrados. Durante los meses de cuarentena «todos hemos pasado miedo», admite María Elena Molano desde Sabor a Montánchez, situada al final de la avenida Antonio Hurtado. Y narra aquellos meses: «Estamos en un barrio donde la gente es mayor y eso ha tenido sus pros y sus contras». Entre los puntos negativos, destaca que precisamente por la edad de su clientela, «sus hijos les hacían la compra. Y, claro, elegían superficies grandes». Añade, sobre este tema, que no siempre es más fácil encontrar productos en estos establecimientos: «Venían y se quejaban de que no había papel higiénico, por ejemplo. Nosotros aquí teníamos paquetes enteros». Entre los aspectos positivos, destaca que recibían varias llamadas de aquellos vecinos cuya familia no residía en la ciudad, a cuyas puertas ellos llevaban bolsas con sus productos.

Guillermo Villablanco, de Autoservicio Kiko, afirma que «había colas. La gente venía, se llevaba compras enormes y luego se iba. Pero claro, ya no volvían en días». A esto se les han sumado algunos problemas con los proveedores que no podían servirles todos los días: «de normal vienen a diario pero esos meses repartían saltando días alternos, porque no siempre podían abastecer». A este problema se le suma, en su sector, «que la fruta este año está viniendo regular. Ha habido problemas para trabajar en el campo y ha hecho demasiado calor».

Ante la posibilidad de que vuelvan a confinarnos, las reacciones de todos son parecidas: «Si vuelve a pasar, a mí me da algo», confiesa Villablanco. «¿Cómo iba a aguantar el país?», se pregunta.
«El parón ya es grande. Está España hecha pedazos», avisa Molano. «Y las ayudas son un poco la pescadilla que se muerde la cola. Normalmente, lo que te dan luego lo acabas devolviendo».
Confiesa también su preocupación ante la posibilidad de que se extienda hasta Navidad, porque «se consumiría menos y son fechas importantes».

Lo que sí esperan, si se da el caso, es que haya una facilidad mayor para encontrar geles hidroalcohólicos o guantes y que «no los vendan a precios abusivos, como ya pasó», según dicen desde Sabor a Montánchez. «Nos los han llegado a ofrecer a 10 euros la caja».

Susi Canelada. De Frutas Canela: «No se debería perder el miedo»

Susi Canelada confiesa que vivió los meses del confinamiento «asustada». Sin embargo, no atribuye a ello su posición como trabajadora activa durante los peores días de la pandemia porque «creo que todo el mundo, trabajase o no trabajase, tenía miedo. Yo aquí, pero también los clientes que venían, y los de casa».

Pese a ello, admite que tuvo «la suerte» de poder continuar ejerciendo cuando la mayoría tuvo que cerrar. Durante los meses más duros, mientras el covid-19 azotaba con más fuerza el país, la dificultad para acceder a mascarillas y guantes fue su peor enemiga, si bien «yo no lo tuve tan mal, porque mi pareja me consiguió una FPP2». En este sentido, no todos fueron tan afortunados. «He visto a gente venir con pañuelos, gasas, bufandas... Uno hasta con el culo de un cartón de leche cortado y puesto sobre la boca con gomas», relata.

Admite que envidia a los grandes supermercados, que han tenido «la protección mucho más asegurada». Y parece mentira, viendo cómo sonríe mientras atiende a una clienta, pero confiesa: «Estaba tan asustada que a veces lloraba antes de venir. Porque tienes miedo de pillarlo, o de tenerlo ya y estarlo contagiando», sobre todo porque su clientela, dice, es gente mayor. Explica que las cosas eran «diferentes», no solo por las personas entrando al establecimiento de uno en uno o pidiendo el reparto a domicilio, sino «por las calles vacías, el nerviosismo... todo estaba muy distinto».

Durante las primeras semanas, se apañó «como pudo» para hacerse con guantes, gel hidroalcohólico... Y agradece a su clientela «que se fiara, y siguiera apostando por mí, aunque en realidad -continúa- no me esperaba otra cosa. Aquí somos todos un poco como una familia. La gente hasta dice ‘voy ancá Susi’, como en los pueblos».

Sabe que no es el caso de todo el mundo y se lamenta por quienes no han tenido esa suerte y «después de trabajar tantas horas, no han salido o no van a hacerlo. Nunca sabes la historia de nadie. Tengo detrás a mis hijos, por ejemplo. Imagina que hubiera abierta una zapatería en vez de una frutería. Pues si cerrara...», deja la frase inconclusa.

Cuando se le pregunta qué opina de la posibilidad de que haya una segunda ola, sonríe y niega con la cabeza en un gesto cargado de resignación. «Espero que no llegue» (cruza los dedos), «y si lo hace, que no nos pille tan desprevenidos». En este sentido, concluye: «Tendremos más experiencia, no menos miedo. Eso no lo deberíamos perder, y se está haciendo».

Marisa González. De González-Pulido Frutas y Verduras: «Vendí mucho durante el confinamiento»

La pandemia no ha sido gentil con los autónomos. Es un dato que se conoce y que se repite de forma constante: muchos son los negocios que han caído y el paro en su colectivo continúa creciendo. Sin embargo, no ha sido el caso para todos. Marisa González, tras el mostrador de su frutería, explica: «durante el confinamiento íbamos muy bien. Ahora con la desescalada sí estamos bajando algo». Añade rápidamente que «es lo normal en verano y esperamos volver a subir en septiembre».

Los meses de cuarentena, que para la mayoría de establecimientos fueron un fuerte golpe, resultaron para ella una época de ventas elevadas, por su posición como comercio alimenticio. Explica que era distinto: «Se llevaban sacos de patatas enteros, cartones de huevos a pares o kilos y kilos de pimientos». Y se ríe un poco al recordarlo, porque «los pimientos se ponen malos en nada, ¿cómo vas a consumir tantos?», asegura la empresaria del local situado en la avenida de Cervantes.

De la época del confinamiento tiene muchas anécdotas. Recuerda especialmente las colas justo antes de que se iniciara el periodo de cuarentena, que «entre la farmacia, el estanco y yo, parecía que iban a dar la vuelta a todo el barrio».

La gente «solo podía salir a comprar» y estas tenían que tratarse de adquisiciones copiosas, porque si no «podían denunciarlos igual». Una medida que probablemente esté justificada, si se tiene en cuenta que, como ella dice, «había de todo, veías a algunos pasar con bolsas de la compra que se bajaban de casa, por si les pillaban, a darse un paseo». «O gente -continúa algo indignada- que venía cinco veces a por fruta. Yo se lo decía, y menudas respuestas. ‘Se me ha olvidado’ o ‘Es que me ha mandado mi mujer’. Una vez, vale, ¿pero tantas?» Su tono se vuelve levemente divertido cuando continúa explicando los métodos utilizados para saltarse el confinamiento: «Los perros tienen que estar ahora que se suben por las paredes. Salían a pasear al menos diez veces al día».

Pese a ello, asegura que las visitas a su tienda se hacían «con cuidado y con las medidas de seguridad que nos habían dado».

En general, y a nivel económico, asume que su negocio ha ido «bien», aunque preferiría que no hubiera pasado: «ojalá no vuelva a ocurrir jamás», añade.