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SIEMPRE CON SU INSEPARABLE BICICLETA, HIZO DE LA CALLE GIL CORDERO SU HOGAR, COMÍA EN EL LIDO Y EN EL BAR SALAMANCA

Leopoldo, el dueño de los soportales de Cáceres

Adiós a uno de los personajes más populares de Cáceres, Leopoldo Prieto Martín, nacido en 1937, falleció en el Hospital de Mérida a consecuencia de una gripe que se le complicó. Desde 2004 estaba ingresado en el psiquiátrico emeritense

 

Leopoldo: En los soportales de la antigua Casa de la Chicuela en Cáceres. - EL PERIÓDICO

«Una persona me dijo que la vida era demasiado corta, que había que hacer las cosas que tú querías, las cosas que te hicieran feliz...» Me lo contaba ayer una enfermera que trabaja con enfermos terminales en un hospital de Cáceres. Recordaba este testimonio que un paciente compartió con ella justo antes de partir. La enfermera me hablaba de esto a propósito de la muerte de ‘Leopoldo, el de la bici’, que ha conmovido a Cáceres porque Leopoldo, a su manera, fue feliz, o al menos y pese a los mazazos que sufrió en la vida, intentó ejercer su libertad y su mendicidad con una clase y una dignidad tan grandes que han dejado huella en esta ciudad.

Leopoldo Prieto Martín, nacido en Mérida en 1937, falleció a las seis de la madrugada de ayer en el hospital de la capital autonómica, adonde fue trasladado hacía un par de días desde el centro sociosanitario emeritense (el psiquiátrico para entendernos) tras agravarse su estado de salud: una gripe, una bacteria... la cosa se complicó.

Había vivido Leopoldo durante años en Barcelona. Cuando llegó a Cáceres, ya vagabundo, con su larga barba, su sombrero y su inseparable bicicleta, no tardó en extenderse su leyenda, adornada con algunas inexactitudes, como la que aseguraba que había sido médico y que un mal diagnóstico lo llevó a la demencia. La realidad pudo ser otra. Dicen que fue en la ciudad condal donde Leopoldo trabajaba como fotógrafo, se casó, tuvo dos hijas, se divorció... A partir de ahí las cosas se complicaron. Ya saben, la vida te pone piedras en el camino y a veces no las sabemos, o no las podemos esquivar.

Ocurre que en ocasiones la mente flaquea y no hay fármaco ni química que te ayuden a superar el golpe. Algo así pudo pasarle a Leopoldo, al que le gustaba jugar a las carreras de galgos. Durante un tiempo todo iba bien, pero luego llegó el declive.

A su vuelta a Extremadura estuvo en la Casa de la Misericordia de Alcuéscar, ese lugar al que atienden con tanto amor a los desasistidos y vulnerables del sistema. Pero Leopoldo no se adaptó, era un alma libre. Por eso decidió hacer de la calle su hogar. Solía apostarse en Gil Cordero y acudía al Bar Lido, que llevaban Eloy Vaquero y Paqui Castaño. Muchos cacereños recordarán que en ese solar estuvo el chalet de don Pablo Collado, padre de Pablo Collado, el oculista ya fallecido. A finales de los 60, la familia derribó la casa para levantar un bloque de pisos; uno de los bajos lo puso en alquiler y allí se instaló el Lido, nombre inspirado en el mítico café parisino.

El Bar Lido dio muy buen café y tuvo buena clientela, los más veteranos Benito Tejada, Carlos Luengo y hasta el exalcalde Manuel Domínguez Lucero. Y también Leopoldo. Ayer, Paqui, la que fuera dueña del Lido, hablaba con nostalgia de él. «Le poníamos el café por las mañanas y en Nochebuena siempre le dábamos la cena en un tapper, que al día siguiente nos devolvía. Cada noche le ofrecíamos un bocata».

También solía acudir Leopoldo al Bar Salamanca, que llevaba Santiago Pacheco, conocido camarero de Metro y Metropol, y que finalmente se estableció en el número 9 de la calle Gil Cordero en un local propiedad de Manuel Mareque Fonseca, y que Ildefonso Rincón tenía alquilado en sus orígenes como almacén de piensos.

Todos hablaban bien de Leopoldo. Celia me comentaba que solía acudir a su colegio, el Extremadura, a comerse el bocadillo mientras los chavales lo miraban entre la incredulidad y la admiración desde el patio durante los recreos. Franquete, el humorista, lo conoció estrechamente. Con Paqui y Eloy, los del Lido, acudió no hace mucho a visitarlo al psiquiátrico. «Se le veía muy bien, afeitado, amable. Le llevamos unos sobaos y unas perrunillas y cuando se las comió nos dijo: Bueno, os dejo que tengo que ir a poner la mesa para la cena». Alberto también lo recuerda. «Era super educado, un referente cacereño», decía en el grupo de whatsapp.

Una trabajadora social del centro sociosanitario explicaba que Leopoldo ingresó allí por primera vez en 1969, el año, qué paradojas de la vida, que Armstrong llegó a la Luna. A partir de ahí, entraba y salía del psiquiátrico hasta que, en 2004, definitivamente se quedó. «Él estaba en un pabellón, tenía su habitación individual, sus cosas. Era un gran ser humano, muy bueno. Un encanto», aseguraba.

Cuando estaba en Cáceres y le preguntabas a Leopoldo: «¿Qué tal estás, Leopoldo?», él siempre respondía: «Bien, bien, esta mañana hemos vendido 200 cafés y 300 copas», porque no se olvidaba de su primo, el del Bar Serafín de Mérida. Nos lo dice la Psiquiatría: «Las vivencias de la infancia determinan nuestra vida». En el psiquiátrico no encontraban a familiares de Leopoldo. «Han venido los de Ocaso y se harán cargo del deceso, se ocupan de todo porque tiene su póliza». ¿Cuándo es el funeral? «Supongo que mañana en el cementerio de Mérida», contestan al otro lado del teléfono. Y se hace el silencio...

La muerte de Leopoldo me ha hecho reflexionar. Ayer, no sé por qué extraña razón, me puse a rebuscar citas en Google sobre la mendicidad. La que más me impactó fue una de Miguel Campion, un escritor de Pamplona, licenciado en Comunicación Audiovisual, que la verbaliza así: ‘El único que se preocupaba por ella era un mendigo con un cartel de cartón que decía: hoy por ti, mañana por mí’. El dueño de los soportales se ha ido. Vivir en la calle es una putada, una proeza...

 
 
1 Comentario
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Por Por aliano 18:13 - 14.02.2019

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La historia la escriben los grandes y los humildes. DEP.