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tribuna abierta

Revoluciones frustradas

 

MARCELINO CARDALLIAGUET Profesor
16/03/2019

Las revoluciones han sido procesos históricos, normalmente desarrollados durante la Era Contemporánea, que indujeron a las naciones a cambiar de esquemas, de programas, de comportamientos colectivos e, incluso, de regímenes políticos.

Los viejos sistemas monárquicos o aristocráticos de las Edades Antigua, Medieval y Moderna desparecieron a causa de las «Revoluciones Liberal Burguesas», que fueron estallando en Europa, en América y en algún punto de sus aledaños, en el trascurso del siglo XIX. Y parece que hayan triunfado a lo largo del siglo XX -dato que ponemos muy en duda- por algunos detalles del «paisaje político» actual; pues apenas aparecen democracias en los mapas políticos de Asia y África, o en los países que las conforman.

Así pues, lo que caracteriza a las «revoluciones» son los cambios colectivos de comportamiento, de ideología, de actitud ante los demás; hasta el punto de arrinconar la vieja civilización del «Humanismo Cristiano» como base de la organización de los estados -o de la honestidad de sus líderes- para sustituirlos por la «rentabilidad» financiera de operaciones y negocios, con la inmediata globalización de estas operaciones y negocios como cauces de los pactos y alianzas de las naciones. De forma que se hagan desaparecer todas las normas, reglas u obligaciones tradicionales de los actores e intermediarios en cada una de ellas, para permitir a los emprendedores, inversores y agentes financieros, que vayan creando otras nuevas en las que se sustituya la «caridad» por la «rentabilidad». No se trata de «amar al prójimo», sino de darle un trabajo, aunque sea precario y temporal, para que nos dé beneficios.

Que trasformen las antiguas normas éticas, haciendo posible -por encima de cualquier otra consideración- el crecimiento de réditos contables en favor de las minorías más dinámicas y creativas, que sean capaces de convertir en negocios todas las actividades sociales que puedan servir para crear riqueza. Incluidas, por supuesto, sus dimensiones religiosas, estéticas, deportivas o de cualquier otra actividad física o espiritual que pueda ser «vendida» en un mercado sin límites.

En definitiva; las viejas revoluciones se hicieron para remover obstáculos morales, legales o religiosos; estableciendo el rendimiento económico como supremo bien social, político o de convivencia. Cimentando una sociedad «liberal», «plutocrática» y «discriminada»; en la que los más intrépidos y carentes de escrúpulos fueran recompensados; y los timoratos respetuosos con la ética - los que no supieron fecundar adecuadamente su fortuna - quedasen apartados y alejados de las aventuras bursátiles, para «hacer penitencia» por su falta de ambición.

El más grave de los inconvenientes de este nuevo «orden natural» -»fisiocracia», la llamaron algunos- para regir las sociedades humanas, ha sido que los más favorecidos y recompensados por los mecanismos económicos, no han sido los más nobles, inteligentes y honrados; sino, muy al contrario: los más desinhibidos, codiciosos y deshonestos; los que mejor sabían defraudar, engañar, estafar a los ingenuos, mediante «reformas laborales», diseñadas, precisamente, para reducir o suprimir salarios; abusar de los trabajadores sometidos a jornadas reducidas o partidas, aboliendo derechos consagrados y situaciones legales. Y dejar al «libre albedrío» de los emprendedores las condiciones del trabajo, su remuneración y las garantías más elementales del sector productivo. De los que recurrieron a las «cajas B» para ocultar sus ganancias; o a las «contabilidades extracontables» para ocultar sus rendimientos a la Hacienda Pública.

Ya desde su comienzo, la avaricia y codicia de algunos sectores financieros y empresariales hicieron fracasar las «revoluciones sociales»; y en vez de conseguir mayor honestidad y honradez en las relaciones económicas, e igualdad en las humanas; afianzaron el triunfo de los desvergonzados. Los que quieren también dominar los engranajes del Estado, y someter a los pueblos a nuevas «dictaduras liberales», que den mayores frutos de pobreza y desigualdad con un capitalismo salvaje.