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Cartas al director

 

04/11/2019

PROFESOR DE ESO

Un trabajo desagradecido

Luis Bonet

Profesor

De jovencito quería ser como mis profesores, a los que admiraba profundamente. Eran otros tiempos, ellos eran la máxima autoridad. Hablo de la época del franquismo hasta la llegada de la democracia. Entonces, cualquier miembro educativo era tratado con respeto por los alumnos y sus familias. Cuando empecé a trabajar en la enseñanza, en el año 2001, ya era otra época, y me di cuenta de que la figura del profesor era muy diferente, y curso tras otro iba empeorando su autoridad, hasta llegar a la actualidad, donde prevalece más la palabra de un alumno que la de un docente. He llegado a esta conclusión, primero incrédulo, después resignado y ahora indignado. El hecho es que la enseñanza pública está dictada por una premisa establecida: que no haya ningún problema. ¿Y qué puede serlo? Pues una queja del alumnado, aunque no esté argumentada. Las directivas quieren solucionarlo rápido para que no llegue a oídos de la familia; entonces el problema se agrava y los familiares se pueden quejar a la dirección, hasta el punto de que se llegue a la tercera y fatídica fase: que llegue a inspección, lo que comportaría muy mala imagen para el centro. En resumen, todos los centros de enseñanza públicos en los que he trabajado funcionan así: falta validez de la palabra del profesorado y se protege la imagen y el prestigio del nombre del centro por encima de la desacreditación de la autoridad y la certeza del buen nombre de cualquier docente, frente a la difamación o la mentira de cualquier miembro del alumnado. Todo esto todavía es peor si el profesorado es interino o sustituto. Ya son el último escalafón.

LENGUAS

Implantar el esperanto

Alejandro Sanvisens

Biólogo

¿A qué viene lo de la implantación obligatoria del inglés como lengua internacional? Los buenos futurólogos ya vieron hace años que era necesaria una lengua internacional que no fuera ninguna de las lenguas nacionales, por razones de economía temporal, mejora de la educación, eficacia, comodidad e igualdad. No es lógico que haya un país al que haya que rendir culto de vasallaje con la lengua. La lengua del futuro no puede ser el inglés, sino el esperanto, o bien otra por inventar. Claro está que no podemos cambiarlo todo de golpe, pero es insensato la obstinación actual de algunos políticos por intentar potenciar al máximo el estudio obligatorio del inglés, asignaturas en inglés, canciones, películas..., como si los anglosajones fueran dioses a los que hubiera que rendir vasallaje. La imposición del inglés aduciendo que es un hecho consumado no es más que una miopía respecto del futuro. Hay que comenzar a planificar, desde los organismos internacionales, la progresiva implantación mundial del esperanto o de una nueva lengua común, prescindiendo de los intereses creados en todos estos años de sometimiento.