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carta al director

Los zapatos que sobran

 

Araceli Palacios Alfonso - Zahínos
22/11/2020

Contaba mi abuelo, de la primera vez que fue a la feria de Zafra, a llevar los cochinos gordos siendo casi un zagal, un hecho que, no sé porqué, se me quedó grabado por lo estrambótico. Llegado al lugar donde se exponía la mercancía, se percató de un gran barullo de personas que se ajustaban a tornillo en un rincón. Y supuso que allí podrían estar casi regalando algo. Como la cartera no estaba muy boyante, allá que fue a recalcarse para poder ver qué se ofertaba. En este momento de la narración, mi abuelo, siempre hacía una pausa dramática para luego coger aire y lanzar cual pedrada certera: «Y en medio de la gente había una gran montaña de zapatos» (y luego, medio guiñando los ojos) «pero todos del pie derecho».
Bastaba y sobraba; en ese mismo momento, me imaginaba yo a un ejército de mutilados de guerra (todos de la misma pierna, claro), echando zapatos derechos al montón. Y luego, por otro lado, a los compradores de los zapatos de la feria, caminando por los pueblos de Extremadura patizambos, sudorosos y sin rumbo fijo. Cabalgando a su primer par de zapatos. Montados en un potro cerril que no atiende a razones. Como supondréis, el motivo de la existencia de ese Annapurna de zapatos de un pie, probablemente fuera bastante más prosaica; muestrarios, o algo así. Pero una tiene el don de emperifollar la realidad, qué se le va a hacer...

Bueno, a lo nuestro; si este suceso tuviera moraleja, podría ser que nadie da duros a cuatro pesetas. O que no se puede pretender hacer de lo derecho, izquierdo. O que no todo se puede negociar, aunque todo se pretenda vender. En este gran centro comercial en el que se ha convertido el mundo (en el norte almacenes Harrods, en el sur «el charco la pava»), dicen que todo tiene precio. Pero yo no estoy de acuerdo con eso.

Lo puro, lo sencillo, lo genuino de nuestra Extremadura, no lo tiene. Porque, a ver, ¿alguien ha visto la etiqueta colgando de la sombra de una encina centenaria? ¿Se sabe cuánto vale el suave cosquilleo de la hierba en los tobillos? ¿Dónde tienen colgado el precio los colores del atardecer? ¿A cuánto cotiza en bolsa un kilo de sol? ¿Y el rumor del campo, dónde se compra? ¿Y el tiempo? ¿Y el silencio? ¿Y la dignidad? ¿Y la calidad de vida? ¿Y la vida?

Pues a todo esto, a lo que no tiene etiqueta, pretenden quitarle valor los que nos quieren vender las bonanzas de la industria minera. Los que pretenden, como en la feria, que calcemos los zapatos que sobran. Los que nadie quiere. Los que tuercen las rodillas. Los que gangrenan la carne en los talones. Y con los que nunca, nunca, se llega a ningún sitio.