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Entre el acoso y la locura

Anna Burns hace un claustrofóbico retrato del conflicto norirlandés

 

Dos niños miran a un soldado en Coalisland, cerca de Belfast, en 1997. - archivo a.p.

Dos niños miran a un soldado en Coalisland, cerca de Belfast, en 1997. - archivo a.p.

Olga Merino Olga Merino
09/07/2019

‘MILKMAN’

Anna Burns

Alianza de Novelas

352 páginas

No tiene nombre propio ninguno de los protagonistas de esta novela, ni los secundarios, ni casi nadie, porque uno de sus propósitos es retratar un estado mental colectivo, el, por decirlo así, estado de sitio psicológico que marcó la vida comunitaria en la conflictiva Irlanda del Norte de los años 70. Lo que hay en las 352 páginas de Milkman (Alianza de Novelas) son hermanas mayores, hermanas menores, mujeres de los asuntos, mujeres tradicionales, paramilitares, renegantes, el lechero, el lechero de verdad. La forma al servicio del fondo, como manda cierto canon, pero no es su única expresión la ausencia de nombres propios, va más allá la autora, la norirlandesa Anna Burns (Belfast, 1962), y construye su historia con una prosa que es trasunto del desquiciamiento colectivo; una minuciosa prosa capaz de explorar hasta el cansancio la enrevesada urdimbre psicológica que sostiene a una comunidad atrapada entre dos fuegos. Una forma de locura.

Se puede uno poner riguroso y decir que Milkman, galardonada el año pasado con el prestigioso premio Man Booker, es la historia de un acoso, pero lo que es sustancial justamente es el contexto en el que tiene lugar; esa sociedad medio enferma o enferma sin remedio que retrata con maestría la escritora.

«CON SU PROPIA VOZ» / En una entrevista que concedió al diario británico The Guardian, Burns dijo pertenecer a la escuela de novelistas a los que sus personajes vienen y les cuentan sus historias, y además «con su propia voz», que es lo que cualquiera que se asome a las páginas de la novela tendrá la sensación que ocurrió con la hermana mediana, protagonista de la novela y narradora –poderosa narradora–; ella es los ojos del relato, la mujer acosada, y si ese retrato de lo mental colectivo resulta literariamente efectivo es en parte porque la hermana mediana lo ve todo desde la distancia. La hermana mediana no entiende, y si entiende no comparte, prefiere distanciarse, prefiere, es más, leer mientras camina por la calle, como siempre ha hecho. No es un detalle baladí.

En esta sociedad demente donde los comportamientos están medidos al milímetro, catalogados casi, el acto de sostener libros por la calle es peligroso porque llama la atención: no hay metáfora más elocuente de las coordenadas en las que se asienta la comunidad que la rodea. Si leer por la calle es raro, ¿qué es lo normal? Burns construye el personaje de esta mujer en los márgenes y al mismo tiempo construye el acoso, que lleva a cabo un paramilitar republicano representante del poder, tal y como es entendido el poder aquí: poder masculino, armado, asesino, poder para decidir sobre las vidas de los demás. El choque es magnífico. Las jóvenes de su entorno han sido moldeadas para, mucho más allá de sentirse halagadas por ser el objeto de deseo de un poderoso, sentir que las cosas son así, que hay que rendirse y acoplarse. La hermana mediana no entiende, y si entiende no comparte. Y además, tiene un medio novio. Y el medio novio está en peligro.

La sociedad desquiciada asiste al acoso, que por supuesto no entiende como tal. Hay habladurías y los chismes se llevan por delante la verdad.

El Estado Mental es poderoso y no admite la disidencia. Pero así funcionan las cosas.

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