+
Accede a tu cuenta

 

O accede con tus datos de Usuario El Periódico Extremadura:

Recordarme

Puedes recuperar tu contraseña o registrarte

 
 
   
 
 

Entrevista con la autora de 'Desguace americano'

Bonnie Jo Campbell: «No les debemos confort a nuestro lectores, les debemos verdad»

 

Bonnie Jo Campbell: «No les debemos confort a nuestro lectores, les debemos verdad» - EL PERIÓDICO

KIKO AMAT
12/07/2018

Bonnie Jo Campbell (Kalamazoo, Michigan, 1962) es una autora americana de grit lit o noir rural. Como afirma su biografía, «puede que sea una de las únicas beneficiarias de una beca Guggenheim que sabe cómo se castra un cerdo». Creció en una granja de Michigan con su madre y sus cuatro hermanos, se unió a una caravana del circo Ringling y vendió granizados, ascendió los Alpes en bicicleta y organizó viajes de aventura por los países bálticos. En 1992 empezó a escribir relatos sobre gente desmoronada de su Kalamazoo natal. La editorial madrileña Dirty Works la publica por primera vez en nuestro país, con su tercer libro Desguace americano (escrito en el año 2009). Se trata de un compendio terrible y maravilloso de madres de meta, amantes borrachos, ciervos desollados, taburetazos en el bar y una soledad que duele «hasta el tuétano».

–En sus relatos sobre la clase obrera rural americana parece hacer lo que Harry Crews definió como «biografía de un sitio».

–El lugar es lo más importante de mis relatos. La gente que puebla mis historias es de una forma por su lugar de origen. La personalidad se define por el paisaje, tanto físico como socioeconómico. Soy decididamente una escritora de un lugar: Michigan. Uno de los misterios de la escritura es que creamos ficción que habla de lugares muy específicos, pero la historia resuena de un modo que trasciende el lugar concreto. Suele decirse que encuentras lo universal en lo específico, y creo que eso es lo que sucede con lo que escribo.

–A menudo parece que lectores de otras clases no sientan un especial interés por las vidas de la gente trabajadora.

–Existen dos problemas. Uno es que, como dice, la gente que pertenece a una clase media-alta no quiere leer sobre los problemas que atañen a las clases inferiores. Pues en el fondo lo que les estamos pidiendo, como lectores, es que tengan compasión de un grupo de gente a quien en la vida real desprecian. En Estados Unidos alguna gente sostiene que los pobres lo son por una deficiencia moral. Es un pensamiento reconfortante para ellos, porque evita que se sientan mal por la suerte de los pobres. El segundo problema al que me enfrento es que la gente de clase trabajadora acostumbra a leer una narrativa escapista, novelas que no les restriegan por la cara sus problemas cotidianos.

–La gente que puebla sus historias es inventada, pero se antoja un reflejo fiel de personas que conoce.

–Desguace americano nació en el momento en que decidí olvidarme de ser una escritora famosa y escribir sobre las cosas que me importaban. La mayoría de las historias nacieron de reflexionar sobre problemas concretos de mi comunidad. Es más: pensé en personas reales.

–Muchos de sus personajes pasan por malas temporadas, parecen temporalmente extraviados después de haber tomado el camino equivocado años atrás.

–Si llegan a tomar el camino correcto no habría habido historia. La narrativa es conflicto. A la vez, nunca he considerado que mis historias sean lúgubres o pesimistas. Creo que tratan situaciones difíciles, pero la mayoría de mis personajes buscan una forma de avanzar que sea mejor que las otras opciones. Muy a menudo realizan la elección incorrecta, es cierto, pero al menos están avanzando.

–Si el lector mira más allá de los ciervos desollados, el incesto, la castración por rifle y las peleas a puñetazos, hallará un cierto amor.

–Amo a mis personajes, incluso a los que son malos. Muchos lectores exigen un narrador que caiga bien, pero lo importante de una historia es que sea posible. Escribo ficción realista: la gente en esa situación tiene que reaccionar de una manera creíble. No hay más. No les debemos confort a nuestros lectores, les debemos verdad. Por otro lado, si les hacemos sentir incómodos de verdad, dejarán de leer. Supongo que hay que intentar encontrar un término medio. Pintarles un lado bueno a los personajes para que el lector no sienta solo asco o irritación.

–En ‘El inventor’, 1972 dice que «la vida no había mantenido las promesas de la infancia».

–Mucha gente se siente así. Se observan a sí mismos y no saben qué dinámica les llevó hasta donde están. Tal vez tenían esperanzas, como todo el mundo, y durante un tiempo creyeron que las cosas iban a mejorar. Incluso si sus sueños eran simples, como mantener un empleo para poder tener una familia y una casa bonita. De golpe la economía cambió, y esas existencias más o menos estables, donde podías pasar una vida entera desempeñando tu empleo y pagando tus facturas, se convirtieron en una quimera. La gente de mis relatos tiene sueños modestos, y eso es lo más desgarrador: que ni siquiera los sueños más sencillos tienen oportunidad de convertirse en realidad.

–No me fío de los novelistas, sean de la clase que sean, que no han pasado por unos cuantos trabajos horribles durante su vida. Pero usted tiene los papeles en regla.

–[Ríe] Sí, me escapé de casa y trabajé en un circo durante un tiempo. Fue muy divertido e instructivo. El circo se ha extinguido, el último circo Ringling cerró hace poco, pero en aquella época aún existía, y estaba muy estratificado socialmente. Había la clase alta del circo, luego estaba la clase baja y por debajo de los machacas del circo estaban los animales [carcajada].

–No me lo creo. Seguro que un elefante tenía más privilegios que un machaca.

–¡Tienes razón! Los elefantes y los leones tenían más derechos que ciertos trabajadores. Pero lo que llamábamos «ganado de ring» (caballos, ponis, camellos…), no. Eran el lumpen. Se notaba hasta en el reparto de los vagones de tren: los más importantes iban en la parte delantera del convoy, y la categoría iba decreciendo según ibas avanzando hacia el último vagón.

–¿De qué forma diría que sus empleos han influido en tu escritura?

–Siempre me gustó escribir, pero al principio no era muy buena, y era consciente de ello. Lo que no sabía era que se podía mejorar. Creía que nacías brillante o no servías para nada [ríe]. Así que me contenté con vivir aventuras: pensé que podría amortizarlas escribiendo sobre ellas algún día. Lo duro fue darme cuenta de que no me interesaba escribir sobre ellas. Que en realidad quería escribir sobre este lugar, y tenía que aprender a hacerlo.

–¿Qué opinan sus convecinos de Kalamazoo de lo que escribe?

Creo que cada vez que escribo sobre un personaje difícil, lo que hacen es decirse que no se trata de ninguno de ellos [carcajada]. Pero, en general, lo que sucede es que escribo sobre gente que no lee libros como los míos, así que ningún problema.

Buscar tiempo en otra localidad