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NUEVO LIBRO DE LA AUTORA DE ‘EL TIEMPO ES UN CANALLA’

Una buza en días masculinos

Jennifer Egan se sumerge en la Nueva York de los años cuarenta en ‘Manhattan Beach’ H A través de un potente personaje femenino, la novela retrata el mundo de los astilleros y el del hampa

 

Reto 8 Jennifer Egan considera que ‘Manhattan Beach’ es el libro «más difícil» que ha escrito. - ANTHONY PIDGEON REDFERNS

IDOYA NOAIN epextremadura@elperiodico.com NUEVA YORK
23/04/2019

Cuando vio la luz Manhattan Beach (Salamandra) la lluvia de alabanzas cayó de nuevo sobre Jennifer Egan (Chicago, 1962), la autora de Ciudad Esmeralda, Look at me y La torre del homenaje, galardonada con un Pulitzer en el 2011 por El tiempo es un canalla. George Saunders aplaudió «la generosidad de su prosa» y llegó a decir: «No conozco a mejor escritor trabajando hoy». En Kirkus, apuntando a la capacidad de Egan de ofrecer en cada novela cambios de género, de forma y de fondo, con excelentes resultados, escribieron: «Aparentemente no hay nada que Egan no pueda hacer».

Sentada en la cocina de su casa en Brooklyn, Egan se toma las loas con una sonrisa y cierta distancia. «Lo único que hago es ocultar lo que no puedo hacer no intentando hacerlo», dice la escritora y periodista. Pero se declara «afortunada» porque su último libro, una novela de ficción histórica con un triángulo protagonista liderado por un potente personaje femenino que se sumerge en la vida de Nueva York, sus astilleros y la mafia durante la segunda guerra mundial haya encontrado lectores, en buena parte muy distintos a los de sus anteriores trabajos. «Sin duda es el libro más difícil que he escrito», asegura.

Segunda guerra mundial

Esta vez se aleja de su experiencia y de las experimentaciones estilísticas, estructurales o de enfoques narrativos. Como suele hacer una escritora que dice que «una idea significa muy poco» para poner en marcha un proyecto, se dejó llevar por la pulsión hacia un lugar y un momento, en este caso, ese Nueva York de la segunda guerra mundial y los astilleros que en el cine retrató La ley del silencio. Empezó a sentirla en el 2004, poco después de tener a su segundo hijo. Siguió ahí los siguientes años, mientras tenía una beca de investigación en la Biblioteca Pública de Nueva York, participaba en un proyecto para registrar la historia oral de mujeres de Brooklyn, y su vida era «una locura» tras el Pulitzer.

La persistencia de esa pulsión le guió y encontró su camino hasta las páginas, donde cobra vida la historia de Anna Kerrigan, una joven que logra romper barreras y convertirse en buzo y de cuya mano se recorre también el mundo del hampa neoyorquina de la época, de la marina mercante y de todo un país marcado por la guerra.

No fue un proceso fácil. De hecho Egan asegura que fue «agónico». La exhaustiva investigación y las entrevistas con octogenarios y nonagenarios que son la memoria viva y en desaparición de aquel momento le daban «algo para empezar a ciegas pero pensaba que no iba a funcionar, que había demasiadas cosas que no sabía, que no podría dar sentido a la trama». Durante dos años y medio tuvo la sensación de estar «fingiendo» y sentía «presión porque tenía por fin lectores internacionales tras El tiempo es un canalla». Hasta que llegó un momento, «aunque no es exactamente un momento», en que se sintió «como cuando llegas a lo alto de una colina y tienes la vista entera. Había absorbido lo suficiente».

Corrupción y fuerza física

Fue clave también determinar que el presente estaba inherentemente ahí, en esa historia del pasado. «Estructuralmente la alegoría me interesa mucho y acabé sintiéndome bien una vez que la tuve, cuando me di cuenta de que todo flota sobre un subtexto que es todo lo que yo y los lectores sabemos que ha pasado desde entonces», explica. Aunque escribió el libro durante la Administración de Obama y antes del #MeToo, Egan «pensaba que escribía de un mundo que realmente había cambiado». Pero se ha dado cuenta de que es «más contemporáneo de lo que creía». «Conscientemente pensaba en volver a un periodo en que se tenían parámetros morales diferentes para las mujeres y creía que cosas así no pasaban hoy». Y recuerda que cuando Trump ganó las elecciones tuvo la «inquietante sensación de que entraban en la Casa Blanca personajes del libro» y parte del mundo que retrata: «Esa vieja Nueva York, su corrupción y la visión del poder apoyado por la fuerza física».

«Si un escritor de ficción hace su trabajo está contando una historia pero la cultura está contando su historia a través del escritor», reflexiona Egan. «Ese es el principal servicio de la ficción; por eso es tan útil como documento cultural: te cuenta intencionada y no intencionadamente cosas que la historia no te va a contar. Es una forma moderna, se inventó para ser moderna y no creo que la hayamos superado».

«La ficción hace algo que nada más hace», continúa. Y sin querer criticar otras formas de arte, explica que, por ejemplo, cuando se ha interesado por los videojuegos y se ha sentado a ver sus cualidades narrativas, ve que en esos términos no hay nada original: «Su originalidad está en la tecnología y en los visuales. La ficción es la única forma narrativa de arte que nos pone en la conciencia de otro ser humano», insiste. «Cuanto más miramos imágenes menos conseguimos eso».