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«Entró deprimido en prisión y salió adulado como líder»

DAVID KING Historiador. Autor de ‘El juicio de Adolf Hitler’

 

A. B. BARCELONA
02/09/2019

--Tras fracasar el putsch muchos dieron por acabada la carrera política de Hitler. ¿Qué pasó?

--Era culpable de alta traición. Admitió su culpa. Se jactó de ello en el juicio. La ley estaba claramente del lado de la acusación. Si el tribunal hubiera seguido la ley, Hitler habría sido encerrado y luego deportado de Alemania (era austriaco). En cambio, el presidente del tribunal, Georg Neithardt, le permitió hablar hora tras hora, convirtiendo su fallido golpe de Estado en un relato de éxito saboteado por los enemigos de Alemania. Atacó a judíos, comunistas, la comunidad internacional, el Gobierno de Berlín. La multitud le aclamaba y, gracias a la cobertura detallada del juicio en la prensa, Hitler ya no hablaba solo al público de una cervecería, sino a la audiencia más amplia que jamás había tenido. Hitler el Bufón se estaba transformando en Hitler el Mártir, un héroe nacional, decidido, dijo, a restaurar la grandeza alemana.

--¿Cómo explica el trato de favor del presidente del tribunal?

--Los historiadores presentan a Neithardt como un nacionalista al que le gustaba Hitler. No es incorrecto, pero hay más razones. Hubo polémicas que podrían haber surgido en el juicio si Hitler hubiera querido: los altos líderes bávaros estaban implicados en el golpe y Alemania estaba rompiendo el Tratado de Versalles al mantener sus armas y entrenar a sociedades militares derechistas, como las tropas de asalto nazis. Neithardt no quería que saliera a la luz porque la amenaza de graves consecuencias para Baviera y Alemania era real. Francia entró en el Ruhr en 1923 por mucho menos.

--¿Cuándo se vio Hitler a sí mismo como un líder excepcional?

--Era muy consciente de cómo se mostraba a sus seguidores y le gustaba construir mitos sobre sí mismo. Pero entre el golpe fallido y su liberación de la cárcel cambió. A finales de 1923, estaba deprimido. Hizo una huelga de hambre. Jugó con el suicidio. Nadie volvería a escucharlo, dijo.

En febrero de 1924, al acercarse el juicio, comenzó a redactar sus discursos de defensa, donde se presentaba como un patriota que «quería lo mejor para su pueblo». Y el público le aplaudió. Tras el veredicto, sus compañeros de prisión lo adoraron y adularon, reflejando en él sus crecientes ambiciones. En la prisión fue tratado como un invitado de honor por los presos y el personal de la cárcel, que lo saludaban con un «¡Heil Hitler!». Y allí logró la disciplina para escribir Mein Kampf. Al salir se vio como un líder, un Führer, destinado a gobernar Alemania.

--En 1923, la prensa veía a Hitler insignificante y ridículo. ¿Qué cambió en la opinión pública?

--En el juicio explotó los instintos más bajos de la multitud. Un militar dijo que Alemania tendría que pelear otra guerra, pero no podrían sin los trabajadores, las masas, que se habían alejado de los partidos nacionalistas y de derecha para unirse a los de izquierda. Solo Hitler, dijo, podía atraer a las masas a la derecha. Eso es un recordatorio escalofriante de lo fácil que fue para gente no antisemita seguir a un demagogo lleno de odio.

--En la Alemania de 1923 proliferó la ultraderecha. ¿Ve una situación similar hoy, con líderes xenófobos, populistas, totalitarios?

--Sí, el desprecio por la ley, la verdad, la prensa y la educación, la búsqueda de respuestas fáciles, el afán de culpar a los judíos o a los extranjeros, la espectacular falta de empatía, la abrumadora falta de dudas sobre todo.