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65 FESTIVAL DE TEATRO CLÁSICO DE MÉRIDA

Érase una vez el cambio

 

Belén Cuesta y Concha Velasco, en una escena de ‘Metamorfosis’, que se representa en Mérida hasta este domingo y del 6 al 11 de agosto. - EFE / JERO MORALES

Olga Ayuso Olga Ayuso
01/08/2019

Antes de que existieran el agua y la arena... antes, incluso, de la aparición del cielo y la tierra, la naturaleza era una sola, lo que llamamos caos: una masa tosca, desordenada, sin un sol que derramara su luz, sin una luna que menguara o creciera y, si acaso había mar o tierra, no existía una orilla discernible entre ellas. No había forma de caminar sobre la una ni de nadar o navegar sobre la otra. No había orden ni razón, hasta que un dios, por fin, encendió la luz que, como un rayo, separó el cielo de la tierra y el agua de la tierra firme. Una vez hecho esto, cuando la materia comenzó a formarse, desplegó el cielo su corte de estrellas: las constelaciones. Se hizo el orden. El mar que iluminaron se llenó de peces; los bosques y los prados, de fauna; y el aire, del canto de los pájaros. El paraíso. Pero todavía faltaba un animal más noble: más capacitado por su alto intelecto y que pudiera dominar a los demás. Y nació el hombre. Nació y pudo hablar.

Es uno de los textos del principio de Metamorfosis, la obra del Festival de Mérida que lo ha vendido todo antes de su estreno. Concha Velasco cumplirá 80 años en noviembre. Lo quiere celebrar en casa, con su familia: no en un escenario. Posiblemente, sea la última vez que la podamos ver en el teatro romano. A finales de año llegará a Cáceres con El funeral, la obra que ha dirigido su hijo, Manuel M. Velasco.

No ha sido fácil montarla: el elenco reúne a algunos de los actores más reconocidos del momento y todos graban series y tienen varios proyectos en marcha. Esta es la razón de que nazca y muera en Mérida. A Concha Velasco la acompañan Pepe Viyuela (este señor es magnífico tanto en comedia como en tragedia), Edu Soto, Adrián Lastra, Pilar Castro, Belén Cuesta, Secun de la Rosa, María Hervás, Ángela Cremonte y Pepe Ocio.

Detrás de la escena también están los mejores: Juan Gómez Cornejo a las luces (Premio Nacional de Teatro, pionero en iluminación teatral: las luces construyen atmósferas y también a los personajes), Monica Boromello en la escenografía (césped, círculos, pasillos y agua para reflejarse: porque los mitos nos reflejan, el teatro nos refleja y también se refleja Narciso para ahogarse en su propio ego), Yaiza Pinillos en el vestuario (90 cambios tienen los actores: ha habido que hacerlo funcional, inspirado en múltiples épocas, rompedor, reconocible y, sobre todo, fácil de utilizar: es de un gusto exquisito: fíjense en los tocados y en las faldas de los hombres: hay tres. La falda es una prenda de vestir, señores. Es fresca, queda bien, pueden usarla: es masculina y es femenina, porque es lo que ustedes quieren que sea. El pasado mes de febrero, el Museo Victoria & Albert de Londres montó una exposición que se llamó, precisamente, Hombres con falda. La falda la usan millones de hombres asiáticos, pero ahora se ha convertido en un símbolo: el del empeño de los diseñadores de Occidente por dinamitar las fronteras del género, en una cultura que solo admite el fascinante kilt escocés.

Hay que metamorfosearse. «Cuerpos: pienso en ellos y en cómo cambian y asumen nuevas formas. Pido la ayuda de los dioses: ellos saben el secreto. Dadme otra apariencia: permitidme que me asome al misterio y hablar, como no podría hacerlo yo, del origen del mundo y la creación de las cosas: de todas las cosas, desde la primera hasta la última».

El teatro es transformación y juego y cuentacuentos, también, en todo el sentido maravilloso de la palabra cuentacuentos. Lo he repetido muchas veces: lo único que hacemos, durante todo el día (además de escuchar música, quizá) es contar historias: a nosotros mismos: quiénes somos, quiénes queremos ser, qué deseos tenemos: ¿ser ricos, como Midas? ¿nos estamos fagocitando, como Ericsiton, en estos tiempos de cambio climático y de refugiados por el clima y las hambrunas? ¿queremos recuperar el amor perdido, como Orfeo desesperado? ¿nos negamos a las relaciones, como Pomona? ¿somos acogedores con los que menos tienen, como Filemón y Baucis, que fueron los únicos que dejaron entrar en su casa a Zeus y Hermes cuando se disfrazaron de mendigos para comprobar quiénes tenían compasión de los demás?

«Seguimos en el mito. El mito no es algo que estuviera en el pensamiento mágico o existente antes de estos tiempos históricos en los que todo es muy prosaico. Seguimos en el mito y el mito nos contiene», decía Pepe Viyuela: «Podemos reconocer esa ambición desmedida en Midas; podemos reconocer el pavor que provoca el amor cuando no es correspondido; podemos asistir a los peligros que tiene mirarse excesivamente el ombligo, que te puede llevar a la autodestrucción y a la propia muerte…».

El tema principal de estas Metamorfosis es el cambio y el agua refleja ese cambio porque, ya saben, nunca nos bañamos dos veces en el mismo río. Se cambian de ropa, mutan de personajes principales a secundarios y figurantes y, durante todo el proceso (durante esas poco menos de dos horas), también irán cambiando: como todos lo hacemos a lo largo de la vida, para ir contándoselo a los seres queridos… Había una vez, antes de que yo existiera…

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