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La cultura que nos viene

Feliz curso nuevo

 

Niños de un colegio atienden a la profesora en el primer día de este curso. - EFE / FERNANDO ALVARADO

Olga Ayuso Olga Ayuso
14/09/2018

Mi madre cumple años el 15 de septiembre. Durante toda su vida, nos hemos acordado de su cumpleaños porque era el día en que comenzaba el cole. Quizá algún año fue sábado. Mi colegio era muy grande, a esa edad. Luego lo he vuelto a ver y me parece pequeñísimo, casi irreconocible. Cuando tienes cinco años, las proporciones no son las mismas, pero solo lo descubres si te vas. Los lugares, los gustos, los amigos, la relación con los padres: todo va cambiando. Después, cuando llegue septiembre, recordarás el olor a libros nuevos, el rito de forrarlos alrededor de la mesa, el nerviosismo tras un verano eterno de dos meses.

«¿Y si las historias para niños fueran de lectura obligatoria para los adultos? ¿Seríamos realmente capaces de aprender lo que, desde hace tanto tiempo, venimos enseñando?» Lo escribió José Saramago, en ‘La flor más grande del mundo’. Creo que los adultos, a veces, no sabemos mirar.

Un niño se cae, se hace sangre, llora. «No es nada», decimos. Un adulto se divorcia, sangra, llora: «¿Qué puedo hacer por ti?», decimos. A nadie se le ocurriría decirle que no es nada: el dolor es dolor, al fin y al cabo. «Conmigo se metían en el colegio y aquí estoy», decimos también: con soberbia, con orgullo. Sí, no te has suicidado: bien por ti, chaval. Pero, ¿cómo estás? Nadie crece sano mentalmente si le insultan. Nadie se relaciona sanamente si tiene miedo de los demás.

Cito a Javier Pizarro, extremeño, maestro de infantil: «Los datos son escalofriantes. Los casos de acoso escolar casi se duplicaron en 2016 respecto a 2015 y crecieron un 240% en los dos últimos años, según el II Estudio sobre bullying y ciberbullying realizado por la Fundación ANAR». Sigue: «Los centros educativos tienen que visibilizar la realidad con proyectos sólidos donde se trabaje el tema, no ocultando la realidad para evitar que el centro sea tildado de conflictivo». Y aquí pone el dedo en la llaga: «La diversidad no se trabaja porque en el aula aparezca un alumno de otro origen geográfico y tratemos durante unos días los aspectos más folclóricos de su cultura. El aula es un crisol de diversidad; cada alumna o alumno es único. Y como seres únicos tienen derecho a ser tratados. Algo cada vez más difícil en un país donde las aulas están masificadas y los maestros y maestras apenas damos para más, donde los programas de formación se han recortado y se obliga a los centros a que compitan entre ellos en un ranking de notas y no de valores, proyectos o pedagogías».

Todos hemos querido encajar. Encajar no es lo mismo que no destacar o que convertirse en un ser uniforme y anodino. Encajar es ser querido, tener voz. A veces, los diferentes hemos silenciado nuestras propias diferencias: que no se note que leo, que no se me note la pluma, que nadie sepa que esta música no me gusta. Sobre este tema, ese estar no estando, ha escrito Borja González en The Black Holes, candidato a seis premios en la Heroes ComicCon de Madrid.

There was something strange in the middle / In the middle of the room where this song began / There was a big black hole in the middle / Looking fabulous and dark / So I jumped in. Eso lo canta Chloé Bird en ‘The light in between’.

A veces, a la oscuridad hay que abrazarla. Luego se craquela, no es tan terrible. «Cuando era pequeña, creía que el mundo no tenía taras. Luego crecí y me di cuenta de cuán equivocada estaba». Sí, es una traducción más o menos libre: cada idioma tiene su propio ritmo interno. Bird compone en inglés y así no se autocensura.

Confieso: había escrito Chloé.

Las mujeres son nombre. Los hombres son apellido, descendencia, línea del mundo, transmisión, eternidad.

Bird compone en inglés. En francés lo hace Béa Galia. En español, Rui Díaz. Y, en español, Bird canta: «Quizás / debería mirar / con seguridad / a todos los que me juzgan / y defender / con serenidad / que no estoy bien / ni quiero estarlo. / Que quiero huir, / quiero correr / al menos diez veces al día».

Rui ha escrito una novela. Confieso: he dudado si poner ‘Díaz’.

Rui ha escrito una novela, que aún no tiene editorial. Pero un libro suyo de relatos, ‘Las cunas torcidas’, ha ganado el segundo premio de un concurso que convocó De la luna. Antonio María Flórez se ha llevado el primero.

Quizá ninguno de ellos encajara bien con los demás cuando era un crío. Y tuvieron suerte de que hubiera alguien que les pusiera libros en las manos y música y colores y algunos buenos cómics y alguna ópera cantada por Alfredo Kraus (gracias, papá) y, después, con las grietas y la luz en las grietas y la sangre y las postillas y la alegría y el tiempo, piensa en qué hacer y crea: con sus lecturas, su música, sus relaciones, su vida. Toda la extrañeza del sitio en el que le tocó nacer o del tiempo en el que le tocó nacer. Como Gloria, Laura y Cristina en The Black Holes.

Como alguno de los críos que han comenzado el cole, con la curiosidad, la expectación, los nervios y el temor de lo que es nuevo.

--Borja González presenta ‘The Black Holes’. Hoy, a las 20.00 horas. La Puerta de Tannhäuser (Plasencia).

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