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Iglesia y pederastia

La irlandesa Patricia Gibney ahonda en la lacra de los abusos de sacerdotes a niños

 

Patricia Gibney, en Barcelona. - RICARD CUGAT

A. A.
10/04/2019

A la irlandesa Patricia Gibney fue la escena de unos niños en la ventana de un orfanato –«parecían pedirme que contara su historia de abusos»– la que le hizo dar la vuelta a la trama inicial –de corrupción en el gobierno local– de Los niños desaparecidos (Principal de los Libros). En la novela, que empezó como terapia para superar la muerte de su esposo en el 2009 y que en pocos meses vendió un millón de ejemplares, los niños son víctimas de curas pedófilos pero también lo son los bebés robados a madres adolescentes y dados en adopción. Para mucha gente en Irlanda, de tradición católica, «conocer los casos de abusos de sacerdotes pederastas que han ido saliendo a la luz en los últimos años y se ocultaron durante tanto tiempo provocó dolor y conmoción, fue un shock», constata.

La novela denuncia tanto los abusos a niños como la práctica en instituciones católicas de «obligar a jóvenes madres solteras a separarse de sus hijos vendiéndolos con papeles falsos a padres adoptivos», hechos que en la ficción se remontan a los 70 y cuyas consecuencias llegan hasta hoy. «Aquellas chicas sentían vergüenza, sus familias se avergonzaban de ellas y llevándolas a esos centros religiosos solventaban el problema. Muchas de ellas eran luego forzadas a trabajar allí», añade.

La policía Lottie Parker es su protagonista (lleva cuatro títulos) y, como Gibney, es viuda y tiene tres hijos. «El hecho de crearla cuando intentaba superar la pérdida de mi marido hizo que se pareciera a mí. Ahora ha quedado un 30% de mi personalidad en ella», dice.

«La impunidad de estos curas, el saber que podían huir sin ser castigados, los impulsó a seguir abusando. Ante las denuncias, la Iglesia solo trasladó a esos sacerdotes pederastas de una parroquia a otra. Eso no hizo más que extender la tragedia a más víctimas. Son las capas altas de la Iglesia las que deben frenar esta lacra y pedir perdón. No hacerlo hace que la fe en la institución se tambalee, como me pasó a mí, que soy creyente y vengo de familia católica. Yo sentía respeto por la Iglesia pero esos casos me originaron dudas y un conflicto interno», confiesa.

Los abusos han pasado factura a la Iglesia. «Cuando en 1979 Juan Pablo II visitó Irlanda, millones de personas siguieron la misa que dio. Pero este agosto, cuando vino el papa Francisco, esperaban congregar a medio millón. Solo acudieron 130.000. La sociedad ha cambiado».