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EL LIBRO DE LA SEMANA

'La ladrona de fruta': secretos de un viaje hacia adentro

La útima novela del premio Nobel del 2019, Peter Handke, nos devuelve una imagen deprimente de la actualidad

 

Peter Handke, en su casa en Chaville, cerca de París, el día del anuncio del Nobel. - EFE / JULIEN DE LA ROSA

DOMINGO RÓDENAS DE MOYA
06/12/2019

La concesión del premio Nobel al austriaco Peter Handke no ha sido una sorpresa. Es más, ha sido uno de los aciertos literarios de la academia sueca, como lo hubiera sido el de Borges si en su día se hubieran soslayado las razones políticas. Desde su ruidosa irrupción en 1966 con la novela Los avispones y la pieza teatral Insultos al público, ha representado el ala más insumisa de las letras europeas, tanto en la experimentación con las formas como en el rechazo de las servidumbres comerciales. Bastaría esa fidelidad a una concepción radical de la escritura literaria, que ha dado resultados magníficos como El año que pasé en la bahía de nadie (1999), para justificar con creces el premio.

Conviene precisar que Handke se ha convertido en un escritor para escritores o, cuando menos, para lectores que no reclaman la gratificación inmediata de un argumento emocionante y valoran, por el contrario, las perspectivas inéditas que proporciona el ascenso por la literatura más escarpada. En 'La ladrona de fruta' Handke mantiene su querencia por una prosa errabunda y morosa que, como una lente de aumento, revela la profunda trabazón de los seres y objetos de la realidad. Así, la picadura de una abeja en verano es la catapulta de la historia: el escritor se pone en marcha en un viaje doble que debe llevarlo a la región de Picardía y a escribir el libro que leemos. Para la visita a Picardía necesita crear un alter ego, una muchacha muy joven de vida errante que parte en busca de su madre la banquera protagonista de 'Por la sierra de Gredos' (2002) y a la que llama Alexia, la ladrona de fruta. Ella es el foco que ilumina los diversos espacios y gentes con los que se cruza y es también el hilo que va ensartando las digresiones, microhistorias y cuadros de la naturaleza especialidad de la casa con las que Handke teje su texto.

EN LA MENTE DEL AUTOR

El viaje de Alexia, que dura tres días, no es solo al interior del país sino a la mente del escritor Handke, donde bullen las más urgentes demandas del mundo de hoy en las calderas de una tradición narrativa que se remonta hasta su admirado Wolfram von Eschenbach, en el remoto siglo XIII. En su demorada ruta desde París a Cergy-Pontoise, Alexia-Handkevan construyendo a la vez el texto mismo y la imagen deprimente de nuestra actualidad: la indefensión de los emigrantes, la vulneración de la naturaleza, el poder omnímodo de las pantallas (Handke sigue escribiendo a lápiz), el dolor como una substancia ubicua e ineluctable. Como en los relatos de camino (el Quijote, por ejemplo, o Molloy de Beckett), la realidad, amable y atroz, va saliéndole al paso a la heroína, mientras el autor nos recuerda, en apartesmetaficcionales, que es él quien está imaginando esta historia. Igual que nos recuerda que él es el alemán en la francesa bahía de nadie remitiendo al narrador de la novela de 1999 y que, a imitación de las narraciones medievales de Eschenbach, aunque escribe en alemán, sitúa la búsqueda de sus personajes en una Francia que no acaba de estar en los mapas.

El peregrinaje leve de Alexia viene a ser un reflejo del de Handke componiendo su obra, del mismo modo que su condición de ladrona de fruta refleja la de cualquier escritor como ladrón que recolecta sin permiso lo que le atrae de la realidad que le rodea. Si la primera novela de Handke, 'Los avispones', la protagonizaba un escritor ciego, esta última la acapara uno con visión múltiple, al interior y al exterior, al pasado y al presente, un escritor acérrimamente literario, para bien y, acaso, para mal.