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la crítica

‘Laberinto’, teatro para el público más exigente

 

‘Laberinto’, teatro para el público más exigente -

‘Laberinto, anatomía del presente’ del extremeño Marino González Montero, representada en el teatro López de Ayala por la compañía De la Luna Teatro, es una propuesta de obra teatral compleja, de ceremoniosa belleza palpitante, que va más allá de ser escrita a gusto del público ordinario. Una propuesta atrevida que mezcla rasgos líricos, míticos y simbólicos, y recurre tanto al existencialismo creativo como a la canción y a la estética expresionista del absurdo, para reflexionar agudamente sobre cuestiones vitales de la situación actual de la humanidad, desde los relatos inquietantes de dolor y angustia de dos personajes, una mujer y un hombre -inquiridos por una olvidada deidad grecolatina- que habían dado lugar a un drama.

El autor, que sitúa su trama en un lugar de culto religioso -una iglesia abandonada utilizada después como sala para actividades de teatro experimental-, compendia el laberinto del espíritu de los personajes allí convocados por la diosa Tyche (personificación del destino y de la fortuna que desde la Edad Media se la representaba como una ciega) para escucharse a sí mismos y confesar después su terrible historia: la de la mujer, por haber sufrido el drama de un hijo encarcelado por violencia de género; y la del hombre, por haber sido un juez justo que erradamente soltó a aquel violador que volvió a cometer el mismo crimen. Toda una acción fraguada desde ese territorio hirviente que condena la posverdad y recupera el reconocimiento de la realidad, y que cobra el sentido de una inevitable pesadilla en ambos, expuesta como una metáfora visual y poética de juego dramático entre la voz del autor -a través de una máscara de alambre- y el propio lenguaje de los personajes, que suscitan la empatía del espectador.

González Montero logra un laborioso trabajo teatral que evoca los laberintos existenciales del absurdo de Beckett o de Manuel de Pedrolo (aquel gran autor catalán vanguardista influenciado por A puerta cerrada y otras obras de Sartre), así como la liturgia de Calderón en un escenario -iglesia/teatro- que se construye como en El gran teatro del mundo donde el sacerdote/actor proyecta las palabras del Gran Autor. Un trabajo que además de recoger la herencia insurgente de aquellas vanguardias y otras indagaciones trascendentes se interna con valentía desafiante en el llamado teatro de lo irrepresentable o imposible (estilo que late poético y furioso en obras como Así que pasen cinco años o El público de García Lorca). En fin, Laberinto, anatomía del presente constituye un teatro culto de complacencias para los amantes del teatro más exigente.

En la puesta en escena, realizada por González Montero, se nota del autor/director un recorrido concienciado y lúcido respecto a los objetivos dramáticos enfrentados al teatro superficial y comercial. Dentro de una escenografía austera -repleta de elementos simbólicos: dos reclinatorios, un confesionario, una máscara de alambre y un maniquí- y sencilla luminotecnia, el director trabaja al milímetro las acotaciones que propone el texto hilvanando perfectamente cada cuadro o situación con pocos ajustes y cambios. Pero que por otra parte no posibilitan algunas interpretaciones o consideraciones del estilo dramático, máxime cuando predomina cierto naturalismo que en determinados momentos, por contraste, no se digiere bien. Probablemente, la precisión de algunos toques más expresionistas, con hálito creador, hubiesen resuelto con mejor brillo la plena armonía de los intérpretes y la complejidad de planos. Pero la obra, que tiene suficiente clima en su exploración psicológica extraordinariamente sutil, gana tensión y verdad a medida que avanza, porque los planteamientos dejan ver, poco a poco, esa corriente de lo humano de unos personajes que desconocen el sentido de su presencia en el laberinto y anhelan escapar de su soledad. La aportación musical -original de Claudio Gutiérrez- apoya propiciamente el drama subrayando adecuadamente las situaciones.

En la interpretación, los tres actores componen bien sus personajes y llenan de organicidad sus roles. Ana García (Tyche), nos brinda momentos excelentes en su papel de una desenfadada diosa ciega, con singular desparpajo chispeante en varios cambios de registro muy agradables de ver. Paca Velardiez (La mujer), muestra impresionante su sufrimiento contenido que estalla en el relato final, despertando sensibilidad y emoción. Y Jesús Manchón (El hombre), con autoridad escénica y perfecta declamación, mantiene muy bien un personaje incrédulo y ciertamente irónico con la diosa. Algunos cabos sueltos están en la interpretación de las canciones que -salvo Ana García- salen adelante como pueden.

En conjunto, Laberinto, anatomía del presente, resulta un sólido, bello y penetrante espectáculo que se apoya en un logrado texto. Fue muy aplaudido.