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La cultura que nos viene

Una liebre durmiendo en el erial

 

Manifestación, en Cáceres, por el día de la mujer. - EL PERIÓDICO

Olga Ayuso Olga Ayuso
21/02/2020

Nos importan otras cosas, siempre. Nunca solo nuestro ámbito de especialización, si es que alguien puede especializarse en cultura: ¿puede? ¿Puede conocer a todos los escritores, relacionar a Stendhal con Shakespeare, hablar de si la tradición inglesa contempla ciertos tipos de personajes antes que la francesa o la española o viceversa del revés; conocer el arte oceánico, el cine de Seijun Suzuki y su más que previsible influencia en Pedro Almodóvar. Cómo lo atraviesa todo nuestra cultura judeocristiana. Cuáles son las razones por las que las letras del flamenco no aparecen como literatura en los planes de estudio. Dónde comenzó la división sexual del trabajo. En qué justa acera de una ciudad comienza un barrio obrero y qué lo separa de un barrio rico y por qué en los barrios ricos hay muchas zonas verdes y en los pobres no hay suficientes centros de salud ni escuelas infantiles para todos ni parques cuidados ni se arreglan tanto las calles. Por qué los griegos decían que el mar era color vino o color bronce. Si lo que nos emociona es lo que nos emocionaría si viviéramos en el Chad en el siglo XVI. Por qué nos gustan unas obras y no otras. Cómo se adquiere tu posicionamiento político en el mundo.

Por qué hay diputados que se ríen en el Congreso cuando se habla de menores prostituidas.

Si hay que limpiar el Satisfyer. Que sí: que hay que limpiarlo y que desinfectarlo, que las manos van al pan.

Cómo hace Jamie Cullum para mejorar todas las versiones o para que no te chirríen sus versiones o para que no te horrorice que cante una canción de Tom Waits.

Cómo hace Tom Waits para componer canciones que son películas y que son cuadros y que son historias tuyas y que te sajan despacito.

Por qué es tan difícil contestar a todas las preguntas de Carole King. De dónde le nace la voz.

Por qué son solo profesoras las que estudian ciertos campos de los saberes. Por qué a veces casi parece un heroísmo que un catedrático denuncie la situación de las mujeres en su disciplina y podamos citarlo y revestirnos, así, de cierta autoridad, para que no parezca que nuestras áreas de investigación son siempre menores.

¿Estamos seguros de que las diademas de Aliseda las vestían solo las mujeres?

¿Puede servir la cultura para eliminar las formas de violencia más sutiles?

Se acerca el 8-M: ¿Hemos aprendido las mujeres a asumir las diferencias entre nosotras? ¿De qué manera influyen los cuerpos que se muestran en las películas, en las portadas de los discos, en la propia imagen? ¿Podríamos establecer modos de lucha colectiva o de resistencia más contundentes o eso implicaría asumir el imaginario masculino?

¿Cómo nos enfrentamos a las obras de arte que son obras de arte y que consideramos que todo el mundo debería ver y debería estudiar pero que tienen un mensaje abyecto?

¿Cómo dejamos de romantizar la pobreza desde los medios de comunicación? De nuevo: ¿cómo adquirimos nuestro posicionamiento político en el mundo?

¿Desde dónde se escribe? ¿Qué parcela de habitación propia tuvo Carson McCullers? ¿Qué hacía que Carmen Martín Gaite prefiriera inaugurar una biblioteca de barrio obrero a recoger un galardón?

¿Seríamos capaces de no salir a cazar para ver a la liebre durmiendo en el erial?

¿Preferimos escribir sobre la fuerza del trabajo antes que sobre el amor? Y, si escribimos sobre el amor, ¿reflejamos otro tipo de relaciones? ¿Está la globalización influyendo en los conceptos que nos damos como sociedad? ¿Por qué hay procesos identitarios atrayentes y otros aberrantes?

La cultura suscita preguntas, no ofrece certezas, nos dicen. Y, sin embargo, hay certezas también en las investigaciones científicas culturales. Por ejemplo, que la palabra miembra es correcta en castellano, aunque no se use. Que hay sesgos ideológicos potentes en el hecho de no admitir compañeros y compañeras queridas, que también les incluye a ellos, pero que te corregiría cualquier editor. Que hemos elegido ciertas instituciones que nos dicen cómo hablar, pero que aún desconocen que no hacen falta Que la lengua se usa porque somos. Que nos ha costado mucho aprender, a los hablantes cultos, que no hay expresiones incorrectas y que todos los modos de hablar son válidos.

Pienso en Maribel Rodríguez Ponce, profesora titular de la Universidad de Extremadura, hablando de cómo el lenguaje traza un mapa de relaciones entre nosotros: entre los designados hombres y las designadas mujeres; entre los que siempre estaban incluidos en todas las frases y las que hemos tenido que aprender poco a poco qué masculinos genéricos sin carga resulta que sí que tenían carga. Cómo hemos ido aprendiendo esas sutilezas en silencio, sin notarlo.

Los hay con más méritos, decía ella. Hasta que respondió una vez: «Si el creador de mi diccionario hubiese sido un hombre, todo el mundo se preguntaría: ¿por qué no está ese señor en la Academia?» Ahora nos preguntamos: ¿por qué el María Moliner es el único diccionario que no está digitalizado?

Nos interesan otras resistencias siempre. Y, sobre todo, nos interesa que esas resistencias sean comunes.