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La cultura que nos viene

Sobre qué mapa caminar

 

Parte de una página del libro ‘Londres en las novelas de Sherlock Holmes’, editado por Aventuras Literarias. - AVENTURAS LITERARIAS

Olga Ayuso Olga Ayuso
08/02/2019

Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson. Borges y yo tenemos las mismas preferencias, pero en nada más nos parecemos. Ayer anduvieron por Cáceres (y hoy estarán, pero para las copas, las cañas, la charla, los amigos) dos de los mejores hacedores de mapas del país. Se llaman Daniel Castillo y Mónica Vacas y, hace algunos años, crearon una editorial que no publica libros al uso, o no solo, sino que nos hace recorrer el Londres de Sherlock Holmes o el de Jane Austen o la Lisboa de Pessoa o la Vetusta de la Regenta, el Madrid de Galdós, Buenos Aires y París en la literatura de Julio Cortázar.

Lo bueno se queda en la literatura o en la tradición o quizá en el otro, también, o sobre todo en el otro, porque, al final, ya descubrimos nuestra condición de persona y lo hicimos (ahora viene una brillantez, que no es mía: es de Pedro Laín Entralgo) a través de dos experiencias polarmente opuestas y complementarias entre sí: la vivencia de nuestra radical soledad (porque ser persona es poder estar metafísicamente solo) y la de su radical comunidad (porque ser persona, hasta en el caso de Robinson, es estar abierto a los otros).

En el mismo lugar donde han estado los de Aventuras Literarias (ese monumento al buen gusto llamado El Pájaro Azul), estuvo el martes pasado Valentina Varas. Cuando tenía 27 años, Ediciones Liliputienses sacó sus dos libros reunidos. El título es hermoso: De todas las cosas que nunca entendí siempre vas a ser mi favorita. Acaba de cumplir los 28 y el 19 de febrero estará en el Aula literaria Enrique Díez Canedo, en Badajoz.

La primera vez que entrevisté a Ángel Campos Pámpano fue cuando vino Benjamín Prado al Aula, hace más de 20 años, en Badajoz. Ahora, la Editora Regional de Extremadura ha sacado, a la vez, dos libros (casi) suyos. Uno, una antología cuya portada es de Javier Fernández de Molina, gran amigo de Ángel. La última vez que le vi (no que hablé con él) fue cuando me presentó a Antonio Gamoneda: «Es una periodista maravillosa y te quiere entrevistar», dijo. Una década más tarde, en el Poetas de Madrid que organiza, entre otros, Fabio de la Flor, de la editorial Delirio, a quien conocí en Centrifugados (febrero siempre será el mes de Centrifugados y el mes más cruel ahora que no está), Gamoneda me habló de Ángel y me preguntó si había llegado su poema. Si estaba todo bien.

Yo sabía que había llegado porque me lo dijo el compilador de este libro, En el vuelo de la memoria, que se llama Suso Díaz. Utilizan versos suyos. Gamoneda: Un perfume de olvido flanquea tu memoria. Y dice: «Querido Ángel: no vas a recibir esta carta que no es una carta».

A veces yo también le escribo a un amigo muerto a quien escribí mucho en vida.

José María Cumbreño cita «!hay palabras que duran más que la caída».

Hay palabras que son la caída misma.

«A veces las palabras logran ser lo que dicen». A eso nos dedicamos periodistas y poetas: a decir lo que debe ser dicho como debe ser dicho.

«Ante una / piedra, un árbol o un caballo, ¿podemos pronunciar tú y yo / un nosotros que como sujeto pasivo o como sujeto activo / englobe en su seno la piedra, el árbol y el caballo?». Esto no lo escribió Ángel, sino Ada Salas. Ángel le cantó a los árboles de Jola y a Jola misma («el aire es savia en este sitio, como un don despojado, extenso, blanco»). Otro de los amigos de Ángel (Miguel Ángel Lama, que firma el prólogo de En el vuelo de la memoria), y Ada, Ada Salas, están hoy a las ocho y media en el Ateneo de Cáceres para hablar «de esos seres sin los que las ciudades son lugares tristes». A los poetas y a los pájaros les gustan los árboles y los mapas.

Hablamos de libros aquí mientras, en otros lugares de otros países que también son España, se ataca la subida del salario mínimo (porque, por supuesto, lo normal es trabajar toda tu vida por 750 euros al mes), se intenta describir con exactitud qué es un relator (esta fractura social tardará generaciones en curar, si es que cura y cicatriza sin doler algún día), la palabra Venezuela aparece en todas partes (significa, cuentan, ‘agua grande’, por la laguna de Maracaibo de 13 kilómetros cuadrados que alberga el país); Trump anunciando el fin del Estado Islámico y negando el cambio climático porque resulta que, en invierno, hace frío en su país, gente creyendo en la homeopatía y diciendo que no cree en la ciencia, como si la ciencia estuviera sujeta a las creencias también (y lo decimos con trazo grueso: ya sabemos de los sesgos de los estudios y de cómo están las cosas y que todo está podrido).

Nos preguntamo por qué mapas nos movemos, qué territorios son los nuestros, si las palabras pueden ofrecer redención, cómo transformar los discursos en algo menos doloroso, cómo volver a ayudarnos, cómo repensar el sujeto colectivo, la polis, la res pública, la igualdad, la interseccionalidad y la transversalidad y la ética y la ecología y nuestra propia historia.

Desde qué lugar le hablamos al mundo. Desde qué lugar querríamos.