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tribuna

Mérida

 

JOSEP MARIA POU Actor
06/07/2019

En la paz conventual del Parador de Mérida en el que me alojo estos días es posible escuchar todavía, por poco que uno deje volar la imaginación, la campanilla que convoca a vísperas y a maitines. Y si a esa cometa de la imaginación se le deja suelto el hilo para que vuele alto, muy alto, es posible oír también, se lo aseguro, a las jóvenes novicias que cantan los salmos y murmuran, tímidas, los rezos.

En uno de sus claustros, convertido en lugar de reposo y lectura, me siento a desayunar de buena mañana, bien pertrechado con la prensa del día. Y el bullicio de afuera, que los periódicos recogen en amplios titulares, se me antoja ahora lejano, ajeno, apenas audible, cosa de otro tiempo y quizá, también, de otro mundo. Es increíble lo que puede una arquitectura a la antigua, un pan con aceite de almazara extremeña y dos cigüeñas a la vista: que el tiempo se detenga intramuros y queden extramuros el ruido y la furia, las voces y los ecos.

Es este el lugar ideal para, en silencio, concentrado, a la chita callando, hacer el viaje que me exige estos días mi oficio: viajar desde la España de hoy a la Roma del siglo primero anterior a nuestra era. Debo confesarles que en el trayecto me entretengo cambiando cromos. Suelto los de quienes lideran hoy aquí nuestra política y me hago con los de Cicerón, Bruto, Pompeyo, Marco Antonio y Julio César, por ejemplo. Y me distraigo comparando, imaginando qué harían ellos aquí y cómo se las apañarían los nuestros allá.

Porque aquí y ahora los dardos, aún de mal estilo, suelen dar, mayoritariamente, en lo duro de un caparazón forjado de años y cinismo, y las puñaladas, aún traperas, no pasan de ser un eufemismo. Pero allí y entonces, a las puertas del Capitolio, la sangre manaba a borbotones. Todos sabemos cómo acabó Julio César. A Cicerón le cortaron la cabeza y las manos. Pompeyo fue asesinado. Y Bruto y Antonio se suicidaron. ¿De verdad «cualquiera tiempo pasado fue mejor»?

Caída la tarde emprendo el camino que me lleva al anfiteatro. Paso ante el Templo de Diana y dejo atrás el Pórtico del Foro. A un lado y otro, las piedras de la historia. Estatuas de otro tiempo. Sin cabeza ni manos, la mayoría de ellas. Y me digo: tan sin cabeza, como algunos de los que hoy acuerdan pactos y componendas; tan sin manos, como muchos de los que hoy, aun con ellas, no distinguen la derecha de la izquierda. Tan sin sentido todo. Tan confuso. Tan triste.