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adiós a una artista con una capacidad de comunicar extraordinaria

Muere Jessye Norman, diosa sin límites del canto

Conseguía raros milagros con su voz y su arte, poniéndose al servicio de la partitura. La soprano de Estados Unidos arrollaba tanto en la lírica como en el jazz

 

Jessye Norman, en un concierto en el Festival de Jazz de Montreux, en 2010. - EFE / DOMINIC FAYRE

PABLO MELÉNDEZ-HADDAD
02/10/2019

Jessye Norman, una de las cantantes fundamentales de las últimas décadas, murió el pasado lunes rodeada de sus seres queridos en un hospital de Nueva York. Desde que se supo la noticia, su público, que la idolatraba, la llora en silencio. Como el de Barcelona, con el que por años mantuvo una historia de amor gracias a la lealtad que la promotora Ibercamera le profesó y que la llevó al Liceu, al Auditori o al Palau de la Música Catalana.

Norman conseguía raros milagros con su voz y su arte, poniéndose al servicio de las partituras para crear interpretaciones únicas que perduran en la memoria de quienes la seguían con ilusión. Sus recitales se transformaban en fiestas íntimas y regalaba propinas como nadie; muchas veces acababa sentada ante el piano o cantando a cappella una nana, su maravilloso Summetime o un blues para cortarse las venas. Recitalista prodigiosa, sus menús musicales se degustaban esculpidos en una voz inconfundible, llena de colores, esmaltada, hermosa, brillante y potente, que utilizaba para moldear un canto con fraseo sublime. Norman poseía una extraña capacidad comunicadora al asumir obras de Richard Strauss, Wagner, Mahler, Duparc, Berlioz, Ravel, Schubert o Debussy, lo mismo que cuando miraba al jazz, como demostró en su debut en el Festival de Peralada.

Sobre el escenario despedía magia, talento y absoluta entrega. A pesar de su poderío técnico, en su canto este aspecto pasaba a convertirse en secundario, ya que lo suyo era cómo vivía la música y cómo se vestía del texto.

La soprano afroamericana, que vivió la música desde niña en la iglesia, falleció con 74 años por una septicemia y un fallo multiorgánico, complicaciones de una lesión en la médula espinal que la apartó de los escenarios en el 2015. Se marcha también una mujer comprometida con los suyos -creó una escuela y un programa para ayudar a jóvenes con talento de escasos recursos- e implicada en proyectos que luchaban contra el hambre y a favor de los sintecho.

En todo el mundo la adoraban. El amor que recibió en Barcelona también lo vivió en Francia: allí cantó, encaramada sobre el Arco de Triunfo parisino, en las fiestas del bicentenario de la Revolución Francesa; allí la nombraron Comendador de Honor de las Artes y las Letras; allí, incluso, bautizaron una flor con su nombre.

Este icono del canto nació el 15 de septiembre de 1945 en Augusta, Georgia, y se labró un lugar en el olimpo lírico desde su debut en Berlín en 1969 como Elisabeth de Tannhäuser. Ya consagrada, detuvo su carrera durante un lustro para replantear su técnica regresando para arrasar por allí donde pasaba. Su repertorio operístico, amplio en estilos pero no muy numeroso, siempre significaba un aporte: no dejaba a nadie indiferente con sus interpretaciones. Su gran legado es su producción discográfica que le reportó cinco Premios Grammy. Adiós, Jessye.