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El principal estreno de cine de la semana Páginas 46 y 47

‘Predator’ vuelve al ataque

«Ha sido como empezar de nuevo; me he sentido con la misma ilusión y el mismo miedo. Somos dos supervivientes», confiesa el director. Shane Black reivindica la serie B y la estética gore como únicos modos de acercarse al clásico de 1987

 

Un fotograma de ‘Predator’, dirigida por Shane Black, que hoy llega a las salas. -

BEATRIZ MARTÍNEZ
14/09/2018

Arnold Schwarzenegger, la jungla y una criatura misteriosa obsesionada con cazar humanos y tomarlos como trofeo mientras se oculta entre la maleza. Con esos mínimos elementos, John McTiernan firmó Depredador (1987), que pronto se convertiría en una de las grandes películas de culto de los años 80.

El director Shane Black recuerda con nostalgia esa época y de alguna manera cierra un círculo con su Predator. Él formó parte de ese escuadrón de mercenarios que en la primera entrega intentaron acabar con el alienígena (su personaje, Hawkins, era el primero en morir) y ahora se hace cargo de este último episodio detrás de la cámara con una misión muy clara: recuperar el espíritu de la original y situar en el lugar que merece la figura de este monstruo icónico dentro de la cultura popular después de una serie de películas que quizás no le habían hecho la suficiente justicia.

«Ha sido como empezar de nuevo», cuenta Black a EL PERIÓDICO. «Me he sentido como aquel joven otra vez, con la misma ilusión y el mismo miedo. Creo que tanto Predator como yo somos dos supervivientes que nos hemos ido amoldando a las circunstancias y a los nuevos tiempos. Pero claro, ahora yo tenía una responsabilidad sobre él y en cierta manera quería devolverle parte de su esplendor, que se sintiera de nuevo la gran estrella de la función».

INCORRECCIÓN POLÍTICA / Y lo ha conseguido. Predator es un auténtico festín de diversión y aventuras que nos retrotrae a la esencia del cine de los 80 en una apuesta personal que estaba repleta de riesgos. Entre ellos, apostar por la incorrección política, tan olvidada en tiempos en los que priman los productos blancos que intentan molestar lo menos posible, y reivindicar la serie B y la estética gore como únicas formas de acercarse a la verdadera naturaleza indómita de la saga.

«Me gustan las películas de esa época porque eran muy exuberantes. Había inventiva y sobre todo eran muy afiladas, se podía tener una clasificación R sin que los estudios se echaran las manos a la cabeza. Ahora las películas tienen que gustarle a todo el mundo y todo resulta mucho más descafeinado. Se ha ido perdiendo la magia». Shane Black sabe de lo que habla. Fue uno de los guionistas que ayudaron a construir el estilo del cine de acción ochentero tal y como ha quedado incrustado en el imaginario colectivo a través de películas como Arma letal (1987) y toda su saga, El último Boy Scout (1991) o El último gran héroe (1993). Después se recicló como director y firmó la autoparódica Kiss Kiss Bang Bang (2005) y demostró que podía ganarse a todo el fandom marvelita con la tercera parte de Iron Man (2013).

Sin embargo, el director no termina de sentirse cómodo en las películas en las que absolutamente todo se hace a través de los efectos especiales. Él reivindica el aspecto artesanal por encima del guirigay tecnológico: «Los efectos CGI pueden ser muy divertidos, son una herramienta increíble, pero su uso excesivo ha conducido a malas tendencias que provocan que, cuando estamos viendo una película, parece que sea un videojuego. Pasan demasiadas cosas en un plano, siempre tiene que haber algo en movimiento, y no puede ser percibido todo por el espectador, que simplemente se siente aturullado. No hay orden ni concierto, y creo que se nos ha ido totalmente de las manos». Por eso cuenta que en Predator ha intentado utilizar los efectos especiales de una manera sensata, acoplándolos a la narración y no al contrario. Según sus propias palabras, la ha filmado como si se tratara de una película clásica de guerra, con una textura muy realista.

HUMOR MÁS CANALLA / A lo que no ha renunciado es a integrar el humor más canalla dentro de la acción. Predator es una película muy consciente de sí misma y por eso le sientan de maravilla los gags autorreferenciales (como el de las rastas de la criatura comparándolas con las de Whoopie Goldberg). Es guasona, malhablada y totalmente desprejuiciada y ese espíritu gamberro y macarra resulta perfecto a la hora de constituirse como un especimen único en la cartelera actual.

Black, como buen reinventor de la buddy movie, no podía dejar escapar la oportunidad de seguir explorando el mundo masculino a través de los lazos de amistad, en esta ocasión a través de un escuadrón de renegados que parece no tener hueco en esta sociedad y que, como mandan los tiempos, tendrá su contrapunto femenino en el personaje que interpreta Olivia Munn, una mujer decidida que puede con todo, convirtiéndose en la heroína de la función.

«En Depredador eran soldados perfectos y musculosos, y yo quería darle la vuelta a eso y hacer algo más humano. Me gustan los personajes que no encajan en ningún sitio, los inadaptados, los outsiders y quería hacer de ellos una familia», argumenta Black.

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