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LA CULTURA QUE NOS VIENE

San Valentín es un proyecto

 

Los Secretos da hoy un concierto, a las 21.30 horas, en el palacio de congresos de Cáceres. - ARCHIVO / NURIA SOLER

Olga Ayuso Olga Ayuso
14/02/2020

Si la vida fuera más amable, uno querría vivir todas las vidas del mundo. Lo dijo Joaquín Sabina en un documental. Los periodistas escribimos obituarios antes de que se muera la gente y nos da miedo hablar de la gente por si se muere, porque escribimos con un día de antelación. Corremos el riesgo de informar de que alguien se ha sometido a una operación, publicarlo, sacarlo a los quioscos... y que el cantante o la actriz ya no esté y nos veamos naufragando en el bucle de lo que fue y ya no es pero vuelve a ser porque está ahí, escrito en ese papel que, hasta el día siguiente, parece piedra.

«Tengo unos deseos enormes de vivir, chico, de salir a la vida. [...] Soy yo mi fuego y mi exaltación y siento una apetencia del mundo y del amor que me haría abrazarlo hasta ser yo él, hasta enajenarme en su extravío». Lo escribía Vicente Aleixandre en una carta a su amigo Gregorio Prieto, pintor, con quien tenía, cito, «una relación muy afectuosa». Hace cuatro años salió la primera biografía del poeta en la que se hablaba de su homosexualidad, pero seguimos escribiendo «relación muy afectuosa».

Al final, todo puede ser un sobresalto.

Menos mal que Elvira Lindo (cuando estuvo Antonio Muñoz Molina en la feria del libro de Badajoz, le dije: «Soy muy fan de tu mujer») dice: «Velintonia es un país en el que tiene cabida el amor oscuro, en el que los hombres pueden amar a los hombres». Velintonia es el nombre de la calle donde está la casa de Vicente Aleixandre, que la asociación de amigos de Vicente Aleixandre, comandada por Alejandro Sanz (otro Alejandro Sanz, no el cantante) siempre ha querido recuperar.

España no trata bien a la cultura. Lo hemos dicho muchas veces.

Y, sin embargo, la gente sigue poniendo en marcha nuevos proyectos. Nuqui Fernández actúa con varias compañías de teatro y montó la suya propia: Cíclica. Hoy está en Coria para representar Ñoña Inés, que fue su punto de partida, con mucho miedo, pero mucha ilusión, como siempre se hacen estas cosas: con cierta seguridad, con ciertas inseguridades, con convencimiento, por supuesto, pero qué pasaría si. Confió en otros, como en Javier Herrera, que actúa, diseña vestuario, se ocupa de pasiones vivientes. Y buscó esta obra, basada en el Don Juan, basada en su trabajo, con unos trajes imposibles, para lanzar alfileres desde el humor.

Hace tres años no había un frente de derechas en el Congreso de los Diputados y no se habían hecho fuertes en las redes sociales quienes, si hablas de feminismo, te dicen que primar a la mujer atenta contra la igualdad: lo dicen mujeres y hombres, porque el machismo se interioriza. Quizá hace tres años, Ñoña Inés era más fácil de representar que ahora.

Texto. Vestuario. Dirección.

Tampoco hace falta mucho más para contar(nos).

También nos afecta el mercado. Vender las obras, ayudas a la producción, agendas actorales, contratos, entrevistas, aulas literarias, ansiedad, depresiones. ¿Cómo poder desarrollar un proyecto cultural de región? ¿Podemos hablar de identidad, de identidades? ¿Estamos haciendo la guerra por nuestra cuenta? ¿Colaboramos cuando somos competidores? ¿Se puede crear otro imaginario colectivo cuando estamos ahogados pagando facturas y hablando con gestorías y buscando fondos para organizar el último ciclo de música actual, para comprar telas, para visitar algún laboratorio que nos imprima las fotos con los colores que queremos? ¿Podríamos ser transgresores en esta época de la transgresión? ¿Nos conformamos con crear obras que otros puedan ver? ¿Equilibramos las ventas con el compromiso artístico?

Ni siquiera sé cómo son capaces los promotores, los directores de las compañías, los escritores, los artistas, los gestores culturales, los organizadores de festivales y lecturas literarias, de mantener ideas coherentes durante una cantidad determinada de años para que esa marca (al final, lo que era antes un proyecto ahora es una marca) provoque una idea congruente en el espectador/lector.

Es un trabajo equilibrista.

«He muerto y he resucitado», cantaba Enrique Urquijo. Mueren y resucitan los planes directores (¿alguien se acuerda del plan director para el monasterio de Guadalupe? Nunca más se supo), los encuentros literarios y hasta el amor.

Hay historias de amor formadas por canciones de Sabina y de Los Secretos. Hoy es San Valentín. Tenemos horarios matadores, prole a la que cuidar, amigos que ver, compras semanales que hacer, se rompe la caldera, la cría tiene paperas… Ya tenemos bastante día a día como para alzar una ceja diciendo: «Es un invento de los grandes almacenes y el amor hay que celebrarlo todos los días». Porque, claro, todos dedicamos a nuestras parejas el mismo tiempo que le dedicamos al trabajo y no se resienten ni un minuto ante las vicisitudes y las rutinas de la vida, porque no vamos como el conejito blanco de Alicia, corriendo, sin tiempo, demasiado lejos del camino mejor, como cantan Los Secretos en su nuevo disco. Están en Cáceres esta noche, con el recuerdo de Enrique siempre presente: hay duelos que no acaban nunca. Hay proyectos que tampoco.