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cantante

Roger Daltrey: «Siempre me han irritado las modas del rock»

Ha publicado el libro 'Mi historia. Memorias del fundador de The Who'

 

Roger Daltrey durante un concierto en una imagen de archivo. - EL PERIÓDICO

KIKO AMAT
26/08/2019

Dios te bendiga, Roger Daltrey. Los fans de The Who le debemos mucho a su cantante y frontman. Es inevitable sospechar que, en manos de Pete Townshend (compositor absoluto y alma artística), The Who se hubiesen convertido en un experimento de arte indigesto. Y no hace falta decir que liderados por Keith Moon se habrían matado (literalmente) a los pocos meses. Daltrey era el terrenal, el organizado, el maduro, la personificación de la ética proleta. Quien se ocupaba del show y también de las finanzas (y la furgoneta). Quien les tiró a los otros tres las anfetaminas por el retrete y le partió la napia a Townshend cuando este se puso estupendo. Daltrey convirtió la banda en su razón para vivir, asegurando así su longeva carrera. Estas memorias, títuladas Mi historia y subtituladas Gracias os sean dadas, Mr. Kibblewhite (por el director que le echó del instituto), combinan candidez, humor y sinceridad para relatar en primera persona la historia de la mejor banda de rock’n’roll de los 60 (digan lo que digan los stonianos).

–Eras el proleta oficial del grupo, por decirlo claro.

–Sí. Pete y John [Entwistle] eran de clase media. Keith [Moon] era currela, como yo. Pete venía del entorno de las escuelas de arte. Si la banda se iba a la mierda, podía retomar sus estudios y seguir fumando porros. Yo no tenía donde caerme muerto. Keith era como yo, no terminó sus estudios. Peor incluso que yo, de hecho, porque él siquiera entró a secundaria.

–En tu libro tocas cómo se reflejaba la clase social de cada uno en la banda.

–Eso se podía ver en el ritual de destrucción de guitarras de Pete [Townshend]. Para mí era un gran golpe emocional. No podía evitar recordar lo duramente que tuve que trabajar para comprarme mi primera guitarra. Y, más atrás aún, la inventiva que tuve que desarrollar para fabricarme una, cuando no tenía medios para adquirir una de verdad. En los años 60, las guitarras valían una pequeña fortuna. Pete hacía pedazos una Rickenbacker en cada concierto. Por otro lado, aquel ritual nos estaba proporcionando una notoriedad impagable.

–Vuestros choques de personalidad eran célebres.

–Éramos gente completamente distinta pero, a la vez, nuestras funciones dentro de la banda también lo eran. Yo era el mayor y el fundador, y fui el primero en sacarme el carnet de conducir. Era yo quien les llevaba de un concierto a otro, así que adquirí una responsabilidad añadida. Me convertí en la figura paterna del grupo. O materna [ríe]. No creo que los demás sintiesen esa responsabilidad. Se emborrachaban, tomaban pastillas, iban fumados, pero yo tenía que conducir de vuelta. Mi ética de trabajo nos distanció desde el principio. No es que ellos fuesen vagos. Es solo que su papel era más relajado.

–Una de las cosas que me siguen atrayendo de The Who es la violencia latente. Afirmas que heredasteis esa ira de la generación anterior.

–Nuestros padres vivieron la segunda guerra mundial, todos sus esfuerzos se concentraban en superar la guerra y no desmoronarse. Esa gente vivió el blitz, estuvo en los campos de batalla de Francia. Pero cuando regresaron no empezaron a comunicarse. Nadie les trató por psicosis de guerra. Mi generación creció en mitad del silencio, y eso nos hizo adolescentes increíblemente frustrados, y luego enfadados. Tuvimos que abrirnos un camino, de otro modo íbamos a ser tragados en la montaña de mediocridad que nos parecían sus vidas.

–La banda parecía vivir en un estado de tensión constante.

–Esa tensión se multiplicó cuando entró Keith Moon. Solíamos decir que nuestra música debía tener «impulso». Queríamos que nuestra audiencia atravesara el suelo a patadas. Cuando tocábamos, destrozábamos (literalmente) nuestra música para ellos. Los imaginábamos como un ejército enemigo que debíamos atravesar a golpes para escapar. Cuando terminaba el concierto nos los habíamos metido en el bolsillo.

–Afirmas que Townshend se convirtió en un «verdadero mod», pero él siempre ha dicho que se sirvió de los mods para conseguir una voz.

–Si no fue mod, al menos fue mucho más mod de lo que yo he logrado ser nunca [ríe]. A mí nunca me salió muy bien todo eso. Para empezar, no se puede ser mod con el pelo rizado [ríe].

–Pero ibas muy pintón. Incluso habías ejercido de sastre. Eso suena bastante mod.

–Me encantaba la buena ropa, eso es verdad. Y la moda. Pero no me gustaba ese rollo que llevaban los mods de perder el culo por ella. Me gustaba inventar mi estilo, estuviese o no en boga. Siempre me han irritado las modas del rock. Todo ese

asunto del Rock’n’Roll Hall of Fame me pone enfermo. En su día odié el modo en que el rock estaba generando su propio uniforme. El otro día veía vídeos del Download Festival y todos los grupos vestían exactamente igual. [ríe]. La camiseta hecha polvo, la melena… Los solos de guitarra sonaban todos iguales; lo mismo con los gritos de los cantantes. Me pareció un festival de segundones. Y me dije: ¿qué cojones ha pasado aquí? Siempre me he opuesto a eso. Lo veo como un tipo de muerte. Una muerte muy poco imaginativa.

–Comparas vuestra adopción del culto mod con el modo en que Dean Martin se aferró a su imagen de bebedor.

–Sí. Dean Martin solía llevar vasos llenos de zumo de manzana. Era su guiño, su toque personal. Para nosotros, lo mod era una forma de resaltar entre la multitud. Tuvimos la suerte de conectar con esa fuente de energía que surgía del sur de Londres, y que decidieran adoptarnos. Pero llegó un momento en que trascendimos todo aquello. Ya desde el principio lo nuestro era distinto, no solo del estilo Motown que les gustaba a los mods, sino del resto de pop del momento.

SEnDThe Who by Numberses es uno de vuestros discos menos valorados, pero aquí hablas muy bien de él.

–Me encanta ese disco. Está concebido para que otra gente lo escuche y se diga «no soy yo solo». Si llegamos a ser un grupo de rock cliché jamás lo hubiésemos hecho. Está lleno de confesiones de debilidad e inseguridad. Yo escogí las canciones, y cuando le mostré la lista a Pete me dijo que estaba loco. Con el tiempo he visto que fue la decisión correcta. Imagine a man, How many friends o However much I booze tocaban nuestros puntos débiles. Hablan de incapacidad y frustración.

–Años atrás te había resultado complicado cantar las primeras canciones de Townshend que versaban sobre esos temas, como I’m a boy, Pictures of Lily o Substitute.

–Sí, pero era por una razón bien sencilla: no sabía cómo cantarlas. Literalmente. Nunca había cantado algo así. Yo era un cantante de soul. Llevaba años imitando a James Brown. Aunque no podía pegar los gritos de James Brown en Substitute, me resultó más fácil de cantar que I’m a boy o Pictures of Lily. Substitute al menos tenía una cierta actitud, pero las otras dos requerían la creación de un personaje que no sabía si hallaría en mí.

–Dices que te costó meterte en la piel de un chaval que no ligaba (Pictures of Lily) porque tú nunca tuviste ese problema.

–Nunca me fue mal en ese campo [ríe]. Pero no era solo eso. En el caso de I’m a boy, por ejemplo, no es que me fuese difícil identificarme con las inseguridades de Pete. Se trataba de que él ya empezaba a pensar en términos operísticos, e imaginaba una historia sobre una mujer que quiere tener cuatro hijas, pero al final tiene tres hijas y un hijo. La mujer está empecinada en no dejar que el chico sea un chico. Escribir una canción sobre eso es fácil, pero no lo es tanto cantarla de un modo que reflejase el tormento interior del niño. La he vuelto a escuchar hace poco y puedo confirmar que hice un buen trabajo: el chico suena absolutamente turbado.

–Keith Moon ha pasado a la historia por ser un cachondo, pero en el libro recuerdas los hoteles destrozados, el petardo que casi deja sordo a Pete, la violencia de género, las curdas babosas… Suena insufrible.

–Keith Moon podría ser el tipo más maravilloso del mundo, y al poco rato ser horrible. En un lapso de 30 minutos [ríe]. A la vez, no podías evitar quererle. Era como un niño dañado. Tenía algo. Una cualidad mágica que hacía que le perdonaras todos sus fallos.

–Una de las grandes omisiones del libro es Quadrophenia.

–Me encantan las canciones, y como pieza musical es fantástica en muchos momentos, pero nunca la sentí mía del modo en que sentí Tommy. Quadrophenia es en gran parte un proyecto de Pete. Su visión. Pete cree aún que es su obra definitiva, su mejor trabajo, pero la verdad es que yo no estoy de acuerdo. Creo que Tommy es más coherente. Quadrophenia tiene muchos agujeros. Para empezar, la historia no tiene mucho que ver con la música. Me parece rimbombante. Las recientes producciones de Quadrophenia no hacen sino empeorar ese aspecto, como la última versión de música clásica. A mi parecer, convertir ese disco en una pieza puramente sinfónica es un gran error de juicio. No puedes arrancarle el rock a Quadrophenia. Es un sinsentido. Pete está obsesionado con convertir Quadrophenia en el éxito artístico que fue Tommy, pero simplemente no están a la misma altura.

–Al hablar de finales de los 70 no tocas el fenómeno del punk rock. Como representante de la generación anterior, ¿te pareció maravilloso o una porquería?

–Las dos cosas [ríe]. Me pareció una mierda y genial al mismo tiempo. Nosotros llevábamos dando el callo unos trece años, y nos pareció fantástico ver nacer a una nueva generación inventando su propio rollo. Me encantaban los Sex Pistols, The Damned y, naturalmente, The Clash. Pero a la vez en esa generación había un montón de grupos de mierda.