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El principal estreno de la semana

Pedro Almodóvar: «Sin el cine, mi vida tiene poco sentido»

Estrena 'Dolor y gloria'

 

Pedro Almodóvar: «Sin el cine, mi vida tiene poco sentido» - NICO BUSTOS

BEATRIZ MARTÍNEZ
22/03/2019

Pedro Almodóvar ha firmado una de las grandes películas de su carrera profesional. En Dolor y gloria, que llega hoy a las cartelera, aparecen buena parte de los elementos que han caracterizado su cine, pero por primera vez también lo encontramos a él. El director manchego se ha sincerado, ha abierto la caja de sus recuerdos y los ha compartido con los espectadores en un prodigioso ejercicio de generosidad que tiene también mucho de exorcismo y de liberación.

–En La ley del deseo, el personaje del párroco le dice al que interpreta Carmen Maura que reniegue de sus recuerdos, y ella le contesta que no puede, que los recuerdos son lo único que le queda. ¿Parte Dolor y gloria de una necesidad de poner en valor su propio pasado?

–Uno nunca debe olvidar. La memoria es necesaria, en todos sus aspectos: la personal, la histórica, la social, la de un país. Lo dice alguien que intentó renegar de forma consciente del pasado en sus películas de juventud, como si la sombra de Franco no hubiera existido. Fue un modo de vengarme de toda esa herencia malsana, intentando empezar de nuevo, desde cero. Pero era una postura intelectual, no significaba que hubiera olvidado. Uno nunca debe olvidar, ni las cosas buenas ni las cosas malas.

–Es una película confesional. Se ha dicho de ella que usted se abre en canal. ¿Se siente así?

–Yo no tengo esa sensación. Tampoco era una cuestión de coquetería, de exponerme, ni siquiera es un autorretrato. Pero es evidente que emocionalmente me representa más que otras películas anteriores. Estoy más expuesto, no solo por lo que cuento de mí, sino por lo que cuento de mí y no fue.

–Supongo que resulta inevitable que la gente se pregunte qué es real y qué es ficción en esta película, incluso quién es quién en la pantalla y en su vida real.

–Es una tentación en la que es mejor que no se caiga, porque no es una película en clave, por mucho morbo que pueda generar. Hay cosas que son reales, como la escena de la mortaja, que mi madre viajaba con ella en los últimos años de su vida por si le pillaba la muerte por el camino, y otras que podrían haber sido ciertas, pero que no ocurrieron en la realidad, como la conversación que mantienen la madre y el hijo, en la que se reprochan mutuamente no haberse entendido, comprendido, en muchos o algunos momentos de su vida.

–En buena parte de las entrevistas de promoción de la película se le ha preguntado de manera explícita si había probado la heroína como el personaje de Antonio Banderas.

–No he tomado caballo en mi vida, pero tengo la sensación de que, por mucho que lo diga, nadie me va a creer. También te digo que me da lo mismo. Yo tomaba otras cosas. Pero las drogas en los 80 tenían un significado distinto, eran símbolo de libertad. Formaban parte del exceso en el que vivíamos. Y no me arrepiento de nada de eso.

–¿Ha sido para usted una película catártica?

–La verdad es que me he quedado más tranquilo [risas]. También he de decir que no sé por qué he escrito esta historia y no otra. Tampoco sé cuál era mi necesidad de mostrarme hasta ese punto. Hubo un momento en el que me hice una pregunta a mí mismo: «¿Estoy dispuesto a llevar esto hasta las últimas consecuencias?». Y dije que sí, y me propuse tener el valor de tirar de entrañas. En ese momento, sentí una enorme libertad.

–¿Cuándo se siente más libre?

–Soy libre cuando escribo y cuando ruedo.

–¿Y cuándo más aliviado?

–Cuando me sale bien una película. Con esta estoy contento, porque habla de partes muy sombrías de mí desde un lugar muy positivo. Es una película incómoda, pero al mismo tiempo también muy luminosa. Y, además, en ella me reconozco como director.

–¿Sigue sintiendo vértigo al terminar una película?

–Es que nunca sabes cómo va a quedar y si va a funcionar. Uno se la imagina de una forma, y a veces sale de otra. Dolor y gloria tiene soluciones narrativas arriesgadas, y no sabía cómo iban a encajar todos esos elementos. Cuando haces una película trabajas sin red. Yo, Quentin Tarantino, Martin Scorsese y cualquier debutante.

–¿Para usted, cine y vida son la misma cosa?

–Sí, y es horrible. Porque me dirás: «Siempre puedes hacer otra película». Pero no sirven todas. Además, después de mi operación de espalda, creí que no podría estar tanto tiempo de pie para rodar Julieta, porque rodar es un acto muy físico y tienes que estar muy mentalizado. Estaba aterrado. Sin embargo, el dolor desapareció mientras hacíamos la película y, cuando terminamos, volvió de nuevo.

–Así que para usted el cine tiene algo de curativo.

–Eso demuestra que el cine no es que sea importante en mi vida, es que es mi vida. Sin el cine, mi vida tiene poco sentido. Es algo que le he trasmitido al personaje que interpreta Antonio. Eso y el miedo al paso del tiempo.

–¿Le asusta cumplir años?

–Muchísimo. No voy a ser un buen anciano. Hay gente que está preparada para envejecer. Yo no. Estoy de acuerdo con Philip Roth, que decía que la vejez no es una enfermedad, es una masacre. Tengo 69 años, soy una persona mayor, y no lo llevo nada bien. Pero esa es otra película que no voy a hacer.

–¿Echa de menos su juventud?

–Mi vida se ha convertido en una lista de abstinencias. No salgo, no fumo... y así sucesivamente. Es lo que toca, pero mentalmente echo de menos la fuerza de la juventud, y no es una cuestión nostálgica. Me encantaría salir una noche y comportarme como en el año 82. Uno piensa que con casi 70 años tienes otras necesidades, y no es verdad. La vida nunca se adecúa a la edad que tienes. Me resigno, trabajo y vivo con lo que tengo. Pero no me gusta mi vida ahora mismo. Tengo que encontrar el modo de adecuarme a ello, y en eso estoy en estos momentos.

–El deseo vertebra buena parte de su filmografía. ¿Se trata de una posición ideológica contra la represión?

–Por supuesto. El deseo puede llevarte a lugares trágicos, pero yo estoy de su parte, merece la pena recorrer esos caminos. Supone una pérdida de control y eso es lo contrario a la educación religiosa que recibí. Así que sí, es un posicionamiento vital dentro de la sociedad en la que vives. El deseo no es un camino de rosas, tampoco es algo que se mantenga en el tiempo, por eso tiene algo de frustrante. Pero soy partidario de un modo político más que biológico. Hay que entregarse a él, dejarse llevar.

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