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la entrevista

«Somos dignos de compasión, eso he aprendido»

Belén Rubiano ESCRITORA

 

«Somos dignos de compasión, eso he aprendido» - EL PERIÓDICO

Belén Rubiano (Sevilla, 1970), nos ha hecho un regalo a los que apreciamos la lectura como lo que es: puro aire fresco, pan de cada día, aliento en el desaliento; y va, y nos relata en unas memorias parciales, ese sueño romántico de abrir una librería: Rialto, 11, en su Sevilla natal. Tras años trabajando entre libros dispuestos por otros, Rubiano nos desgrana esta aventura vital con mucho humor, momentos de desesperación, sofocones, suficientes alegrías y desencantos, los justos, en este maravilloso libro Rialto,11: Naufragio y pecios de una librería (Libros del Asteroide, 2019), la historia de la apertura y la clausura de ese sueño impregnado de olor a cartón, papel, novedades y esfuerzo. Como ella misma asegura en esta obra: «…es cierto que todo lo importante acaba siempre de repente»; porque justamente es lo que ocurre con este libro. Que el tiempo vuela, cuando pasamos cada página de esta historia de certezas que no os podéis perder. Os recomiendo su lectura, y también la de esta entrevista. Abran la puerta al relato de esta librera que ha construido sus propios pilares en la tierra, sin necesidad de pasar por ningún best sellers.

--¿Cómo se siente tras ‘abrir’ de nuevo su librería ‘Rialto, 11’?

--Como quien, por fin, ha aprendido una lección (risas). Para abrir Rialto, 11 apenas si he necesitado muchísimos años de tenacidad y esfuerzo. Y leer mucho, sin perder de vista quiénes son los maestros (los clásicos, siempre). Leer por placer y por vicio, claro; pero también con la atención de quien estudia. Aprender lo que quería contar, y cómo contarlo. No ha sido un camino corto pero, así y todo, me he ahorrado trámites burocráticos, alquileres, fianzas, avales…

--Libros que hablan de libros, ¿no le parece una romántica combinación?

--Salvo muy pocos, ni siquiera me gustan (vuelve a reírse). Rialto, 11 tiene una librería dentro, porque mi vida también la tiene, pero no es un libro sobre librerías. Quise reflexionar sobre el éxito y el fracaso, y sobre la posibilidad de que, todo cuanto amamos y en lo que creemos pueda ser una ilusión que se desvanece cuando quiere. No es posible atrapar el aire con cuatro clavos, esa es la conclusión (sin moraleja) de mi libro.

--¿Qué le gustaría rescatar de esa época?

--Sin la menor duda, la inocencia y su consecuencia, que es la valentía. Daría cualquier cosa por volver a ser aquella chica que creía que amando lo que hacía, trabajando duro e intentando no hacer daño, podría ganarse la vida y ser feliz. Esa chica que cuando se tropezaba decía, como José Ángel Valente, que caer fue solo la ascensión a lo hondo. Esa chica…

--No sé si este libro, ha sido una especia de catarsis bien entendida, a través de esas numerosas connotaciones humorísticas, como cuando asegura «que Dios me necesitará para entretenerse»…

--Sigo sospechando que solo me quiere para eso (risas), pero no es una catarsis, aunque sí lo era cuando, hace muchos años, empecé a trabajar en su primer borrador, y por eso era malo. Aunque es autobiográfico, jamás osaría contarle a un lector, por decirlo de algún modo, cosas mías. Hay muy poco, además y muy medido, de mi vida personal entre sus páginas. No hay nada, o eso espero, que no cumpliera con el objetivo de servir de espejo al lector: ¿cuántas cosas imprescindibles (las que no son cosas) he perdido yo en mi vida?, ¿mereció la pena? Esas son las preguntas que he querido que cada lector se haga y se responda, ahora que he alcanzado la edad de comprender que lo más noble que he hecho en la mía fue ponerme a los pies de una preciosa librería y dejarme arrollar por ella.

--No es habitual hablar de los medios de comunicación de una forma tan ‘natural’ y abierta, ¿alguna represalia tras el libro?

--Todo lo contrario. Si acaso, la más completa identificación. Pero hay que tener en cuenta que nunca nos identificamos con quienes consiguen lo que quieren sino con quienes necesitan estar mejor. Vivimos disimulando los golpes recibidos y siempre nos identificamos con quienes cuentan los suyos a pesar del pudor.

--‘Todos los autores no son iguales’ Ahora, que usted lo es, ¿lo sigue afirmando?

--Creo que los autores solo se parecen, o nos parecemos (si es que un solo libro me permite vestirme con ese nombre tan grande, cosa que dudo), en el miedo que tenemos de no volver a escribir nunca un texto que de verdad nos guste a nosotros mismos.

--Habla de lectores y de clientes, ¿qué prefiere para ‘Rialto, 11’?

--Lectores, siempre. Benditos los que compran sus libros, los presten luego o no, pero son lectores. Benditos los que leen siempre de gorra y han viajado a más lugares lejanos que yo, si devuelven los libros prestados. Benditos quienes usan las bibliotecas y consiguen así que el dinero público se invierta y no se gaste. Benditos todos, menos quienes se descargan los libros sin pagarlos, existiendo las bibliotecas y, para colmo, los comparten convencidos de no estar robando a un semejante (llámese escritor, editor, traductor, etc.). A esos no solo no los colmo de bendiciones, sino que les deseo que les salga un hijo escritor. Ese día, me temo que no antes, comprenderán que robar un libro hace daño.

--¿Qué ha aprendido de las personas regentando una librería?, ¿y de sí misma?

--Que leemos, como decía C.S. Lewis, para comprobar que no estamos solos. Que tenemos miedo de esa soledad mortal en la que vivimos y, aún así, muchos de nuestros actos la propician. Cuando eres niño, observas a los adultos y deseas crecer porque crees que ya han evitado el dolor. La vida humana nunca «es». Pensábamos que sería (futuro) y un buen día nos damos cuenta de que ya no nos necesita; que era un texto que no admite muchas correcciones y que debemos seguir leyendo hasta el capítulo final para conocer el desenlace, nos quede más o menos curiosidad. Leyendo, no escribiendo. Y que lo que creíamos que era el desarrollo de la trama, era ya el nudo. Somos dignos de compasión, eso he aprendido.

--¿Cómo invitaría a los lectores a qué se adentraran en su libro?

--¡De ninguna manera! (se vuelve a reír), bastante bajo he caído ya escribiendo y publicando un libro que se nutre de mi propia vida. El escritor que decide publicar no deja de ser (y lo digo por mí, espero no molestar a nadie) una especie de bufón obligado por sus circunstancias. La primera, como decía Karl Krauss, haber nacido sin el coraje que hace falta para no escribir. La segunda, que es pura necesidad logística, encontrar a su editor. El suyo, el de ese libro y no otro. Yo hice ambas cosas: escribir y desear que un árbol muriera por mi culpa; el resto es ya fatum. Yo creo en el destino. En el nuestro, en el de todo lo que existe y también en el de los libros. Rialto, 11 tendrá la vida que tenga que tener, pero ya no me pertenece. No soy, ni quiero ser, el guardián de mi libro. Puedo acompañarlo y lo hago; contenta y agradecida, pero nada más. Ahora me toca ver cómo se las apaña y alegrarme mucho si su destino era ser un libro feliz.

--Finalmente, ¿llegó a leer ‘Los pilares de la tierra’?

--Nunca (risas). A menudo creo que lo que parece una cárcel, puede que sea nuestra única libertad. Yo no odio, ni mucho menos, ni a Ken Follett ni a quienes escriben libros parecidos. Es más, les respeto muchísimo. Tengo muy claro que los lectores no se equivocan nunca y que ningún autor tiene éxito, sin haber conseguido algo muy difícil de lograr: contarle a otros una historia que, por las razones que sean, estos necesitaban leer. Ningún éxito literario sucede sin el boca oreja entre lectores por más presupuesto que una editorial dedique.

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