Diego Ramón Jiménez Salazar (Madrid, 1968), conocido como Diego el Cigala, es todo un referente del flamenco. Su pasión por este género le viene de familia, es sobrino de Rafael Farina. Se crió en el barrio de El Rastro, y desde pequeño demostró su gran talento sobre el escenario. A los 12 años, ganó el Certamen Flamenco Joven de Getafe y un premio en el concurso Gente joven, de TVE. Ambos reconocimientos fueron los primeros de los muchos recibidos a lo largo de más de dos décadas de trayectoria, en las que ha logrado un Grammy, cuatro discos de Platino y un Ondas, entre otros. Ahora, está inmerso en una gira internacional.

--Lleva más de 20 años sobre el escenario. ¿Las exigencias son las mismas que al principio?

--O mayores (Ja, ja, ja). Ahora disfruto más, porque me he desarrollado como músico y artista y la experiencia la dan los años sobre el escenario. Llevo disfrutando desde la primera vez que canté, pero es cierto que cada día tengo más responsabilidad, porque tengo un público que me sigue y al que no puedo defraudar.

--¿Qué queda de aquel niño que a los 12 años fue nombrado mejor cantaor de Getafe?

--Lo sigo siendo... ¡no quiero perder la niñez! Recuerdo ese momento con mucho cariño y también a ese niño que empezó a vivir su sueño, que era cantar, y en Getafe me dieron una gran oportunidad. Mi intención no era ganar, sino cantar por bulerías y que la gente gozara.

--¿Qué balance hace de estas dos décadas de carrera?

--No me puedo quejar, porque me mantengo estable. En mi trayectoria hay desde luego un antes y un después de conocer a Bebo Valdés, que fue lo más bonito que me ha pasado en la música. Poder grabar con él Lágrimas negras.

--Cuénteme qué le aportó.

--Me encandiló su música y su vida. Si no llega a ser por el piano, que Bebo me descubrió, yo habría seguido con el acompañamiento de la guitarra flamenca toda la vida. El piano me abrió nuevas fronteras y, después de que grabáramos Lágrimas negras, dio paso a otros discos. Bebo siempre estará en mi corazón.

--¿Qué recuerdos guarda de él?

--Me queda su sabiduría, su arte, sus consejos, su personalidad y humildad. No he conocido a un artista mejor en mi vida.

--En la última década, ha apostado por fusionar distintos géneros, como el bolero, la copla y el tango. ¿Qué aporta esta mezcla?

--Tanto la música latina como la afrocubana son sonidos del alma, salidos del corazón, con mucha profundidad y sentimiento. Me encanta el bolero ranchero, que incorporaré a mi siguiente trabajo. Yo ya me siento como un pez en el agua fusionando géneros. Además, conforme he ido haciendo esta música voy creando otros públicos, que son desde jóvenes de 15 o 20 años a personas de la edad de nuestros padres, que recuerdan esas canciones o momentos importantes de su vida. Yo creo que está muy bien.

--Hace cinco años le concedieron la nacionalidad dominicana, después de trasladarse a vivir con su familia a Punta Cana, al Caribe, en agosto del 2013. ¿Se siente más de aquí o de allí?

--Yo soy español, aunque me encanta la República Dominicana, un país que me lo ha dado todo y me siento muy feliz de tener su nacionalidad. Tengo un pedacito de ambos países.

--Además de cantar, puso voz a Buzz Lightyear en ‘Toy Story 3’.

--Ja, ja, ja, sí. Me sentí como un niño al que le dan su primer juguete o le llevan a ver una película de dibujos con sus palomitas o su piruleta. ¡Así estaba yo! «Hasta el infinito y más allá...» (canta).

--Tras esta incursión en el cine, ¿le pica el gusanillo de actuar?

--Soy cinéfilo y para mí el cine es sagrado, porque es muy difícil dedicarse a ello, pero yo no valgo para esto, eso que quede claro.