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65 Festival de Teatro de Mérida. La crítica

‘Viejo amigo Cicerón’, satisfactorio nivel de calidad

 

‘Viejo amigo Cicerón’, satisfactorio nivel de calidad -

Mario Gas es conocido como uno de los hombres de teatro que más veces ha participado en el Teatro Romano como actor y director con desigual fortuna. De sus montajes recordamos Golfus de Roma (1993), Las Troyanas (2008) y Calígula (2017) como magníficos espectáculos, de los mejores en la historia del Festival. Y, también, recordamos otros como A Electra le sienta bien el luto (2005) y Sócrates, muerte de un ciudadano (2015) que no funcionaron bien por distintos motivos teatrales que ya cuestioné en su día.

Conociendo, pues, la trayectoria de sus trabajos en Mérida, creo que con Viejo amigo Cicerón, segundo espectáculo estrenado en esta 65 edición —coproducido por el Festival y el Teatro Romea—, el conocido director hispano uruguayo parece que ha querido sacarse una espina de lo que sucedió hace 4 años con el montaje de Sócrates…, que resultó un relato dramatizado fallido del importante personaje grecolatino, ausente de hálito creador y necesitado de mayor ambición textual —en su intento de subrayar situaciones que, en las enciclopedias, se descifraban por sí solas— y de una buena mecánica teatral. En esta ocasión, el director ha asumido con Cicerón una temática afín y propuesta clara —más allá que la indigestión de ideas ‘magníficas’— en la traslación de la imagen del personaje —y del espacio— con satisfactorio nivel de calidad.

El texto de Ernesto Caballero, está muy bien estructurado sobre la figura comprometida de Marco Tulio Cicerón en la medida que ejemplifica el eterno conflicto entre la razón y el poder, la palabra y la fuerza, subrayando que no hay grandes diferencias entre el mundo antiguo y el presente. Logra una buena síntesis y pujanza dialéctica en sus diálogos y monólogos que entran por el oído, y permite unos juegos dramáticos sin desperdicios en una singular trama servida por dos jóvenes estudiantes actuales que investigan en una biblioteca al humanista romano orientados por un misterioso profesor. Juegos que fusionan ficción y realidad, entre pasado y presente, muy bien aprovechados en el montaje y dirección que dosifican las reflexiones de ideas y emociones de manera sabia para que aquello que va sucediendo con un ritmo narrativo —un tanto brechtiano— vaya abonando el terreno donde quepan todas las salidas interesantes de un contenido con enjundia, con miras a una realidad de aquí y ahora.

La puesta en escena de Mario Gas acusa en el espectáculo la austeridad del mediano formato —que ha sido concebido pensando en espacios a la italiana—, pero su escenografía —una lujosa biblioteca actual centrada que tiene como fondo el monumento romano— y los vestuarios modernos, en esta ocasión juegan bien las cartas estéticas: están hábilmente justificados desde la visión alegórica que precisa la obra para trasladar al espectador desde la época romana a la actualidad. Dentro de ella, el relato está movido y enlazado con gran arte. Optimo en la dirección de actores y ritmos de esas idas y venidas —el flashback— de las escenas en el tiempo y el espacio, resaltando los flujos de conciencia de los diálogos de la obra y los recuerdos en escenas presentes. En algunas acciones de ruptura con inspiración onírica, espléndidamente iluminadas, como las proyecciones de video donde aparecen significados y perfectamente caracterizados los emperadores —Julio César, Marco Antonio, Octavio— y los senadores —Bruto, Catilina— de la historia que se cuenta o la escena del espectro de la hija de Cicerón, otorga una belleza que podría considerarse de augusta, dentro de esa atmósfera de lo solemne, y de esas influencias sensibles que pesan sobre los destinos de los personajes que se mueven en una dimensión casi cósmica.

En la interpretación, los tres actores participantes imprimen con organicidad y excelentes voces un ritmo vivo al espectáculo jugando a desdoblarse en personajes modernos y clásicos. José María Pou (Cicerón) está soberbio. Su rol me recuerda al viejo profesor de formación cercana y humanista (Héctor) que interpretó con gran éxito en Los chicos de Historia, en 2008. Bernat Quintana, le saca mucho jugo escénico al personaje de Tirón (incondicional secretario de Cicerón encargado de recoger su testimonio) y Miranda Gas, joven talento que debuta en el Festival, aporta belleza y muy buena química dramática con todos desde el personaje de Tulia, hija de Cicerón (voz crítica de los conflictos de su padre planteados desde la razón y el amor).

El interesante espectáculo fue muy aplaudido por poco más de media entrada de publico que asistió al teatro.

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