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DESDE EL LADO DE BOCA JUNIORS

Más que un Barça-Madrid de Champions

 

Efigies de los jugadores de Boca Juniors -

Juan José Becerra
09/11/2018

Lo primero que debe saber un lector español de un Boca Vs. River es que no es un Barcelona Vs. Real Madrid, ni un Barcelona Vs. Espanyol, ni un Real Madrid Vs. Atlético de Madrid. Es una maqueta de guerra civil en la que los habitantes de un hemisferio salen a la conquista del que le falta, y en la que se toma partido por un color pleno, tentación de la que no se salvan ni siquiera los supuestos neutrales, quienes no tardarán en dejarse absorber por ese agujero negro que persigue la totalidad y, por lo tanto, la supresión de lo que se le ponga en el camino.

Inspirada en la división que desde 1810 no termina de darle forma al país, prolongando tensiones históricas y poniendo en estado de suspenso crónico su identidad, durante décadas se ha corrido la voz de que la Argentina es en sí misma un Boca Vs. River al nivel de su estructura y de muchos de sus niveles expresivos. Una prueba casi metálica por lo palpable son los reparos (infundados, ligeramente psicóticos) que una parte de la sociedad tiene con Messi. Puede haber un elemento más dotado para llamar a la unanimidad que Messi? No. Nada. Excepto en la Argentina.

El desafío sociópata permanente

Con este mapa genético se van a jugar los dos partidos de fútbol más insoportables de la historia nacional, lo que le da a las vísperas el perfil de una guerra de dos mundos cuyo género a la hora de dramatizarlo encaja naturalmente en la ópera social. La Argentina va a experimentar lo que no soporta. Pero es a este tipo de desafío sociópata al que nos hemos acostumbrado, por lo que puede decirse que, al margen de los bandos, el goce es el patrimonio común por el que la Argentina aparece paradójicamente unida en su separación.

También muy en el fondo- hay una final de dos cabezas en la que se enfrentarán dos tradiciones. La de Boca, incubada en la inmigración genovesa de fines del siglo XIX y en cierta leyenda de la austeridad y el esfuerzo (y de la derrota que se vende cara, digamos al precio del honor); y la de River, de extracción supuestamente más burguesa, aunque los tiempos han cambiado y ahora podría decirse que Boca es el equipo del presidente megamillonario Macri, tal vez lo único que mira con algo de sensibilidad entre lo poco que va quedando en pie en el país.

Cómo llegan los equipos a este choque de trenes no tiene la menor importancia, y se hace difícil hablar del futuro con conocimiento de causa. A diferencia de los anticipos que abundan sobre la conducta meteorológica del mundo, aquí no hay drones, ni satélites, ni chamanes que puedan revelar el porvenir. En cambio, sí puede observarse la realidad material que los trajo hasta lo que los malos publicistas de la televisión comienzan a llamar La batalla final. A River lo salvó el VAR en las semifinales. Boca tuvo un tránsito menos apremiante que su rival, estabilizó su mediocampo con jugadores de carácter (Nández, Pablo Pérez, Barrios) y encontró sus goles cuando los necesitó. Ah, tener sed al lado de un vaso de agua: ojalá se repita ese hermoso fenómeno de compensación.

Literatura de la memoria

Por debajo de la epidemia de ansiedad despunta una literatura de la memoria. El hincha de River machaca sobre los últimos dos cruces internacionales con Boca, en los que se impuso antes de las finales. El de Boca, recuerda que tiene el doble de copas Libertadores que su rival, a quien además tiene de hijo (en la jerga de tribuna: haber ganado más partidos de todos los que se jugaron entre sí).

Cuando el intercambio se pone denso, se revuelve la herida más profunda, se la sala y se convoca a un congreso de moscas, no dejando escapar a River de su Infierno, que en las estadísticas y en la memoria tiene una bestia negra: haber descendido de categoría en 2011 y permanecer en el submundo de la B el año que su papá (que no conoce ese tipo de deslizamientos) salió campeón de la A.