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Tribuna

Memorias de un exilio

 

ISA Hernández
28/11/2019

La vida se divide en tres momentos: pasado, presente y futuro. De ellos, el presente es brevísimo; el futuro, dudoso y el pasado, cierto» o algo así. Leyendo esta frase, creo que Séneca era un poco del Cáceres Basket sin saberlo…

Yo, sin embargo, lo supe siempre. Lo de ser del Cáceres, digo. Aunque creo que, desde que me fui al exilio, lo supe un poquito más. O un poquito mejor. Qué curiosa esa sensación, ¿no? La de tener que marcharte lejos para sentirte cerca. A lo que íbamos. Volvamos a Séneca. Lo del pasado, presente y futuro.

Hablar del pasado verdinegro es hablar, por no andarnos con eufemismos a estas alturas de la película, del año más complicado deportiva y extradeportivamente de la historia reciente del club. Y, contra todo pronóstico, no hablo de resultados (que también). De los múltiples problemas que asolaron al equipo en pocos meses -¡qué meses!- creo firmemente que el más grave de todos ellos fue la falta de identificación de la afición con el proyecto.

El Cáceres Basket se dejó por el camino, además de muchas anheladas victorias, unos sentimientos viscerales que habían alimentado a la grada en unos años en los que los éxitos deportivos brillaron por su ausencia. Se dejó por el camino la capacidad de hacer sentir. Y eso, precisamente eso, es lo que siempre nos ha hecho diferentes. Lo que ha hecho que Cáceres sea reconocida siempre como una ciudad que respira baloncesto. Y lo que hace que ahora, irremediablemente, volvamos a estar en el mapa.

«Y ahora… ¿Qué? ¿Playoff?» O campeones de LEB Oro. O una placita en la NBA, ya lo vamos viendo. O no. O quizás todo lo contrario. O nos vemos en un metafórico pabellón Pez Volador a 3 de mayo con calculadoras en mano y nervios para compartir con un regimiento. Porque el futuro, el de Séneca, el del Cáceres Basket y el mío propio, que escribo esto sin saber ni qué voy a comer hoy, es incierto.

Tan absolutamente incierto que lo que ahora parece un camino de rosas puede dejar paso a una senda de espinas. Pero, ¿sabéis qué? Que, en el fondo, nos da un poco igual, porque, venga lo que venga… ya nadie puede quitarnos lo bailao.

Nadie puede quitarnos la sensación de que volvemos a jugar en el Multisueños. De que volver al pabellón es, más que nunca, volver a casa. Las ganas de que llegue el viernes para que nuestras gargantas vuelvan a rugir todas a una. La piel de gallina. La maldita piel de gallina…

Nadie puede quitarnos el cosquilleo en los dedos de los pies y la sensación de valentía cuando los de Roberto Blanco visitan la cancha de un ‘grande’ y, por primera vez en mucho tiempo, nos atrevemos a soñar. A soñar en voz alta y sin complejos. Nadie puede quitarnos los callos en las manos con los que nos levantamos el sábado por aplaudir como si no hubiese un mañana cada vez que este equipo se desgañita luchando por un balón. Peleando por un rebote. Sudando una elástica que parece que les hace sentir orgullosos vestir.

Y eso hace que todo lo que venga después quede en un segundo e insignificante plano. Porque el presente de Séneca, el del Cáceres Basket y el tuyo que estás leyendo esto con el primer café de la mañana o en el cuarto de baño a media tarde… Es brevísimo.

Tan breve que no tenemos más opción. Ya vendrá el momento de lamentarse. Ya vendrán los nervios y las calculadoras. Los enfados. Pero hoy no. Hoy no tenemos más opción. Hoy este Cáceres Basket… hay que disfrutarlo.