+
Accede a tu cuenta

 

O accede con tus datos de Usuario El Periódico Extremadura:

Recordarme

Puedes recuperar tu contraseña o registrarte

 
 
 
   
 
 

FÚTBOL 3 EL ADIÓS DE UN SÍMBOLO

Se retira David Villa, el hijo del minero que llegó a leyenda

El goleador asturiano abandona los campos al borde los 38 años tras una carrera espectacular

 

David Villa con la selección. - EL PERIÓDICO

David Villa festeja un gol con la selección española en 2009. - EFE

MARCOS LÓPEZ
14/11/2019

Se va el Guaje. El hijo de Mel, ese minero que «doblaba las horas de trabajo» para que David pudiera jugar a fútbol, y de Dorita, esa mujer que sufría a diario por los dos. Se va ese niño de Tuilla (Asturias) convertido en una leyenda del fútbol mundial, capaz además ahora de reinventarse en proyectos empresariales (dueño de diversas academias de fútbol además de impulsar la creación de un club de Segunda División norteamericana en Queens, Nueva York). Pero todo alrededor de un balón.

Un balón que le ha ido llevando de continente en continente, a pesar de que con apenas cuatro años todo estuvo a punto de quebrarse. Entonces, un niño mayor que David cayó encima suyo. ¿Cómo fue? Estaban jugando a fútbol. El diagnóstico emitió malas noticias. Se había roto el fémur de la pierna derecha y al ser tan pequeño, como el propio Villa reveló en una emotiva carta en The Players Tribune, «los médicos no encontraron ninguna manera para curar el hueso que no me provocara un déficit de crecimiento». O sea, de mal en peor. «Tendría una pierna más corta que la otra», reveló.

LA REBELIÓN DE MEL / Pero Mel se rebeló hasta que encontró a «un médico que tenía una teoría sobre los pesos». Eso hizo que el Guaje tuviera las piernas colgadas en el hospital para que el hueso soldara bien. Cuando finalmente pudo levantarse de la cama volvió a reencontrarse con la pelota. No podía, obviamente, con el pie derecho. Lo tenía escayolado. Mel le tiraba el balón al pie izquierdo. Y así, de forma obsesiva, iba el Guaje reencontrándose con su pasión que le ha permitido viajar por todo el planeta, empeñado en que Mel, «mi padre, mi amigo», abandonara lo antes posible el peligroso oficio de descender 800 metros cada noche al fondo de la tierra.

Hubo un día en que la mina se incendió, pero él no solo logró escaparse sino que ayudó a otros mineros a esquivar tan terrible accidente. En los viajes, David escuchaba las historias de Mel, el mismo que «ponía en marcha la calefacción del coche para que estuviera caliente» en aquellas frías noches asturianas después de animarle a entrenar, por muy embarrado que estuviera el campo. Que lo estaba.

IDILIO CON EL GOL / Del Tuilla al Langreo. Y del Langreo al Sporting siguiendo los pasos de Quini y Luis Enrique, dos de sus grandes ídolos. Y del Sporting al Zaragoza. A partir de ahí, y con el gol por bandera (rápido, intuitivo, hábil, preciso en el disparo, con un seco regate que desmontaba a colosos defensivos), Villa levantó una monumental carrera que le hizo transitar por tres de los cuatro grandes clubs de España. Valencia, «la ciudad donde han nacido dos de mis hijas»; Barcelona, «es un placer haber jugado en el mejor equipo del mundo»; y Atlético, «donde conseguimos una Liga con mucho mérito». Le faltó jugar con el el Madrid, que quiso ficharlo en un par de ocasiones. Pero, al final, no se concretó la operación.

Villa ha vivido un eterno idilio con el gol. Allí donde ha ido ha dejado tantos espectaculares, que forman parte de la memoria futbolística, transformado en el máximo realizador del Mundial 2010 (logró cinco tantos) dejando una huella eterna. Aquel envenenado y lejano disparo a Chile aprovechando la extraña salida de Bravo resultó fundamental para que días después España se cosiera la primera (y única) estrella de campeona del mundo en su corazón.

Todo empezó con una jugada clásicamente villista. Pegado a la banda izquierda, arrancó para desnudar a todo Honduras con un soberbio derechazo, a la que luego también batió desde fuera del área. A Bravo, en cambio, lo superó con la izquierda, ese tesoro que construyó en aquella época en que era niño y tenía la derecha escayolada. Aquel remate parabólico parecía que estaba guiado a distancia con la intuición que siempre tuvo el hijo de Mel.

En el gol al Portugal de Cristiano se vio la conexión con Xavi e Iniesta, prólogo de una exhibición del Guaje. Tiró con la izquierda, repelió el portero luso y remató Villa con la derecha antes de aliarse con los postes para acabar con Paraguay. Es, con 59 tantos, el máximo goleador de España seguido muy a lo lejos por Raúl (44) y Torres (38).

El catálogo de goles de Villa es interminable, dueño de aquel prodigioso tiro en Wembley-2011 que dio la Champions al Barça. Ha marcado en los cinco continentes tras jugar en Europa (Sporting, Zaragoza, Valencia, Barça y Atlético), Oceanía (Melbourne City), América (New York City), África (sus tantos con La Roja) y Asia. Agota su fútbol en Japón con el Vissel de Iniesta buscando ganar la Copa Emperador y despedirse a lo grande.

A punto de cumplir 38 años (lo hará el próximo 3 de diciembre), Villa hace las maletas. Ya vuelve a casa. «Siempre me dije a mí mismo un lema y una frase: ‘Prefiero dejar al fútbol antes que el fútbol me deje a mí», contó ayer en Kobe. No sabe que el fútbol está hoy huérfano. No hay otro Villa. No existe.