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EL INICIO DE LA RONDA ESPAÑOLA

La Vuelta a España, la carrera del cambio

En el 2010 la prueba que empieza este sábado en Torrevieja (Alicante) estreno una fórmula de etapas cortas, con cuestas salvajes y poca contrarreloj que ha revolucionado el ciclismo

 

Los ciclistas del equipo polaco del CCC, el jueves, durante la presentación oficial de la edición 2019. - EFE / JAVIER LIZON

SERGI LÓPEZ-EGEA
23/08/2019

Innovar o morir. Esa era la cuestión. Se agotaba la vieja fórmula. Público y estrellas daban la espalda a una carrera llamada Vuelta a España -empieza este sábado en Torrevieja (Alicante)-, que transitaba sin espíritu como si fuera un río contaminado que iba a desembocar al mar para desaparecer de la faz deportiva. Eran también los últimos años del azote del dopaje, de los continuos cambios en las clasificaciones generales, de las sospechas, de las proezas insultantes. El Tour no se resentía todavía. Pero había preocupación en los despachos de París. Por dos razones. Por el viejo dicho de que cuando las barbas de tu vecino veas afeitar pon las tuyas a remojar y porque acababan de comprar la ronda española.

Había que hacer algo. Y en el 2010, justo al inicio de esta década, la Vuelta estrenó su fórmula mágica, la que no solo ha vuelto a situar a la carrera en el mapa mundial, sino que ha revolucionado el ciclismo: etapas cortas, cuestas salvajes, poca contrarreloj. Un estilo 'made in Vuelta' que todos, incluido el Tour, ya aplican a sus carreras. "No hay ningún espectáculo deportivo que se amplíe más allá de la hora y media de competición. No podíamos seguir apostando por etapas de ocho horas de duración en las que no pasaba nada hasta el final. Nos empezamos a dar cuenta en el 2009 y en el 2010 comenzamos con el cambio, inspirados sobre todo en la televisión que busca concentran la atención en espacios cortos, reducidos pero a la vez intensos, como son esas cuestas finales, seis o siete minutos para afrontar poco más de un kilómetro, que animan las etapas llanas sin convertirlas en jornadas de montaña y que captan la atención de los medios que hablan más de nosotros y que mantienen la atención muchos meses antes de que empiece la prueba", explica en Alicante Javier Guillén, director de la Vuelta.

Había que inventar. "Y no solo en el recorrido -prosigue Guillén- sino en los lugares por los que íbamos a transitar. Había no solo que buscar nuevos paisajes sino escenarios a los que hasta entonces nunca nadie había pensado ir en bicicleta". En Galicia salió una contrarreloj por equipos desde una batea, adonde los corredores llegaban en barca. En Sevilla se inició la carrera en modo nocturno y hasta en Cádiz partió una etapa desde el interior de un portaviones de la Armada. Este sábado los ciclistas inaugurarán la edición 2019 desde unas salinas, las famosas salinas rosas de Torrevieja.

LA LUCHA CONTRA EL DOPAJE

"La lucha contra el dopaje nos obligaba a cambiar el modelo. La épica siempre ha acompañado a este deporte, porque todo el mundo se ha subido alguna vez a una bicicleta y es consciente de la dificultad de pedalear en una cuesta. Sin embargo, el dopaje se estaba cargando a la esencia del ciclismo. Si te dopabas podías con todo. Pero eran gestas artificiales. Por eso, había que reducir las horas de competición y porque no podíamos mantener 21 días de carrera azotando diariamente a los participantes", cuenta Guillén.

Comenzaron a diseñarse etapas con menos de cien kilómetros y llegadas con rampas propias de garaje, con porcentajes por encima del 20 por ciento. Y el público se situó en esas cuestas. Las imágenes llegaron a París y el Tour también comenzó la búsqueda de subidas parecidas y a apostar por etapas incluso más cortas que las que había pensado la Vuelta. Así, el año pasado se creó una etapa en los Pirineos con apenas 65 kilómetros y con los ciclistas, tal cual fueran pilotos de MotoGP, partiendo cuando el semáforo rojo cambiaba al verde. "Pudo gustar -explica Guillén- pero el Tour quiso innovar con esa idea".

OCHO FINALES EN ALTO

Así que este sábado se estrena una Vuelta que tendrá hasta ocho finales en alto y cuestas locas, con una sola etapa por encima de los 200 kilómetros, con una jornada en Andorra de solo 94 y tal como hizo el Tour una única contrarreloj, una compensación a los especialistas para que puedan recuperar tiempo ante el fastidio que les supone tanta acumulación de subida.

En el 2010 comenzó todo, la revuelta ciclista, justo cuando la prueba cambió el jersey amarillo de líder tan asociado al Tour por el rojo en alusión a la marca España.