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Editorial

Dos años después de la tragedia

 

Dos años después de los atentados yihadistas de Barcelona y Cambrils, ayer sábado se recordaba a las víctimas de esa barbarie. Ayer era un día para manifestar el duelo y recordar a las víctimas. Aunque sea también un momento en que tiene sentido para hacer balance de lo sucedido en el verano del 2017. Con el juicio en el que se determinarán hechos probados y responsabilidades aún pendiente, la investigación de los cuerpos policiales ha podido esclarecer gran parte de los hechos que rodean la preparación de los atentados frustrados por la explosión de la casa de Alcanar, la radicalización de sus autores y la masacre que la célula de Ripoll ejecutó como alternativa. Sin embargo, aún hay aspectos en a los que no se ha podido encontrar respuesta. ¿Dependía el imán Es Satty de un mando superior vinculado al Estado Islámico y su célula estaba vinculada a otro comando en Francia? ¿Qué pensaba hacer tras cometer los atentados? ¿Cuáles eran sus blancos iniciales?

Cada atentado ejecutado puede ser entendido como un fracaso de las actuaciones de prevención y alerta que debían evitarlo, sin que plantearlo implique desviar el foco de las responsabilidades de sus autores y el respeto al dolor de las víctimas. Cada conversión de un joven en un terrorista fanático es también un fracaso al que se debe reaccionar como ha hecho la ciudad de Ripoll, trabajando por la integración y la convivencia. Nada tiene eso que ver con la irresponsabilidad de instrumentalizar políticamente lo sucedido, o aún menos especulaciones sobre ello que buscan tensionar aún más la sociedad catalana.

La mejor respuesta a los terroristas, y el mejor homenaje que se puede hacer a las personas que perdieron su vida hace dos veranos en Barcelona y Cambrils y a quienes hicieron todo lo posible para evitar que la tragedia fuese mayor y capturar a los responsables, es hacer que la semilla del odio que quisieron sembrar no arraigue. No convertir una fecha de recuerdo y duelo en un intercambio de medias verdades o falsedades completas. Plantar cara al discurso racista que se expresa de forma cada vez más desacomplejada y con resultados electorales afortunadamente minoritarios pero desgraciadamente apreciables, y al de la intolerancia fanática que llevó a unos jóvenes a cometer aquellos crímenes. Y revisar y mejorar los mecanismos de cooperación policial que eviten una nueva tragedia. Y sobre todo, rememorar a las víctimas y no faltarles al respeto utilizándolos como instrumento.