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EDITORIAL

La excluyente España de Vox

 

La única incógnita de la moción de censura presentada por Vox contra Pedro Sánchez no se resolverá hasta la segunda y última sesión: el voto del PP, que ha sido ocultado de un modo casi infantil por todos los dirigentes populares hasta el punto de que ni los diputados de su grupo sabían este miércoles qué votarían al final. Este es un dato más que se suma a la inoportunidad e inutilidad de esta iniciativa parlamentaria presentada sin ninguna posibilidad de éxito y dirigida más bien a comprometer al PP que a derribar al Gobierno.

Los españoles tuvieron, de todas formas, la oportunidad de conocer durante horas a la extrema derecha en su más pura expresión. Santiago Abascal solo propuso tres medidas a cual más inalcanzable: supresión del Estado de las autonomías, ilegalización de los partidos independentistas y expulsión inmediata de todos los inmigrantes llegados de forma ilegal a España. En su discurso, lleno de falsedades y exageraciones, no faltó ninguno de los tópicos de la extrema derecha española, europea y mundial. Habló de «Gobierno ilegítimo y criminal», de «Gobierno socialcomunista», de «narcosocialismo» y «mafia narcocomunista», de «la oligarquía de la Unión Europea», del «consenso progre» en referencia al cambio climático, de los «disparates de género», del «feminismo supremacista», de las «autonomías ruinosas y delicuenciales», del «virus chino», como hace Donald Trump. Hasta sacó a pasear al inevitable George Soros, un auténtico diablo para todos los movimientos ultraderechistas y conspiranoicos, y reincidió en la proclamación -que lo retrata como netamente neofranquista y nostálgico de la España más excluyente- de que incluso los gobiernos de la más sangrienta posguerra fueron preferibles al actual.

Ante la sarta de barbaridades de Vox, mientras la gente está angustiada por la cada vez más grave extensión de la pandemia, cabían dos actitudes: el desprecio, que es la que utilizó el PNV, con una intervención brevísima y renunciando a la réplica, o la confrontación dialéctica, que fue la elegida por Pedro Sánchez, Gabriel Rufián o Inés Arrimadas, esta última con una intervención condescendiente y con coincidencias en el diagnóstico hasta el punto de que Abascal le agradeció el tono. Sánchez se enfrentó en un cuerpo a cuerpo con Abascal y utilizó la réplica para instar a Casado a votar contra la moción reprochándole su acercamiento y sus pactos con la ultraderecha, que abrieron temerariamente las puertas a una ultraderecha que ahora tiene como primer objetivo desbancar al PP. La respuesta la tendremos en la segunda sesión.