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ERRORES IMPERIALES EN IRAK

 

ERRORES IMPERIALES EN IRAK -

MATEO MADRIDEJOSMATEO MADRIDEJOS 30/07/2003

Periodista e historiador

Desde que el Consejo de Seguridad de la ONU ratificó el protectorado norteamericano sobre Irak, el 22 de mayo, mediante una resolución respaldada por los países que más se habían opuesto a la guerra (Francia, Alemania y Rusia), los representantes de Europa y EEUU en diversos foros internacionales se han encontrado en el camino de la reconciliación, como si la gran fractura transatlántica y las divergencias dentro de la UE pudieran borrarse del horizonte de las relaciones internacionales.

La mayor discrepancia persiste en torno a la ONU, considerada por los europeos como "el marco fundamental de las relaciones internacionales", base de la actuación coordinada, pero que los neoconservadores norteamericanos, dominantes ideológicamente, desearían ver relegada a las cuestiones humanitarias, como acontece en Irak. Consejeros de Bush propugnan la reforma de la OTAN para convertirla en el brazo armado de la nueva estructura global del poder. Los estrategas creen que la UE puede servir de apoyo, encargada de tareas complementarias, en razón de los valores comunes, pero que su incapacidad estructural en cuestiones de seguridad resulta clamorosa cuando no ridícula.

Los fallos reconocidos en la estrategia posbélica, el escándalo del cúmulo de falsedades que precedieron a la intervención militar, así en EEUU como en Gran Bretaña, y el creciente número de bajas no han corregido la arrogancia de la Administración de Bush ni su pretensión de asociar a otros países, siempre en posición subordinada, a la ingrata tarea de actuar como policías de la ocupación y compartir la carga financiera con vagas promesas sobre los negocios de la reconstrucción.

Ante las dificultades sobre el terreno, se abre paso en Washington la idea de una nueva estrategia militar y diplomática que entrañaría más compromiso de la ONU y una aceleración de los planes para devolver la autonomía a los iraquís. Pero la pretensión francesa de una nueva resolución del Consejo de Seguridad tropieza en Washington con una feroz oposición por parte de la escuela de pensamiento que propugna la subordinación de Europa. Lo que existe es una gran desigualdad, un desequilibrio insalvable. El mundo de la diplomacia de París o del pacifismo alemán es una quimera, no una estrategia.

Las perspectivas inmediatas de restablecer el consenso sin que entrañe la mera rendición de la vieja Europa son escasas, como se infiere del ostracismo a que se ha visto sometida la diplomacia europea en esta fase del conflicto israelo-palestino, según los dictados del primer ministro israelí, Ariel Sharon, que no desea intermediarios que le recriminen su proclividad a la sangre y el fuego. Washington puede hacer algunas concesiones menores, pero un viraje estratégico sería humillante y resulta impensable ahora.

El escenario posterior a la guerra establecido por los estrategas del Pentágono está hundido en el ridículo. La crisis de la seguridad condujo al caos y produjo una cascada de otras crisis. El vacío de poder no pudo superarse con un Consejo de Gobierno iraquí que no parece otra cosa que la fachada de un indefinido proyecto neocolonial. Entre la desesperación, la miseria y la incertidumbre, los iraquís padecen la improvisación de la superpotencia única que no tiene rival militar, pero que se muestra incapaz de extender por el mundo la democracia y prosperidad que alimentan su mitología nacional.

Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, las inclinaciones imperiales estadounidenses, ritualmente alentadas por la máscara del patriotismo, plantean una revisión del sistema onusiano y de los procedimientos para resolver los conflictos. La Administración de Bush está "ebria de poder", según la expresión del profesor Stanley Hoffman, en un reciente y luminoso artículo titulado Estados Unidos recula. Esa regresión nos amenaza a todos con volver al nefasto orden internacional anterior a la Primera Guerra, cuando el único límite para el uso de la fuerza radicaba en la forma de su utilización por cada Estado, no en la legitimidad de sus objetivos.

Empezamos a vivir las consecuencias de la primera guerra preventiva norteamericana. El derecho de injerencia por razones humanitarias y democráticas, codificado por la ONU durante el último decenio, puede ser utilizado a discreción por la superpotencia única en nombre de la lucha global contra el terrorismo. Tanto la ONU como la OTAN y la Unión Europea se encuentran ante el dilema de someterse o sucumbir. La violenta posguerra en Irak constituye una incitación a la prudencia, un alegato contra la arrogancia y una demostración inequívoca de que la fuerza sirve para derribar la tiranía, pero no basta para edificar un régimen decente.