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el análisis de la semana

Caen Barcelona y su burguesía

 

Trazado 8 Visión aérea de la cuadratura de los bloques de pisos del Eixample derecho de Barcelona. - JORDI COTRINA

Jacint Jordana, catedrático de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Pompeu Fabra, ha escrito un libro sesgado pero interesante titulado Barcelona, Madrid y el Estado, con un breve texto en la portada que ilustra muy bien su contenido: «Ciudades globales y el pulso por la independencia en Catalunya» (Catarata). El ensayo, groso modo, mantiene la tesis de que el origen del proceso soberanista se localiza en la «escalada de tensión» entre la capital de España y Barcelona por la atracción de recursos vinculados al crecimiento y «al poder económico». En esa pelea, Jordana no se muestra demasiado optimista con las posibilidades de la ciudad condal y viene a reconocer que Madrid –también por el efecto de la capitalidad– está superando a Barcelona. Josep María Martí Font, en su libro Barcelona-Madrid. Decadencia y auge (ED Libros), llega a la conclusión de que «en todos los sectores de peso estratégico Barcelona prácticamente ha desaparecido».

Los observatorios económico-financieros, como la Cámara de Comercio de Barcelona, comienzan a percibir con claridad que la comunidad autónoma en general, pero muy en particular su capital, están perdiendo «vis» atractiva para la inversión extranjera, que, sin embargo, en una proporción inédita, acude a Madrid. Los economistas son cautos a la hora de establecer de forma inmediata una relación de causalidad entre el proceso soberanista y el deterioro económico de Cataluña y la caída de Barcelona en los ránkings de excelencia. Pero apuntan a una hipótesis verosímil: cuando el riesgo de secesión es distinto a cero –y en este momento el riego no es nulo– la inversión se retrae, incluso de forma acrítica. Y es lo que está ocurriendo.

En este contexto de decaimiento de la capital de Cataluña –tres sectores lo notan: el consumo, el turismo y el mercado inmobiliario– se están produciendo dos fenómenos agravantes.

De una parte, la volatilización de la burguesía barcelonesa, que era su «poder blando», representaba su capacidad de iniciativa y consagraba el vanguardismo de la urbe. El proceso soberanista ha liquidado la expresión política de esa élite (que nunca comulgó con el secesionismo, aunque participó del memorial de agravios del nacionalismo) que fue CiU y que no tiene reemplazo. Martí Font lo expresa con precisión: «La famosa sociedad civil barcelonesa ya no existe y los movimientos reivindicativos que florecieron a caballo del cambio de milenio han sido fagocitados por el independentismo».

El otro fenómeno agravante para este lento descenso del carácter estratégico de Barcelona tiene que ver con una proyección –interna e internacional– francamente excéntrica en la Europa de hoy en día. Las listas electorales de los partidos independentistas para las próximas generales, encabezadas por políticos y líderes sociales procesados por graves delitos, redundan en la impresión de que el riesgo secesionista es distinto a cero y, por lo tanto, la retracción económica se prolonga y evita, además, que, a corto y medio plazo, las empresas que mudaron su sede de Catalunya se planteen regresar.

No estaríamos todavía, según los expertos, ante el efecto Quebec –la pérdida de la hegemonía económico-empresarial de Montreal a favor de Toronto–, aunque pronto podría comenzar a producirse. si la excepcionalidad política y social que vive Cataluña continúa, en Barcelona deberían releerse –para sacar conclusiones constructivas– los artículos de Pasqual Maragall (Madrid se va, del 27 de febrero del 2001, y Madrid se ha ido, del 7 de julio del 2003, ambos publicados en el diario El País). Y atender a algunas advertencias como las de Félix de Azúa, que el 14 de mayo de 1982 escribió un texto premonitorio: «Barcelona es el Titanic». El escritor barcelonés afirmaba que «ya todo pasa por Madrid» y que «Barcelona está yéndose a pique».

Emotividad identitaria aguda

Hace unas semanas tuve la oportunidad de asistir a una tertulia con el historiador hispanista John Elliott, discípulo de Jaume Vicens Vives y autor de obras imprescindibles en el relato del pasado de Cataluña. Le pregunté, justamente, por el decaimiento de Barcelona y si ese fenómeno haría recapacitar al independentismo. Con la lucidez de sus 89 años magníficamente llevados, el profesor Elliott me respondió que en estas fases agudas de emotividad identitaria, con la fuerte tensión secesionista que se registra, los argumentos materiales no son disuasorios ni convincentes para alterar conductas políticas tan resueltas como las que muestran algunos sectores del independentismo.

La clave más importante para frenar lo que Martí Font denomina «la pesadumbre del país» será la recuperación de Barcelona para la contemporaneidad que siempre la distinguió. Elsa Artadi declaró el pasado día 17 que «es tan importante una Barcelona independentista como echar a [Ada] Colau».

Con el separatismo en el poder municipal al que la alcaldesa se muestra tan próxima –y con sus componentes regresivos–, Barcelona caerá más y a mayor ritmo que en la actualidad. De hecho, para el separatismo es más importante dominar el consistorio barcelonés que un diputado más o menos en el Congreso.

El pujolismo, que es la fase histórica del «protoindependentismo», siempre desconfió de Barcelona y quiso mermarla. Será, pues, cierto lo que sostiene Martí Font: el nacionalismo deseó una ciudad-bonsai. Barcelona está cayendo, Madrid vive en la efervescencia y desde Cataluña se persiste en el autoengaño. En un momento de lucidez, el fallecido Xabier Arzalluz se preguntó: «¿Para qué queremos la independencia?, ¿para plantar berzas?».

Eran, entonces y ahora, preguntas retóricas y con metáfora rural, pero también muy pertinentes.