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La ‘hibris’ de Albert Rivera

 

Albert Rivera y otros dirigentes de Ciudadanos, el pasado viernes, antes de la reunión del consejo general del partido, en Madrid. - EFE / JUAN CARLOS HIDALGO

Se están escribiendo afirmaciones y juicios muy fuertes sobre Albert Rivera. Interesan las indagaciones de su rol político y el de su partido en este momento de la política española, pero no las especulaciones que sobrepasan perímetros que favorecen la crítica malsana y nada aportan al análisis de sus comportamientos en tanto que líder del tercer partido parlamentario. Y en esa condición ha habido dos opiniones –muy distantes y distintas entre sí– que acaso describan la extraña trayectoria del presidente de Ciudadanos.

Por una parte, Francesc de Carreras le ha calificado con una hiriente expresión, la de «adolescente caprichoso», porque ha alterado la funcionalidad con la que nació el partido en el 2005, persiguiendo ahora un objetivo que nada tiene que ver con el que alumbró su fundación. Pretender liderar la derecha, sobrepasando al PP, no solo es un propósito poco verosímil sino que, además, carece de coherencia con la trazabilidad ideológica de Cs, que se proclamó en su momento socialdemócrata y liberal, dejando caer la primera definición pero manteniendo la segunda.

La expresión del catedrático catalán es muy dura, pero ha sintonizado con el dial mayoritario de los círculos de poder que atribuyen el giro de Rivera a una escasa consistencia ideológica, y más inspirado por una ambición personal que por una estrategia de fondo. Círculos de los que el catalán se ha declarado autónomo.

Por otra parte, y pasando más desapercibida, la opinión (en El País del 25 de junio) de Olivia Muñoz Rojas se adentra en lo que denomina «incipiente paralelismo». Lo sería entre Viktor Orban –máximo dirigente húngaro que transitó de un conservadurismo moderado a un claro iliberalismo– y Rivera. Una comparación que la socióloga considera podría estimarse como «arriesgada» e incluso «exagerada».

Que a mi modesto juicio, esa opinión padezca de las debilidades que su autora se teme, no obsta a su utilidad: constata la magnitud de la tormenta mediática que está descargando sobre el político catalán y bajo la que él resiste con un estoicismo peculiar. Y a la que responde anunciando en el consejo general, aunque de forma velada, con una purga de dirigentes críticos que podría producirse en las próximas semanas.

El debate sobre Cs no es una concertación de oscuras voluntades para deteriorarlo. En cambio, lo que está ocurriendo responde a su giro brusco (respuesta condicionada por la demoscopia) a acaecimientos imprevistos como la moción de censura (junio del 2018) que destituyó a Mariano Rajoy y la irrupción de Vox en las andaluzas (diciembre del 2018), gracias a cuya representación –luego repetida en muchos municipios y comunidades– PP y Cs han conformado un bloque en circuito cerrado.

En el entendimiento de los estrategas del partido naranja abrir una vía de entendimiento condicionado con Pedro Sánchez sería incompatible con el propósito de alcanzar la jefatura de la derecha española, cuando los populares se encuentran en su peor momento, aunque en fase de recomposición.

La renuncia de Toni Roldán, la disidencia de Francisco Igea, el distanciamiento de Luis Garicano y el silencio de algunos (más de los que parecen) en la ejecutiva de Cs son síntomas de que el diagnóstico del líder está poco trabajado y expresa un entendimiento caudillista de su jerarquía que remite al funcionamiento de los partidos que los naranjas aspiraban a sustituir. Todo este repliegue de Cs y de Rivera no tendría la actual dimensión si no fuera porque cabría la posibilidad de que sus 57 escaños se sumasen a los 123 del PSOE para conformar una mayoría de investidura de 180 que fuese el carril de centroizquierda por el que discurriese la política en España en los próximos años. Una entente compatible con la versatilidad pactista de Cs con el PP en distintas plazas.

Quietismo peligroso

Puede aducirse que Sánchez está incurriendo en una estrategia temeraria al comportarse como un marianista. Sería una reflexión válida, pero insuficiente porque Cs puede obligarle a salir de ese quietismo tan peligroso ofertándole un pacto limitado en los términos que han explicado Garicano e Igea. La negativa de Rivera es la que no se descifra en el Madrid político al que desafió el viernes, y causa alguna perplejidad en ciertas periferias decisivas como la vasca, a la que Cs no gusta en absoluto, pero que rechaza una coalición entre el PSOE y Pablo Iglesias.

Rivera, en definitiva, está poseído por la hibris –término griego que sirve para explicar una peculiar patología de los que ostentan el poder–, aunque sin desarrollar el síndrome completo, y que cualificados expertos consideran (como David Owen) como una desmesura, una cierta pérdida del sentido de la realidad, como un desarreglo, algunos de cuyos síntomas parecen presentar el personaje: «un duradero período de conducta diferente del habitual», «creencia poco realista en capacidades y poderes de uno» y una «negativa a que pasa algo». Además, la hibris se detectaría cuando hay una «excesiva confianza en el juicio propio y desprecio del consejo y la crítica ajenos».

Aunque sus más antiguos rivales sostengan que el Rivera de hoy es el de siempre, no es así. Porque si lo fuera, este debate sería artificial, y es real, precisamente porque el líder de Cs y su partido suscitaban unas expectativas distintas: la de rescatar al sistema de un funcionamiento abusivamente arbitrado por los nacionalismos y la de regenerar el modelo de poder. Una esperanza que la hibris de Rivera ha cortocircuitado por ahora y que, quizá, colisione con la temeridad de Sánchez, dispuesto a una investidura fallida que la renuncia de Josep Borrell al escaño en Bruselas hace verosímil.

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