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EL MINISTERIO DE EDUCACIÓN APROBÓ EN 1973 INSTALAR UN CAMPUS EN BADAJOZ Y OTRO EN CÁCERES

Los ‘chavales’ que agitaron el desembarco de la UEx

En 1972, una marcha entre Guadalupe y Madrid (abortada por la Guardia Civil) pretendía reivindicar que se implantara la universidad en la región. Los protagonistas están reconstruyendo ese episodio y la revuelta social que acompañó a la instalación de la enseñanza superior

 

En 2019: Carlos Luis Becerro, Roque Alonso, Joaquín de la Llera, Justo Vila, Lorenzo Blanco, Jesús de Llera y Cecilio Calle, en el rectorado de Badajoz. - SANTI GARCÍA

En 1972: Cecilio Calle (escalón superior), Roque Alonso, Jesús Sánchez Mera y Carlos Becerra, en Guadalupe. - SANTI GARCÍA

Rocio Cantero
10/03/2019

«No sé si nuestra protesta fue decisiva. Pero creo que al menos fue un granito más que contribuyó a que se creara la universidad, aunque fuera con la división ilógica que situó en Badajoz las carreras ‘de ciencias’ y en Cáceres las ‘de letras’». Lo dice Lorenzo Blanco, catedrático de Didáctica de las Matemáticas de la UEx (ya jubilado) y uno de los 17 jóvenes que en 1972 promovieron una marcha entre Guadalupe y Madrid para reivindicar que se desatascara el proyecto para crear la Universidad de Extremadura, que era la única contemplada en el III Plan de Desarrollo de Franco que no se había puesto en marcha. Fue un 8 de septiembre, Día de Extremadura, y la marcha apenas duró unas horas en las que cubrieron poco más de 15 kilómetros, antes de que la Guardia Civil abortara la protesta y se los llevara a todos detenidos. «La verdad es que no tuvimos tiempo de cansarnos», bromean ahora los protagonistas, que se han vuelto a reunir casi medio siglo después con la intención de reconstruir una anécdota ubicada en el núcleo de la movilización estudiantil y social que precedió a la creación de la UEx, principalmente entre noviembre de 1971 y marzo de 1973. La Universidad de Extremadura nació oficialmente el 18 de mayo de 1973, cuando se publicó en el BOE el decreto de su constitución.

«No recuerdo muy bien cómo surgió la idea de la movilización, pero sí que siempre nuestro espíritu fue pacifista», dice Blanco, que está recopilando toda la información sobre esa protesta, aunque el paso del tiempo ha abierto lagunas que tratan de cerrar con el relato de todos los protagonistas, entonces un grupo de jóvenes de entre 17 y 19 años que apenas tuvieron de nuevo contacto tras aquella aventura. No eran amigos, pero compartían la inquietud por acabar con «la injusticia» de que no hubiera universidad en la región.

Pasquín: La convocatoria.

Con ese objetivo comenzaron a reunirse en La Económica y en la Asociación de Amigos del País, y cierto es que en el ánimo de la mayoría estaba la reivindicación de la universidad para Badajoz, de ahí que la idea inicial fuera marchar de Badajoz a la capital. Sin embargo, desde la Asociación de Amigos de la Universidad (fundada en 1967 y dirigida entonces por Juan Salinero y José María Montes), les plantearon que fijaran la salida de la marcha en Guadalupe, haciéndola coincidir con el Día de Extremadura.

«Nos decían que íbamos a tener más repercursión así, pero siempre he pensado que, en el fondo, se intentó que no fuera una movilización masiva, porque aunque apoyaran la creación de la universidad, ahí había personas vinculadas al régimen de Franco», recuerda el periodista Roque Alonso Lozano, que también participó en la marcha. El cambio generó debate inicialmente y a finales de agosto aún se barajaba la opción de salir desde Badajoz. De hecho repartieron por toda la ciudad pasquines llamando a sumarse a la movilización, aunque al final los estudiantes aceptaron la propuesta y fijaron en Guadalupe el inicio de la marcha a pie hasta Madrid.

15 de 252 kilómetros

Pertrechados de mochilas, algunas tiendas de campaña, bocadillos y poco más llegaron a Guadalupe en autobús el día 8 de septiembre. «No llevábamos más que algo de dinero en los bolsillos y entusiasmo», recuerdan. También algunas pancartas con la reivindicación «Universidad para Extremadura», y otras que improvisaron después en Guadalupe. Allí, al grupo que se había desplazado desde Badajoz (Antonio Cosme Covarsí, Guillermo Alonso León, Manolo Soriano Navarro, Rafa Rubio Gómez-Caminero, Roque Alonso Lozano, Lorenzo J, Blanco Nieto, Jesús Sánchez Mera, Alberto González Mateo, Carlos Becerro Garito, Cecilio Calle Cabrera, Jesús de Llera Grajera y José Joaquín de Llera Grajera) se sumaron otras cinco personas, tres de ellas de Acedera (Pedro Escobar, el que fuera dirigente de IU en Extremadura, y sus hermanos Francisco Escobar y Esteban Escobar), otra de Helechal (Justo Vila Izquierdo) y otra más de Mérida, que tratan de localizar para poder completar el relato de su intento de marchar hasta Madrid.

Al final no fue una marcha masiva («si hubiéramos salido de Badajoz, seguro que se hubiera sumado mucha más gente», insisten), aunque sí se hicieron notar desplegando las pancartas cuando las autoridades abandonaban el monasterio de Guadalupe tras la misa por el Día de Extremadura («la gente se apartó de nuestro lado, se hizo un cordón. En el año 1972 no muchos se atrevían aún a sacar el pie del tiesto», rememoran de la jornada). Hubo incluso una conversación con el gobernador Civil de Cáceres, Valentín Gutiérrez Durán, y pasaron el resto de la jornada en Guadalupe, para iniciar la marcha por la tarde.

La idea era cubrir en nueve días los 252 kilómetros entre Guadalupe y Madrid, en etapas de entre 9 y 33 kilómetros, pasando por Navalvillar de Ibor, Bohonal, Navalmoral de la Mata, Oropesa, Talavera de la Reina, Santa Olalla, Santa Cruz de Retamar, Navalcarnero y Madrid, donde llegarían hasta la sede del Ministerio de Educación, con la idea de llevar la protesta hasta el mismo ministro, José Luis Villar Palasí. Salieron de Guadalupe a media tarde y pasaron la primera noche en tiendas de campaña en las inmediaciones del pueblo, a unos cuatro kilómetros. Desde allí reanudaron la marcha por la mañana. Pero no recorrieron más de 10 kilómetros y antes de llegar a Navalvillar de Ibor ya les había detenido la Guardia Civil.

«Íbamos por la carretera, pero vimos que podíamos atajar si atravesábamos una zona de monte», recuerda Blanco. Y mientras caminaban por esa trocha, campo a través, vieron pasar varios coches de la Guardia Civil («sabíamos que venían a por nosotros, porque incluso días antes de la marcha ya habían ido a preguntarnos en nuestras casas por lo que íbamos a hacer y algunos también estábamos fichados por pertenecer a movimientos cristianos que se consideraban de izquierdas. En la puerta de mi casa un policía me dijo que como siguiéramos con la marcha, al final se iba a enfadar Franco», evoca Cecilio Calle). Así que al ver pasar los coches, pensaron que atajando habían burlado a la Guardia Civil. Pero al no encontrarles, los agentes dieron media vuelta y acabaron interceptándoles cuando salían de nuevo a la carretera. Al mediodía del 9 de septiembre ya estaban detenidos.

«Uno de los guardias civiles nos dijo que entendía lo que estábamos haciendo, porque él mismo tenía un hijo en edad universitaria y no podría ir porque no podía pagarle los estudios fuera», dice Blanco. Pero a renglón seguido les soltó una frase que tienen grabada: «el que manda, manda, y cartuchos al cañón». Y así se los llevaron a todos detenidos, primero a una nave en Navalvillar de Ibor, donde estuvieron unas horas; y después al cuartel de Miajadas, donde tampoco permanecieron mucho tiempo porque dos curas del pueblo («Agustín Gómez y Enrique Cornejo, dos curas obreros», matizan), se comprometieron a hacerse cargo de ellos y los llevaron a la casa de la iglesia para que pasaran la noche.

La reivindicación tuvo después sus ecos en la prensa nacional (se publicaron artículos en los diarios Informaciones, Las Provincias, y ABC incluso les dedicó un editorial) y fue seguida de otras manifestaciones tanto en Cáceres como en Badajoz. Meses después, cuando algunos iniciaron sus estudios fuera de la región, mantuvieron igualmente la protesta en foros universitarios. «Recuerdo una asamblea de estudiantes en Madrid en la que levanté la mano para intervenir y reivindiqué la universidad en Extremadura. Al principio me miraron extrañados, pero después recibí un aplauso de los 200 universitarios que estaban allí reunidos», cuenta Roque Alonso.

Pero el atrevimiento también tuvo consecuencias; por ejemplo, en el certificado de buena conducta que necesitaban para que se les autorizara una prórroga del servicio militar obligatorio mientras estudiaban. «Cuando fui a pedirlo, me lo negaron, y de forma poco sutil me recomendaron que mejor me fuera de allí», revive Alonso.

Protestas de 1971 a 1973

«Supongo que nuestra marcha fue al menos un granito más dentro de ese sentir generalizado de reivindicación, incluso por parte del régimen en Cáceres y Badajoz», añade Alonso sobre las movilizaciones que se llevaron a cabo desde finales de 1971 y principios de 1973 en toda la región, por la universidad.

«Cierto es que aún no había una conciencia regional clara y eso fue un problema», recuerdan los entonces estudiantes. De hecho, los periódicos de la época recogen que, al menos una parte de los problemas para crear la universidad radicaron en dónde se ubicarían los distintos centros y el rectorado ante la disputa que mantenían las dos provincias y sus capitales por atraer la enseñanza superior a su territorio. El punto de encuentro solo llegó después de que el ministro de Educación, José Luis Villar Palasí «encomendara» a las autoridades de las dos provincias formular una propuesta de consenso que se tradujo en dos campus, uno en Cáceres y otro en Badajoz.

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