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Entrevista con el CATEDRÁTICO DE HISTORIA CONTEMPORÁNEA

Enrique Moradiellos: "Creer que nuestra historia es única y privativa de España es un error"

 

Enrique Moradiello, en su despacho de la Facultad de Filosofía y Letras en Cáceres. - FRANCIS VILLEGAS

JOSE LUIS GUERRA
27/10/2013

Es uno de los mayores expertos en la república y en la guerra civil española, temas sobre los cuales tiene publicados varios libros. Y no solo conoce estos temas en profundidad, sino que cuando charlas con él compruebas que disfruta enseñándolos. Enrique Moradiellos García (Oviedo, 1961) es catedrático de Historia Contemporánea en la Uex. Tiene también escrita una monumental biografía sobre Negrín, el último presidente de gobierno de la II República.

 

--Acaba de ofrecer la conferencia inaugural del curso de la Universidad de los Mayores. ¿Qué desconocen estas personas que mayoritariamente vivieron en la época franquista?

--No es que la desconozcan, pero el hecho de haber vivido un periodo no significa que se tenga más capacidad de conocimiento sobre ello. Hubo mucha gente en Extremadura que vivió la guerra civil y que a lo mejor estaba en el frente de Castuera. Pero qué sabía del comité de no intervención; de por qué la Unión Soviética decidió ayudar a la República a partir de octubre; o por qué Alemania el 25 de julio decidió ayudar a Franco. Para eso se necesita distancia posterior y acceso a la documentación que permite tratar de reactualizar los procesos de tomas de decisiones que llevaron a una intervención alemana o una intervención soviética en la guerra. Por tanto, ser testigo es a veces una ventaja y a veces una enorme desventaja, porque solo ves las cosas desde tu punto de mira.

 

--Leyendo su currículum y viendo las obras que ha escrito, ¿por qué sigue un asturiano como usted en la Uex?

--La vida a veces te lleva por donde tú no esperas, pero tampoco te niegas. A mí me trajo a Cáceres una serie de circunstancias y finalmente decidí que era un buen sitio para vivir. A mi mujer y a mi hija les gusta la ciudad y llevamos ocho años viviendo aquí. Cáceres me parece un sitio cómodo como padre, e intelectualmente, no está mal. Tengo una facultad y un departamento que comparativamente con otros que he conocido (y he trabajado en cuatro universidades) mantiene unos parámetros de calidad muy altos. Cáceres es un privilegio para un historiador. Es bellísima la ciudad y en general la comunidad es un sitio agradable para estar. El extremeño, para los que venimos de fuera, por ejemplo no tiene nada de xenófobo. Es una sociedad acogedora, de un tamaño medio que cada vez me gusta más. Cáceres tiene calidad de vida.

 

--¿Cómo logra un historiador narrar lo que aconteció sin ser criticado? Más aún. ¿Se puede ser independiente o siempre se toma partido por algo o por alguien?

--Ser historiador no quiere decir adoptar el punto de vista de la dignidad por encima de la contienda y sin ningún tipo de afectación de pasiones. Quiere decir, como señaló Tácito, el intentar escribir historia con buena fe de partida, sobre las bases materiales disponibles, y sin encono sectario. Si tenemos esos tres elementos diremos que tenemos historia, aunque eso no quiere decir que un relato histórico sea la verdad irrefutable. Siempre hay tribunales de apelación. Las diferencias de percepción e interpretación son humanas. Quienes no utilizan los tres elementos podemos decir que actúan como propagandistas, como publicistas o como sectarios.

 

--¿Qué hay de verdad en lo que siempre se ha dicho de que "la historia la escriben los vencedores"?

--Pues hay algo de verdad cuando los vencedores pueden escribir su historia. Pero hay casos en los cuales los vencedores lo son en una parte del territorio o de una manera temporal. Por tanto, tenemos más de una versión de un mismo acontecimiento. En el caso de España, el régimen franquista triunfante hizo una lectura oficial canónicamente consagrada, con censura previa y posterior, para decir algo sobre la guerra civil. Pero en el extranjero no dominaba ese régimen y hubo una historia de los vencidos, que además fue plural. Hay una historia comunista, la firmada por Dolores Ibárruri; hay varias historias anarquistas; y hay historias republicanas, como la que emplea testimonios de Manuel Azaña. Nunca hay una única lectura homogénea, monolítica, sobre ningún fenómeno del pasado, entre otras cosas porque el paso del tiempo y el cambio de las generaciones, la mudanza de escenarios y del tiempo, cambian las perspectivas y ésta, a su vez, genera nuevas respuestas a la pregunta de por qué fue la guerra civil.

 

--Visto con una perspectiva de casi 40 años, ¿hemos aprendido de la dictadura franquista?

--Muchísimo. Como historiadores sabemos cada vez más, aunque no se vuelque en saber popular, lo que hace que haya muchos mitos, de uno u otro tipo, a favor, en contra o indiferente, sobre lo que fue el franquismo.

 

--Paul Preston o Ian Gibson nos han hecho un favor a los españoles analizando nuestra historia reciente. ¿Qué nos impide a los españoles contar la verdad?

--No lo impide nada. Lo bueno de ser extranjero e hispanista es que a veces miras al país con ojos desde fuera y términos comparativos. Los españoles somos tendentes a creer que nuestra historia es única y privativa de España. Pero cuando abres la perspectiva, ves que otros países sufrieron --a la par o muy cercanas-- contiendas parecidas. Lo que hacen los hispanistas es situar las coordenadas de nuestra historia en un marco referencial más amplio que el propio país y dan con muchas más similitudes, diferencias, procesos paralelos... Y eso permite mayor agudeza para interpretarlo. No hay nada que nos incapacite a los españoles para la narración histórica. Al contrario. El país tenía en los siglos XVIII y XIX magníficos historiadores, pero los constreñimientos políticos hacían conveniente o no tratar ciertos temas.

 

--¿El malestar social que nos invade es suficiente caldo de cultivo como para temer revueltas como las que vivimos en el siglo pasado, o eso en democracia es impensable?

--En democracia, como en otros regímenes, las poblaciones y las opiniones públicas se mueven, actúan, se movilizan, presionan, no dejan de estar en movimiento; son sistemas dinámicos. Desde luego, un hombre hambriento es un hombre muy descontento, y si encima piensa que no hay legitimidad en lo que está pasando, es probable que se organice y se movilice. Las democracias, como los regímenes totalitarios o dictatoriales, están sujetas a situaciones de incertidumbre, como son los movimientos sociales. Nadie anticipaba la caída del Bloque del Este en el año 1985. Y sucedió, y lo hizo por presión interna (disfunciones del propio régimen), presión externa, etc. Ahora lo podemos entender, pero en aquel momento nadie lo vio. Nadie anticipaba que pudiera caer el régimen en Egipto, o la Libia del coronel Gadafi. Y sucedió. También es verdad que la población puede pensar que es peor el remedio que la enfermedad y entonces decide otras cosas. Me imagino que los griegos, después de 27 huelgas generales, ya no quieren hacer muchas más porque tienen que pagar más en cada una de ellas. Y los italianos, españoles, irlandeses y portugueses han aprendido en barbas ajenas y saben hasta donde se puede llegar y hasta donde no. Pero nadie está seguro de que no puede haber otros movimientos de protesta muy peligrosos, como por ejemplo los xenófobos. Sin la Unión Europea esta crisis hubiera alentado muchísimo la rivalidad nacional.

 

--Pero sí parece evidente que los europeos somos cada vez más xenófobos. ¿Hay una relación directa entre crisis económica y el deseo de purgar los males con los inmigrantes?

--Desde luego. Una población que sufre algún tipo de perjuicio, de deterioro de su nivel de vida, busca la razón y la causa y, si es posible, la solución. La terapia más fácil es si, de repente aquí hay mucho paro y mucho inmigrante, que se vuelvan a su casa. Aunque curiosamente luego sabemos que los españoles no cubren esas necesidades y ni siquiera con ellos trabajando tendríamos suficiente fuerza laboral para, de cara al futuro, tener un reemplazo generacional. Muchas veces, como hizo Alemania, se busca un chivo expiatorio (en este caso los judíos) sobre los cuales descargar los males de un sistema en el cual nosotros por supuesto no tenemos nada que ver; solo somos víctimas. Es un mecanismo de psicología social de libro. Y eso está sucediendo.

--¿Después de una guerra siempre viene la paz o simplemente la victoria de uno de los bandos?

--En las guerras, a veces, desde el punto de vista estrictamente militar, viene la paz porque no hay combates. Pero puede venir también la victoria, que es la purga del enemigo vencido para que pague por sus culpas. En España, después de la guerra civil, vino una paz con victoria, no una paz de reconciliación. Y eso hizo muy diferente los 40 años de existencia del régimen. El régimen franquista es la institucionalización de la victoria en la guerra civil. El caudillo de la victoria tiene todos los poderes para gobernar. En España no había división de poderes, sino unidad de mando. El general Franco es caudillo por la gracia de Dios porque ha librado a España del comunismo y de la desintegración.

 

--Usted es un especialista en Negrín. ¿Por qué nunca se contó lo que aportó (o no) a la República?

--Negrín tuvo el raro privilegio histórico de concitar la unanimidad de todos contra él. Para los franquistas, Negrín era el hombre de la resistencia. Cree que hay que resistir para ofrecer condiciones de resistencia tan fuerte que el enemigo piense que merece la pena ofrecer condiciones de capitulación, entre ellas que miles de españoles vayan al exilio para no sufrir las hipotecas de la derrota dentro de España. Aunque no logra esa capitulación, al menos consigue que medio millón de españoles pasen la frontera con cierto orden en Cataluña. Ese es un triunfo de la resistencia, aunque esa política no fue posible hacerla ni en el centro ni en el sur. Y fue un triunfo porque obligó a que el enemigo tuviera que librar un año y medio más de guerra.

Sin embargo, los republicanos critican a Negrín. En el caso de los anarquistas, socialistas revolucionarios, porque impone orden republicano en una retaguardia que había sido sometida a un vendaval revolucionario. Los anarquistas odian en Negrín que imponga la disciplina militar, fusile a desertores, vuelva a generar un poder del Estado contra el que ellos habían combatido y en parte habían derribado. Los 'largocaballeristas' también le criticaron porque apoya no solo un Partido Socialista muy dividido y quebrado, sino al otro gran partido que aparece en la retaguardia, el comunista.

A Negrín, unos le acusan de precipitar el final de la revolución y con ella la derrota de la república. Los otros le critican por no haber conseguido que la estrategia de resistencia logre lo mismo en el centro y en el sur que en Cataluña: una retirada organizada. Al vencedor todo son halagos, pero al que preside la derrota, todos le encajan su cuota de responsabilidad. El único que queda mirando como caen los trastos es Negrín. Concita el odio del deber cumplido, aunque sea en la derrota. Ahí se ve también la grandeza de las personas. Pero en el exterior le veían con admiración e incluso los ingleses le comparan con Churchill, quien también aplica una política de resistencia allí. Negrín, que era políglota, era más conocido en el exterior --donde ostentó diversos cargos-- como brillante político español que dentro de España.

 

--¿Fue más cruenta la guerra civil en Extremadura que en otras regiones o el horror nunca es medible ni comparable?

--El horror, lamentablemente, se puede medir y comparar utilizando como criterios, por ejemplo, los muertos, las sentencias judiciales o los asesinatos extrajudiciales. En términos comparativos dentro de España, la cuota de sangre que hubo en Extremadura fue de las más altas. Analizando las cifras, se reprimió mucho más en la provincia de Badajoz que en toda la Asturias minera o en el País Vasco. En esta región, quizá por ser los primeros escenarios bélicos y por el precedente de antagonismo social en torno a la propiedad de la tierra y de los recursos agrarios que se disputaban, había un caldo de cultivo de odio que desembocó en matanzas tremendas. Es curioso que la intensidad y la crueldad de las matanzas en las guerras civiles sean mayores cuando los núcleos son más pequeños y las personas se conocen más. El odio es más cainita cuando tú sabes quién era el rico del pueblo o el joven que se sublevó contra la jerarquía tradicional. La violencia fue mayor cuando hubo más cercanía. Es más cruel cuando los odios han sido más directos y personales.

 

--¿Echa en falta la biografía de algún personaje extremeño que por distintas circunstancias nadie se haya atrevido a narrar o no se haya hecho con la amplitud que merecía?

--En el siglo XIX hubo personajes impresionantes. Uno, Donoso Cortés, un pensador de primera fila mundial, cuyos estudios han sido traducidos a muchos idiomas, y lo cierto es que hay pocas cosas sobre él. Un extremeño que tiene más importancia en el terreno del pensamiento reaccionario y antiliberal en Europa que por ejemplo Jovellanos. Y un segundo personaje, curiosamente el primer extremeño presidente del Consejo de Ministros: Bravo Murillo. Fue un hombre importantísimo en el moderantismo español, tanto como Narváez, y relativamente falta por saber más cosas de él. El diputado extremeño que da el discurso preliminar de la Constitución, Muñoz Torrero, aunque realmente iba por Salamanca porque era rector de esa universidad, es un jurista de una influencia doctrinaria enorme. Hay un poco de dejadez por esas cosas.

Y en el siglo XX hay algunos protagonistas. Por ejemplo, Juan Carlos Rodríguez Ibarra merece una biografía porque es protagonista de un periodo esencial de la historia española, no solo de la extremeña. Algún día alguien se atreverá con ello, aunque soy partidario de esperar a las biografías históricas a que se muera el personaje (y no le deseo mal a nadie). No puede haber un diccionario biográfico español que tenga la figura de Aznar, o de Bibiana Aído como ministra, o de la infanta Cristina, porque están vivos y no sabemos qué puede pasar.

 

--En un mundo tan materialista como el que nos está tocando vivir, ¿cómo se convence a un bachiller de que estudie historia o filosofía?

--No creo que haya que convencer, sino que ha de haber una disposición en la mente y en el alma del potencial estudiante que tú puedas motivar o estimular. Pero convencer no, porque eso es doblegar una voluntad, y no creo que ese sea el caso. Hay que decirles a los estudiantes que el conocimiento histórico es imprescindible para vivir en sociedad. Actuar sin conocimiento histórico es ir andando a ciegas. Y eso es muy peligroso. Hay que estar informado y tener mínimos conocimientos de historia.

 

--Son malos tiempos para la investigación dado los recortes que se están acometiendo en esta faceta. ¿Qué se puede hacer para que se valore en su justa medida a quienes se dedican a investigar?

--Son tiempos pésimos. También es verdad que nunca hubo muchos tiempos buenos para la lírica y la poesía. El presupuesto para becas o para proyectos de investigación ha caído radicalmente. En un contexto de crisis económica se puede decir: podemos recortar de aquí antes que de este otro lado. Pero con niveles, con mínimos. No se puede acabar con todo, porque luego es muy difícil volver a empezar. Y porque la investigación y el desarrollo es una plataforma de superación de la crisis e incide sobre el capital humano, sobre la formación, sobre la capacidad políglota o la crítica.

 

--Si se descompone la ecuación a más nivel educativo, mayor capacidad de discernimiento y de masa crítica, ¿hacia dónde va la sociedad?

--Desde luego, si se quiere superar la crisis y vivir en un mundo globalizado, tenemos que apostar por la investigación, el desarrollo, la innovación y la formación continua. Y eso es algo tan evidente que todos los correlatos de formación cultural, escolarización general y renta per cápita están continuamente demostrándo. La formación, la capacidad integradora para llevar adelante los procesos tecnológicos u operativos son elementos y requisitos de la ciudadanía actual. Los ciudadanos del primer mundo están obligados a manejar una segunda lengua; nuestros universitarios tienen que saber expresarse en público con propiedad, y para ello es necesario que manejen el castellano. Deben saber interpretar matemáticamente fórmulas, porcentajes y cifras. Y todo ello para ser ciudadanos y poder elegir y decidir, y que no decidan o te dirijan. Para no estar sometidos, sino poder participar en los procesos democráticos de elección de gobernantes sin la existencia de responsabilidades. Y para todo eso es necesario formación.

 

--Desde el punto de vista del historiador, ¿Internet es un avance o puede ser un peligro?

--Una tecnología de la información que nos conecta a tiempo real con todo el mundo es un avance imprescindible para mantener el desarrollo que tenemos. Tiene riesgos, sí. Pero desde luego, que nos instala en un mundo en el cual los trabajos de historia y las humanidades viven de otra manera, es inapelable. Hay riesgos en la formación. Internet es un gran almacén de información. Tener norte, criterio y brújula para navegar por océanos muy procelosos, es imprescindible. Internet nos da información, pero lo que hay que lograr es que la información se convierta en conocimiento.