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CRISIS DEL CORONAVIRUS

Las secuelas irreversibles del covid

Los mayores que han superado la enfermedad sufren ahora un importante deterioro físico y cognitivo. Delgadez extrema, desorientación y dificultad para caminar son los principales síntomas. Lo cuentan a este diario los familiares: «Mi madre necesita ahora una silla de ruedas y tienen que atarla porque no se sostiene, parece un cadáver»

 

Rocío Muñoz se valía por sí misma antes de infectarse. - EL PERIÓDICO

Aurora Jiménez tiene ahora una delgadez extrema. - EL PERIÓDICO

Sira Rumbo Ortega
04/06/2020

El coronavirus ha castigado con fuerza a los mayores. En Extremadura casi el 90% de los fallecidos por esta enfermedad tenían más de 70 años. Pero otros muchos, después de conseguir vencer al covid-19, tienen que seguir luchando contra el virus, que ha dejado en ellos secuelas irreversibles. La mayoría de ellas están relacionadas con el aparato respiratorio, aunque el Ministerio de Sanidad reconoce que puede afectar a otros órganos como el corazón, el sistema digestivo y el urinario. Pero hay más. Y es que, al tratarse de una enfermedad que necesita de un largo periodo para su curación, requiere pasar largas temporadas en una cama. Esto provoca en los mayores un deterioro físico y cognitivo que será difícil de recuperar. Han pasado de valerse por sí mismos a necesitar una silla de ruedas para caminar o ni si quiera poder hacerlo.

Es el caso de Rocío Muñoz, de 84 años. Vive en la residencia El Cuartillo de Cáceres, conocida como la Asistida, donde se contagió a principios de abril. Pasó los primeros días en el centro, pero empeoró y tuvo que ser ingresada en el hospital San Pedro de Alcántara. Tenía una fiebre muy alta y necesitaba oxígeno porque no podía respirar. Estuvo hospitalizada 20 días y regresó a la residencia. Hasta entonces todo parecía ir normal.

«A los tres días de darle el alta me hicieron una videollamada desde la residencia y parecía un cadáver. La sentaban en el sillón pero, al no tener fuerza, se les cayó hacia delante y se dio un golpe en la cabeza», cuenta su hija, Paula Delgado. Llegó a caerse dos veces y la segunda la trasladaron al hospital Universitario para que le realizaran un chequeo por si había sufrido algún ictus o microinfarto cerebral. No había nada de eso, solo que Rocío se ha quedado sin fuerzas tras pasar la enfermedad. Ahora necesita una silla de ruedas para desplazarse (antes de contagiarse caminaba sola con ayuda de un andador). «La tienen atada para que no se les caiga. Mi madre no es la misma», añade.

Una situación parecida sufre Aurora Jiménez, de 76 años, que también se contagió en la Asistida. «Mi madre está en los huesos, desorientada y encamada muchísimos días. Nos habla barbaridades», cuenta su hija, Montaña Rodríguez. En su caso, los familiares conocieron que su madre se había contagiado tras realizarle el test serológico, que confirmó que había pasado el virus, pero nunca nadie les dijo nada.

«El día de la madre hablamos y estaba en la cama, sudando, me decía que estaba muy malita que no se podía levantar», explica su hija. Sabe por auxiliares que trabajan allí, que se lo han comunicado off the record, que ha tenido fiebre, pero asegura que ni el médico ni la dirección le dijeron nunca nada. «Como no ha sido muy fuerte no les interesa decirlo», afirma.

Su suegra también vivía en esta residencia y falleció a causa del coronavirus el 9 de abril. Cuatro días antes les comunicaron que estaba enferma y la sedaron. Dice que está siendo un «infierno». «A mi madre la veo muy mal, cuando hablamos me pide que vaya a por ella, que está muy mala y que se muere», añade. Ella, como la mayoría de los familiares, exigen a la administración que permita las visitas. «Quiero ver a mi madre y alimentarla yo, sientes mucha impotencia al verla así», insiste.

Delgada y desorientada también se encuentra otra de las residentes de este centro geriátrico, cuyos hijos prefieren mantener en el anonimato por miedo a represalias. Tiene 86 años y padece deterioro cognitivo; necesita terapias para recuperarse, pero tampoco se llevan a cabo en estos momentos. «No le ponen ni las gafas, cuando nos llaman es muy difícil conseguir que te mire porque está muy desorientada», cuenta su hija. «Estamos angustiados, sobre todo mi padre, que no se separaba de ella nunca pero ahora no puede verla ni hablar con ella por el estado en el que está».

Exigen que se habilite una zona de la residencia para poder ir a visitarlos. Creen que la sala de la televisión sería el espacio perfecto porque tiene ventanas que dan al jardín y desde allí podrían verlos, aunque fuera a través de un cristal, sin necesidad de entrar en el edificio. Por el momento tendrán que seguir esperando porque las residencias con casos positivos, como es esta, no tienen aún autorización para recibir visitas.

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