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LIBROS

Ignacio Vidal-Folch reclama una "autodefensa" ante el nacionalismo

´Contramundo´ es la segunda de tres obras sobre las ideologías.

 

Ignacio Vidal-Folch. - Foto:JUAN MANUEL PRATS

MERCEDES JANSAMERCEDES JANSA 13/04/2006

La segunda parte de una trilogía dedicada a satirizar las corrientes ideológicas de la sociedad actual, ideada por el escritor Ignacio Vidal-Folch, está dedicada al nacionalismo y lleva por título Contramundo . Con la premisa de que "no se puede complacer a todo el mundo", Vidal-Folch (Barcelona, 1956) urde una ficción de "autodefensa" ante la "miseria intelectual" de quienes sueñan con un país de pureza de sangre.

Si en la novela anterior, Turistas del ideal , publicada también por Destino, el autor denunciaba la "santurronería" de ciertos intelectuales de izquierda que defienden con la misma pasión el radicalismo y la cartera de valores, en Contramundo le ha llegado la hora a unos comportamientos perfectamente identificables tras dos décadas de gobierno de Jordi Pujol. Aunque "desde Eslovenia a Escocia, cuecen las mismas habas", apostilla el autor.

Promete que el 2007 será el turno para examinar los comportamientos conservadores. El escritor y periodista cerrará el círculo con el título Rubia número tres , en el que denunciará la corrupción de la alianza entre dinero y poder mediante un señor que se relaciona sucesivamente con tres mujeres rubias.

"Hay que organizar una autodefensa frente a los sacramentos políticos y culturales con los que, al parecer, hay que comulgar cada día", explica Vidal-Folch al justificar la ridiculización extrema a que somete diversos aspectos de la cultura catalana reivindicados como esencias diferenciales de un pueblo.

"Soy brutalmente sarcástico", reconoce el autor de El canon del cómic . Y frente a la extensión de una uniformidad identitaria, Vidal-Folch recurre a un dicho alemán: "Y si todos, yo no". Pese a la feroz y mordaz crítica, el escritor barcelonés considera que hasta los nacionalistas "merecen piedad", pero no busca el guiño con el lector.

"La sátira nunca es constructiva ya que no busca la complicidad del satirizado".

En Contramundo el narrador, un oficinista bancario, retrata a los protagonistas que ocupan el poder en un territorio muy identificable con Cataluña.