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NÓMADAS Y VIAJANTES

El muro, emergencia presidencial

 

Ramón Lobo Ramón Lobo
13/01/2019

No existe una emergencia nacional. Lo que tenemos es una emergencia presidencial. Donald Trump está nervioso, y tiene motivos: la pista rusa, sus finanzas y una posible obstrucción a la justicia. El mar de fondo es su particular modo de ejercer la presidencia, que no gusta a todos los republicanos, y menos desde las elecciones de noviembre, en las que se detectaron los riesgos de seguir atados a un personaje colérico y totalmente impredecible.

El muro con México, su muro, fue un conejo en la chistera que sacó en las primarias republicanas y que administró con habilidad durante la campaña electoral. Quedó una promesa convertida en lema: «Construiré un muro y lo pagará México». Su último jefe de Gabinete, el general John Kelly, recientemente dimitido, reconoció después en una entrevista que la idea de construir un muro se abandonó en los primeros meses de presidencia.

Que Trump lo haya recuperado ahora y lleve la batalla al límite, aunque el precio sea cerrar la Administración, es un síntoma de que se siente vulnerable. Ha convertido su pelea con los demócratas del Congreso, de los que necesita el visto bueno presupuestario, en un combate de supervivencia. ¿No lo iba a pagar México? Recupera el muro cuando se siente más frágil. Es el asunto que define su mandato, y de alguna manera así es: el muro es una permanente cortina de humo trufada de demagogia y xenofobia.

Bill Clinton empezó el muro en 1994; George W. Bush y Barack Obama lo ampliaron hasta los 1.100 kilómetros. El premio Nobel de la Paz tiene, además, el récord de migrantes deportados (unos 2,8 millones). En uno de los dos tercios restantes de los 3.139 kilómetros de frontera no existe un muro físico porque la disuasión está en los desiertos y en las altas temperaturas. En esa ruta han muerto más de 8.000 migrantes desde 1998. El otro tercio está vigilado por cámaras, rayos X y sensores térmicos, además de más de 18.500 patrulleros.

The Washington Post calculó en su momento que construir el muro prometido por Trump costaría 25.000 millones de dólares (unos 21.800 millones de euros). La obra tardaría años en finalizarse y obligaría a la contratación de miles de obreros (¿con o sin papeles?). Si fueran estadounidenses, el precio se dispararía. No todo el mundo acepta un salario de esclavo.

Más que una obra de ingeniería es, de momento, una obra de demagogia política en la que se mezclan datos falsos con otros que no son del todo ciertos, algo a lo que parecen abonadas las extremas derechas, sea en EEUU, Brasil, Hungría o España.

El presidente quiere un muro de hierro y muy alto, y que sea «bonito», que es su palabra favorita. Una frase similar, que definía la altura del muro con tocar los cielos, la pronunció en 1924 el gobernador de Georgia, Clifford Walker, en la convención de un grupo de pacifistas y demócratas de toda la vida llamado Ku Klux Klan (KKK), la organización racista por excelencia de EEUU, responsable de miles de asesinatos, abusos y palizas en el sur del país. A David Duke, exjefe reciente del KKK, le gusta mucho Trump. Es un sentimiento recíproco.

El muro es una vieja aspiración de los supremacistas blancos. El otro como enemigo. Antes era el negro sin derechos civiles (afroamericano en el lenguaje actual); hoy es el mexicano, palabra que se extiende a todo lo latino. Durante la campaña electoral, Trump dijo que eran unos narcotraficantes y unos violadores. Es la letanía más o menos edulcorada que repiten sus amigos de la cadena Fox News, un canal qua agita el racismo, el extremismo y el machismo.

Una de sus estrellas, Tucker Carlson, dijo hace poco que cuando las mujeres ganan más dinero empujan a los hombres al abuso del alcohol y las drogas, y a un porcentaje más alto de delincuencia, algo que, a su entender, reducirá el número de familias. Son algunas de las sandeces que pueblan las redes sociales, y que quedan ancladas en la memoria colectiva de los menos informados, que son la mayoría. En ellos está el caladero de votos de Trump y compañía. De ahí su guerra contra los medios de comunicación. Suponen que al matar al mensajero matan el mensaje. La mala noticia es que lo están logrando.

Para derribar los muros mentales solo existe una herramienta no revolucionaria: votar. Para que las minorías salgan de su atonía necesitan un candidato o candidata que genere ilusión, y creer que su vida puede mejorar. Hasta ahora, gobierne quien gobierne, su horizonte es trabajo, salario de miseria y silencio. Además de generar ilusión es necesario ser creíbles.