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Violencia en Francia

Tensión en el primer aniversario de los ‘chalecos amarillos’

«Una revolución no se hace en un año. Luchamos por nuestros hijos», se escucha en las protestas. La Policía prohíbe una manifestación tras una batalla campal en París, con 124 detenidos

 

Un momento de las protestas, ayer, en París. - EFE/ YOAN VALAT

EVA CANTÓN
17/11/2019

El primer aniversario del movimiento de los chalecos amarillos estuvo marcado ayer por los enfrentamientos entre manifestantes y fuerzas del orden en París y en capitales de provincia como Nantes o Lyon. Aunque muchos de los actos previstos para conmemorar el nacimiento de la protesta se desarrollaron sin incidentes, a primera hora de la mañana de ayer se produjeron las primeras escenas de tensión en la vía de circunvalación de París, donde grupos de manifestantes bloqueaban el paso de los vehículos, y en la plaza de Italia, en el sureste de la capital, convertida al medio día en un auténtico campo de batalla.

Jóvenes encapuchados y vestidos de negro volcaron motos y coches, prendieron palés para levantar barricadas en medio de la calle, rompieron los cristales de una sucursal bancaria de HSBC, destrozaron marquesinas de autobuses, quemaron papeleras y lanzaron adoquines a los antidisturbios, que respondieron con lanzadores de balas de defensa (LBD) y gases lacrimógenos dejando en la plaza una gran nube blanca. La degradación llegó hasta un monumento en homenaje al mariscal Juin, héroe de la liberación de París. Los agentes también impidieron a los alborotadores, la mayoría sin chaleco amarillo, forzar las puertas de un gran centro comercial situado en la plaza, el mismo que el mes pasado fue ocupado por el movimiento de desobediencia civil Extinction Rébellion.

CAÑONES DE AGUA / Finalmente la policía usó cañones de agua para dispersar a los manifestantes mientras la Prefectura decidía prohibir la manifestación prevista en la Plaza de Italia a las 14.00 horas para evitar que el caos se extendiera a otras zonas de la capital. «Estos individuos no vinieron a defender una causa, sino a destruir», justificó el prefecto de policía, Didier Lallement. A primera hora de la tarde había vuelto la calma a la plaza aunque más tarde se registraron altercados en la zona comercial de Les Halles, en el centro de la ciudad.

Ante el temor de que la movilización de los chalecos amarillos provocara disturbios, las autoridades habían vetado las manifestaciones en los Campos Elíseos, los alrededores de Notre Dame, el Senado, la Asamblea Nacional y la Torre Eiffel.

Diez líneas de metro y algunos trenes de cercanías circulaban con restricciones. No se ha dado una cifra oficial del dispositivo, aunque algunos medios hablan de 2.500 gendarmes. Como en anteriores ocasiones, se realizaron numerosos controles preventivos. La cifra de detenidos en la capital a las 19.00 horas era de 124 personas.

Menos agitado fue el desfile del pequeño grupo de chalecos amarillos que se citó en Montmartre, donde sus banderines y pancartas se colaban en las fotos de los turistas que inmortalizaban el Sagrado Corazón. «Una revolución no se hace en un año. Tenemos que aprender de la experiencia, organizarnos. Luchamos por nuestros hijos», reflexionaba Denis, de 60 años, mientras reponía fuerzas en un café. «Para mí ser chaleco amarillo es un orgullo. Es luchar por lo que creo y defender mis ideas e incluso las de la gente que no cree en ellas», resume.

Combativa, Dolores, una animadora socio cultural de 55 años de la misma región que vive con 680 euros al mes, está convencida de que los chalecos amarillos le ganarán la batalla al Gobierno. «Somos más que ellos y nuestro combate es a largo plazo. Macron podrá decir lo que quiera pero no creemos en sus promesas. No vamos a cambiar de idea. No tenemos miedo de nada», asegura.

medidas insuficientes / Ni los 17.000 millones de euros que el presidente puso encima de la mesa en diciembre pasado ni el gran debate nacional organizado para escuchar a los ciudadanos y sofocar la crisis son suficientes para Johanne, una comercial de 42 años. «Lo que nos dan por un lado nos lo quitan por otro. Es un truco de ilusionista», dice.

El presidente francés, que siguió la situación desde el Elíseo, se enfrenta a un clima social potencialmente explosivo con multitud de frentes abiertos. El malestar no reside solo en los chalecos amarillos, que mantienen vivas sus reivindicaciones porque creen que nada ha cambiado en un año, sino en colectivos como los policías, los bomberos, los trabajadores de los hospitales o los estudiantes que denuncian reiteradamente su situación de precariedad. El Ejecutivo teme especialmente que todo converja en una tormenta perfecta el próximo 5 de diciembre, fecha en la que los sindicatos han convocado una huelga para protestar por la reforma de las pensiones.

Pero Emmanuel Macron decía en una reciente entrevista a la revista estadounidense Time que el movimiento de los chalecos amarillos había sido bueno para él. «Me han recordado quien debía ser».